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21/09/2013 09:59 CEST | Actualizado 20/11/2013 11:12 CET

Ingles brasileñas,mechas californianas

Reconozco en mí un hábito impulsivo a devorar la publicidad callejera. Como cuando tengo un paquete de Doritos o una tableta de Kit-Kat, que no descanso hasta hacer saltar la paciencia bendita de mi ángel de la guarda y del colesterol bueno.

Reconozco en mí un hábito impulsivo a devorar la publicidad callejera. Como cuando tengo un paquete de Doritos o una tableta de Kit-Kat, que no descanso hasta hacer saltar la paciencia bendita de mi ángel de la guarda y del colesterol bueno. Desde la publicidad más sofisticada a la más ínfima. Todas están hechas para mis ojos.

Durante mucho tiempo pasé por delante de un cartel de un salón de depilación que anunciaba: "Se hace la ingle brasileña". Tengo que reconocer que cada vez que pasaba por delante del establecimiento mi estado hormonal entraba en un periodo de turbulencias como los pasajeros de un Boeing de una película de catástrofe con Dean Martin como piloto del avión. La lectura de aquel cartel invitando a la depilación in extremis me arrastraba a orillas de una playa tropical plagada de cuerpos que exhibían generosamente sus ingles brasileñas acabadas de rasurar de par en par entre daiquiris y arenas blancas. Para que la felicidad fuera completa hasta me imaginaba a la presentadora del magacín de TVE, Mariló Montero, en directo desde ese lugar paradisíaco haciendo una demostración de las bondades del rasurado con Anne Igartiburu como modelo.

Estos días en una peluquería de barrio me ha llamado la atención este otro anuncio: "Oferta mechas californianas". No era la primera vez que en mi camino se aparecía esta nueva tendencia de la moda capilar. Como lector de revistas de moda sabes que tu vocabulario estilístico es un pozo sin fondo y no se puede ir por la vida sin declinar las palabras front row, low cost, fashion week, olección cápsula y por supuesto, las mechas californianas de rigor.

Hasta ahora mi imaginario californiano lo formaban entre otros, las canciones de los Beach Boys, el California Dreamin de The Mama's and The Papa's y el día que Arnold Schwarzenegger fue nombrado gobernador de California. Esa jornada imborrable de la historia reciente entendí la grandeza del sistema político americano que hace que un guerrero musculoso y algo descerebrado de la Edad de los Metales y tiempos de Maricastaña pueda acabar, si se lo propone, de presidente de los Estados Unidos.

En España, todo lo más, es que un registrador de la propiedad acabe como presidente del Gobierno. Y la verdad no es lo mismo. Otra cosa sería que Curro Jiménez hubiera terminado dirigiendo el Ministerio de Educación y Cultura. Aunque al paso que vamos, todavía guardo esperanzas.

Este país no será homologable hasta el día que Norma Duval no presida la comunidad autonómica de Madrid y de paso, Ana Botella, presente un remake en TVE de aquel espacio tan recordado que se llamaba El alma se serena. También podría presentar una nueva edición remozada del programa de sexo de la doctora Elena Ochoa, ahora con el título, "La castidad nuestra de cada día". O "Los gozos y las sombras del flagelo".

Me parece que la oferta de mechas californianas sigue todavía en la peluquería de barrio, que tampoco es cuestión de quitarle estímulos al consumo tal como está la vida de achuchada. Cada vez que entro en el Mercadona de la esquina o en la frutería de los paquistaníes miro a ver si me doy de bruces con alguna señora o jovencita que se haya hecho las mechas californianas y exhiba sus cabellos victoriosos y soleados. Pero me da que siguen prefiriendo el tinte a lo Donatella Versace. Es más sufrido.

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