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19/03/2013 08:17 CET | Actualizado 18/05/2013 11:12 CEST

¿Vuelven los años 30?

La ola antieuropea tiene el viento a favor y quienes creemos en Europa nos damos contra la pared cada vez que leemos el periódico. ¿Cómo defender una respuesta a la crisis en que los gobiernos de los países endeudados pierden su autonomía y se convierten en una suerte de autómatas de las políticas que defienden los intereses de ciudadanos del norte?

Ha vuelto a suceder. En la cumbre europea que se ha celebrado en Bruselas nuestros líderes siguen encerrados, solos, aislados de la calle y de los más prestigiosos expertos del mundo económico. Ciegos a la realidad de una Europa que se desintegra, estableciendo barreras infranqueables entre los países ricos y los pobres.

Empiezo a pensar que se reúnen a puerta cerrada para que no trascienda la ausencia de debate. Nadie, fuera de la sala en que se reúnen, piensa que estas políticas económicas sean las correctas para enderezar el rumbo; pero ellos siguen sin cuestionarlas. O cambian la política económica, o que, por lo menos, dejen de llamar cumbres a estas reunioncitas sin resultados.

Estos líderes europeos me empiezan a recordar a los científicos que terminan por trasladar su residencia a los laboratorios en los que trabajan, una vez se dan cuenta de que solo allí la mezcla de sus ingredientes proporciona el resultado deseado. La manera en que aplican esta austeridad, con estos plazos y sin ningún tipo de contrapunto que facilite el crecimiento, no está dando resultados.

Lo dice repetidamente Paul Krugman cada semana. Y también Barack Obama cada vez que se toma una pausa y desvía su mirada del Pacífico. Hasta el FMI ha matizado sus dogmas. Lo gritan miles de ciudadanos por las capitales del sur. Lo expresan también cada vez que tienen ocasión de votar. ¡Este camino no es el adecuado! Y mientras tanto, nuestros líderes continúan su fiesta científica encerrados en sus laboratorios. A la hora de comer dudo que se quiten la bata.

Lo que sí está claro es que esta deriva facilita la emergencia de partidos anti-sistema, populistas, nacionalistas anti-europeos y algunos frikis con inciertas intenciones. La ola antieuropea tiene el viento a favor y quienes creemos en Europa nos damos contra la pared cada vez que leemos el periódico. ¿Cómo defender una respuesta a la crisis en que los gobiernos de los países endeudados pierden su autonomía y se convierten en una suerte de autómatas de las políticas que defienden los intereses de ciudadanos del norte? ¿Y qué decir cuando, además, esos gobiernos son obligados a repetir decadentemente políticas que exigen mayores esfuerzos a los más vulnerables y ni siquiera dan resultados? La confesión de Rajoy de que el incumplimiento de sus promesas está compensado por el "cumplimento del deber" refleja la falta de autonomía y de coraje para enfrentarse a las decisiones impuestas. ¿Por qué votar a quien no puede decidir la forma en que gobierna?, se preguntan cada vez más muchos ciudadanos europeos.

Beppe Grillo en Italia, con su espectacular resultado del 25% de los votos, es solo la última muestra de un fenómeno que no es tan reciente. Marine Le Pen, resucitada, se ha declarado la Grillo francesa y reclama un referéndum sobre la permanencia de Francia en la UE.

Las encuestas pronostican que Amanecer Dorado, el partido neonazi griego, ronda el 10% de apoyo. Nigel Farange, líder del UKIP, partido por la independencia del Reino Unido, quedaron segundos en las elecciones europeas de 2009, ha logrado acercar a Cameron a sus posiciones euroescépticas al convocar un referéndum para 2017. Y por si era poco, se acaba de formar un nuevo partido en Alemania, formado por algunos ex del partido de Merkel que defiende la salida de Alemania del euro y la vuelta al marco o la formación de una moneda común con los disciplinados "triples A" del norte. Lamentablemente, son sólo algunos ejemplos.

Estos movimientos son muy diversos pero tienen dos cosas en común: Por un lado, todos afirman la defensa de sus intereses nacionales y niegan el principio de solidaridad europea. Por otra, todos tienen la vista puesta ya en las elecciones al Parlamento Europeo de mayo del año que viene, donde se va a producir un verdadero asalto en la casa del pueblo europeo por quienes precisamente no creen en la idea de un pueblo europeo.

La crisis desatada entorno a Chipre ha vuelto a confirmar la envenenada deriva en la que está metida Europa, que es experta en convertir pequeños problemas en grandes. A costa de aliviar al electorado alemán ante las elecciones de septiembre, se van a repartir por primera vez los costes del rescate entre los depositantes de los bancos chipriotas. El nerviosismo sobre un eventual corralito por el sur de Europa asoma de nuevo.

Hace poco menos de un año dos prestigiosos académicos, Niall Ferguson y Nuriel Roubini, declararon en un artículo conjunto para Financial Times que Berlín está ignorando las lecciones de los años 30. Según ellos, la política miope de Merkel de hacer siempre "demasiado poco y demasiado tarde" en la crisis del euro, corre el riesgo de repetir los errores que condujeron a la II Guerra Mundial.

Tras el reciente resultado electoral italiano, Gideon Rachman, desde el mismo diario británico, argumentaba que la crisis del euro está engendrando cómicos, pero no fascistas. La crisis que terminó en la II Guerra Mundial se explica en gran medida -sigue Rachman - por la cercanía temporal de la primera gran guerra. Hoy esa circunstancia no está presente.

Sin embargo, ningún ciclo de la historia se repite con idénticas características. Hoy no es imaginable una guerra cuerpo a cuerpo como las guerras que asolaron Europa en el siglo XX. Pero sí que presenciamos cada día lo que es una forma de guerra geo-económica en la que los vecinos del norte y sur de Europa en lugar de cooperar para superar la crisis defienden al límite sus intereses nacionales, aunque sea a costa del derrumbe del resto.

En oposición a las "viejas guerras" que destrozaron a los europeos en el pasado, la profesora de la London School of Economics, Mary Kaldor, propone la categoría "nuevas guerras" para referirse por ejemplo a lo que está sucediendo en Grecia, donde se combinan "recortes profundos en el gasto público, debilidad del estado, erosión de la legitimidad y de la confianza, produciendo como resultado una combinación de criminalidad y un sistema político que se desliza hacia los extremos". Kaldor concluye con una advertencia: "Grecia puede representar el futuro para mucha parte de Europa".

¿No creamos la Unión Europea precisamente para evitar correr coneste tipo de riesgos?

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