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08/03/2018 14:16 CET | Actualizado 08/03/2018 14:16 CET

Un 8 de marzo de esperanza

EFE

"Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no solo es permitido, sino exigido, el ser persona". La reflexión de María Zambrano, entendida como objetivo, aún está por alcanzar. Solo desde la total igualdad de género es posible equiparar las condiciones para la realización plena del ser humano y garantizar la condición de ciudadanía. Y solo desde el feminismo, como ha demostrado su historia de motor de transformación, es posible lograrlo. Ha sido gracias a la lucha de este movimiento que se han obrado cambios, impensables en el pasado, de valores, leyes, costumbres, hábitos, culturas y políticas. Garantizar hoy la ciudadanía plena de las mujeres, su igualdad con el hombre, es una asignatura pendiente inaplazable de aprobar con nota. Una labor que, sin más dilación, requiere un nuevo pacto social, político e institucional para lograr un nuevo modelo de sociedad.

Exige un nuevo esquema de valores sustentado en la equidad, la solidaridad, la corresponsabilidad o la transparencia. Únicamente desde la incorporación del principio ético-político de la igualdad se puede generar un cambio social que aparte al sistema patriarcal y dote a las mujeres de su condición de ciudadanas plenas en una democracia real. La magnitud del reto no es sinónimo de utopía. Lo es de perseverancia en una movilización justa y continuada que excede los ámbitos que, habitualmente, se acotan desde fuera al feminismo. Por ejemplo, hay que pensar en abrir debates serios y rigurosos sobre una economía que también incluya a las mujeres, que establezca que los cuidados forman parte de las necesidades sociales y que, por tanto, contribuyen a la riqueza nacional. Hay que reflexionar sobre un reparto equitativo de las obligaciones familiares en el trabajo no remunerado, reorganizar las jornadas laborales para favorecer el acceso a una actividad remunerada y garantizar la igualdad salarial, o sobre la redistribución del tiempo y su uso.

No se trata pues de una agenda sectorializada sino de un vuelco social, político e institucional, de un nuevo pacto de sociedad, que cumpla la exigencia de ser persona en democracia a la que se refería Zambrano. Ese fin genérico tiene aspectos muy concretos que afectan, entre otros, a la reforma de la Constitución, la seguridad de las mujeres amenazadas por la violencia machista, los derechos sexuales y reproductivos, la paridad, la igualdad laboral o la laicidad. Un giro político que también lo es conceptual y que, a juzgar por la historia de este país, solo se puede articular a través de un gobierno progresista que no se quede en las palabras y en los ejercicios de voluntarismo y actúe de manera firme y urgente y con los recursos económicos necesarios.

Ni siquiera la aparición de nuevas formas de machismo, que se suman sin desaparecer las anteriores, impide ver este 8 de marzo como un soplo de victoria y esperanza de cara al futuro. Por encima de quienes, con afán de desprestigiar o minimizar su impacto, consideran que el auge del feminismo es una moda pasajera, basta ver con perspectiva los avances que, con mucho esfuerzo, se han conseguido para saber que no hay barrera que contenga la justicia de la lucha por la igualdad. En recuerdo de Clara Campoamor, cuando decía, en su lucha por el voto femenino, que la República no podía decepcionar a las mujeres; ahora, la democracia tampoco.

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