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06/04/2015 07:32 CEST | Actualizado 05/06/2015 11:12 CEST

Autenticidad, arrogancia, ciudades de plástico

australiaAustralia se ha convertido en una especie de nueva California. Sus ciudades son arquetípicas del ideal vital en esta época que nos ha tocado vivir, sitios donde se trabaja duro de 9 a 5, pero luego la gente se va a la playa, a hacer senderismo o a tomarse un cocktail en un bar guay.

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Australia se ha convertido en una especie de nueva California. Un lugar para elegidos en el que hay trabajo bien pagado para todos, playa, sol, windsurf, cuerpos esbeltos y hedonismo a tutiplén. En todo el mundo, incluidos los españoles en el mundo, la gente alucina con Sidney, Melbourne o Brisbane. Pero también con sitios como Toronto, Seattle o Vancouver, en general las ciudades anglosajonas del nuevo mundo.

Sus ciudades se han convertido en arquetípicas del ideal vital en esta época que nos ha tocado vivir, sitios donde se trabaja duro de 9 a 5, pero luego la gente se va a la playa, a hacer senderismo o a tomarse un cocktail en un bar guay. Sitios con rascacielos, avenidas anchas, zonas verdes, pocas plazas donde reunirse, multiculturales, cosmopolitas, donde uno ve más gente esbelta que de costumbre, y además, un buen número de ellos gana salarios de seis digitos. Sitios generalmente con mercadillos de comida orgánica, pocos viejos -viejos de verdad-, happy hours por todos los lados y clubs fashion y con marcha.

Sitios sin grandes problemas sociales. Lugares en los que te tomas algo en un bar y conoces a un emprendedor o a un ingeniero de sistemas como quien no quiere la cosa. Casuales. Andan por los treinta, desenfadados, llevan ropa de American Appareil, North Face y se sienten protagonistas de esta nueva era. Rehuyen los compromisos, son promiscuos pero sanos, van al gimnasio o a piscinas cuya agua está purificada con ozono en lugar de cloro, comen ingredientes vegetarianos orgánicos y, si acaso, muy de vez en cuando, carne de buey kobe criado en libertad.

Con este panorama, es lógico que una de las cualidades que más valores, la gente, ellos incluidos, sea la autenticidad. Es normal que sea así, porque escasea por doquier. Sin embargo, la misma gente que dice adorar la autenticidad en la vida corriente o virtual, los mismos que caen rendidos a un buen blogger que se abre en canal y demuestra ser uno de nosotros contándonos sus miserias diarias gratis y sin esperar nada a cambio, no pueden resistirse a adorar a estos apóstoles del cambio.

Hace poco escuchaba a una conocida dar consejos a otro conocido que anda por los treinta y no se come un colín. Sucedió en Seattle, relativamente tarde, y tras haber bebido algo más de la cuenta. Le hablaba de su potencial, y no se refería a que adelgazara o mejorara su aspecto físico, sino a que se anunciara en webs de contactos como Match.com y mencionara su trabajo como técnico cualificado en una conocida empresa del mundo digital. Según ella, las mujeres se rifan a todo aquel que trabaja en Amazon, Apple, Microsoft ,o incluso cualquier empresa desconocida que suena a start up. Son los nuevos reyes del mambo, por detrás de los jugadores de fútbol americano, baloncestistas o beisboleros (el último reducto de épica y heroicidad que queda en estos tiempos tan blandos es el deporte).

Son los modelos de referencia a los que todo el mundo quiere parecerse. No los define tanto su manera de pensar como su expertise en el mundo digital y su actitud flexible ante la vida. Los que van a salvar los países, las economías, el mundo con la riqueza y los empleos que generan. Hay algo inquietante en estas ciudades de plástico y en estos nuevos mesías que, en el fondo, nadie sabe de que van.

Por eso me ha gustado que el Times considerara a Palma de Mallorca como la ciudad mejor del mundo para vivir. Es imposible decir qué ciudad es la mejor para vivir, pero estamos de enhorabuena por que, por primera vez en bastante tiempo, no se trate de una ciudad de plástico, sino de otra en la que, aparte de algunos turistas, hay bastantes apartamentos de ladrillo visto, plazas y jubilados que toman el aire en la calle.

Gente real, como diría el ínclito Javier Bardem.

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