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16/03/2019 09:31 CET | Actualizado 16/03/2019 09:31 CET

Problemas de corazón

Ji Sub Jeong/HuffPost

Si buscas en este artículo remedios para corazones rotos, no sigas leyendo, no los encontraras aquí. Este artículo va de salud y género, de mujeres que mueren antes de tiempo, y de cómo el hetero-patriarcado da forma a la investigación médica y, peor aún, a la propia práctica clínica. Si este tema no te echa para atrás, entonces hablemos, ahora sí, de problemas de corazón.

Todos sabemos, o creemos saber, los síntomas de un infarto. Si vemos a alguien pálido o sudoroso, y nos cuenta que tiene un dolor en el pecho, opresivo (como un peso, que "ahoga"), y que se irradia por el brazo izquierdo o a la mandíbula, sabríamos probablemente qué hacer. Llamaríamos una ambulancia, y sería trasladado de urgencia al hospital. Ya durante el camino se monitorearía al paciente, se iniciaría el tratamiento... Tomar decisiones rápido, de hecho, puede contribuir a salvar la vida durante un infarto, o al menos a reducir sus secuelas. Todo puede salir bien... sobre todo si eres hombre.

Un estudio publicado el año pasado nos descubrió, de hecho, que a las mujeres les va mucho peor que a los hombres si les da un infarto. Van a ir mas tarde al hospital, van a ser atendidas más tarde, van a recibir tratamientos más "ligeros". La revista médica Lancet nos contaba esta semana que es hasta menos probable que la ambulancia use la sirena si eres una mujer que un hombre. Si se trataba de una mujer joven, la calidad de la atención (acceso a tratamientos como revascularización) era todavía más exigua. El resultado de toda esta cadena de "oportunidades perdidas" es obvio: una mortalidad desproporcionada entre mujeres por enfermedades del corazón: una de cada tres mujeres en el mundo muere ya por enfermedades cardiovasculares.

Este doble estándar de cuidado no surge de la nada. Nace de los libros de texto de medicina, crece con la investigación médica, se perpetua con la práctica clínica, y se reproduce en los medios de comunicación y en nuestras vivencias cotidianas. Es algo estructural (es aquí cuando hablamos del hetero-patriarcado), es un sistema educativo, de investigación y social que durante generaciones ha dado ventaja a un sexo sobre otro.

A las mujeres les va mucho peor que a los hombres si les da un infarto. Van a ir mas tarde al hospital, van a ser atendidas más tarde, van a recibir tratamientos más "ligeros".

En mis libros de medicina se describía un dolor "típico" del infarto (como el descrito arriba, y que es, efectivamente, típico en hombres) y el "atípico", que es más común en mujeres. Los factores de riesgo que repasábamos durante la residencia incluían tabaquismo, hipertensión o sedentarismo, pero no síndrome del ovario poliquístico, o menopausia precoz. Y cuando en los 80 se comenzó uno de los estudios sobre prevención de infarto de miocardio más ambiciosos hasta la fecha, usando aspirina, se siguió a una cohorte de 22.000 médicos durante 13 años. Si, han leído bien: 22.000 médicos, todos hombres. Los sesgos en nuestra práctica médica, en las guías clínicas, en la propia percepción de gravedad de los síntomas que tenemos, se generan y se perpetúan cuando no se hace nada al respecto.

Las enfermedades cardiovasculares ya son la principal causa de mortalidad en mujeres en España, y en el mundo. Ya mata más el corazón que la guerra. Países como Suecia han conseguido igualar la el pronóstico clínico de mujeres y hombre con infarto, excepto para las mujeres jóvenes, mostrando que aún queda mucho por hacer aun donde ya se ha hecho mucho. El Lancet, en base a varios artículos que señalaban estos problemas, ha creado esta semana (quizás en el contexto de un 8-M que poco a poco va conquistando lugares antes prohibidos, como la ciencia) una comisión centrada en mujeres y enfermedades cardiovasculares. Se pretende analizar los datos que existen, identificar los que faltan, y proponer soluciones para mejorar el diagnóstico y tratamiento de problemas cardiovasculares en mujeres.

Incluir a mujeres en la investigación clínica, actualizar guías, cambiar completamente la forma en la que nos formamos, estudiamos, trabajamos y publicamos los profesionales de la salud no es un deber, es una necesidad. Hoy hemos hablado de problemas de corazón. Pero lo podríamos haber hecho de cualquier otra enfermedad, y los problemas habrían sido muy similares. Mientras no cambiemos el paradigma, la mitad de nosotros seguirá sin recibir los cuidados que necesita. Y eso no es aceptable.

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