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04/07/2012 11:31 CEST | Actualizado 03/09/2012 11:12 CEST

España para toda la familia

2012-07-04-eurocop.jpg Es fácil despertar el patriotismo y hacer equipo al lado de los hombres de Del Bosque.

España venció en una batalla épica por la supremacía del continente. En un duelo donde dos jugadores italianos cayeron lesionados, en una contienda a gloria o desolación, España se quedó con el metal y su rival con el mar de las lágrimas. Casillas y sus 22 escuderos arañados de cicatrices de barro y sangre gritaron finalmente eufóricos al cielo de Kiev. Los azules, desde abajo, contemplaban abatidos el espejo de su derrota. Al instante siguiente el campo se llenó de niños rubios jugando con confeti.

La grandeza heroica de una gran final, el simulacro de guerra que escenifican los equipos sobre el campo de batalla, la musculatura del choque, los ejercicios de estrategia táctica, los miedos, los orgullos, la leyenda en liza, se transformó súbitamente en otra película. Los duros combatientes con cintas en el pelo, clavos en los pies y aroma a sudor y linimento se convirtieron, nada más bajar del palco, en tiernos padres de familia acariciando a hijos y sobrinos vestidos con sus propias indumentarias bélicas. Quedaban atrás las miradas afiladas y las pétreas determinaciones. Los soldados habían vuelto a casa (o, mejor dicho, el hogar había ido a ellos) y, a partir de ese momento, ya sólo veríamos un espectáculo para toda la familia.

La Selección Española suscita una fluida adhesión. Basta ser español, o ni siquiera, es suficiente ser un inmigrante en España con voluntad de integración para apoyar a La Roja. Es fácil despertar el patriotismo y hacer equipo al lado de los hombres de Del Bosque. En realidad, no es necesario que te guste mucho el fútbol. Al fin y al cabo, se trata de una disputa entre España y un desconocido, ¿Cómo no tomar parte en este choque? Sin embargo no funciona igual con los clubes. La pasión por cualquier conjunto de la Liga parece reservada a un tipo de hincha más determinado, más exclusivo. Para empezar, es principalmente hombre. Cuando el Real Madrid o el Barcelona recorren las calles céntricas de sus ciudades portando un trofeo, es complicado ver a miles de niñas pequeñas o adolescentes, a señoras jubiladas con la cara pintada como las que contemplamos el lunes en Cibeles.

La mayoría del publico que jaleó al autobús descapotable de la Selección no conecta cada domingo el transistor con el corazón acelerado, no va al campo a ver un partido de fútbol sobre un césped escarchado. Durante la Eurocopa, frente a la pantalla gigante del Bernabéu se congregaban sobretodo adolescentes, chicos y muchísimas chicas. La Liga, sin embargo, parece un torneo excesivamente largo y cansino, creado para verdaderos fervorosos del fútbol, para fanáticos. Aunque quizá devotos precisamente de eso, de un deporte, no exclusivamente de un equipo. ¿De que es entonces tan fan todo el público atípico que estos días ha alentado a la Selección? Imagino que, en primer lugar, de la victoria. Los niños y los muy jóvenes apenas deben de tener memoria de una España sucumbiendo en cuartos. No saben quién es Cardeñosa, ni qué "gol" es el de Michel frente a Brasil, no recuerdan a Eloy tomando carrerilla desde los once metros, ni les viene nítidamente la imagen de una axila maldita al oír el nombre de Arconada. No les suena de nada un árbitro egipcio llamado Al-Ghandour, ni un tal Julio Salinas ante Pagliuca, ni pueden rememorar el viaje sobre el larguero de aquel balón lanzado desde el punto de penalti por Raúl.

La apuesta por la Selección es natural, es cómoda la afiliación a un conjunto de la tierra que se mide contra extranjeros cada dos años, a una escuadra que parece levantar cada trofeo que le ponen delante. Esta fiesta roja es para todos los sexos y edades, para niños y niñas, para ancianos y amas de casa, para el tipo con puro que paga el abono del Racing y para aquel otro que piensa que el central juega en el medio del campo pero que durante el último mes colgó en el balcón una bandera roji-gualda. Detrás de la Selección no hay politiqueos, no hay zafios regionalismos, no hay un Mourinho ni un Laporta, no hay un Cristiano o un Alves. En el fondo hay un grupo de buenos chavales comandados por el tipo más entrañable de España. La Roja juega y gana para la familia y los clubes lo suelen hacer sólo para una parte de ella. Así que celebremos en compañía este triunfo histórico, aprovechemos para cantar, vestirnos de colorado, abrazarnos y brindar todos juntos. Porque luego llegará el invierno y los jugadores y los aficionados al fútbol nos quedaremos mucho más solos.

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