Es obvio que cualquier ciudadano con dos dedos de frente sabe que en asuntos de estrategia internacional resulta ingenuo pretender que los dirigentes hagan pública toda la verdad.
Pedro Sánchez.
Pedro Sánchez.
Europa Press News via Getty Images

Si Miguel Gila siguiera entre nosotros, a lo mejor Pedro Sánchez terminaba contando toda la verdad sobre lo ocurrido en el triángulo hispanoargelinomarroquí. Podríamos infiltrar a Gila en el palacio de la Moncloa y propiciar encuentros fortuitos con el presidente del Gobierno. En el ascensor, en algún pasillo, haciendo footing por los jardines aledaños. Mediante indirectas, seguro que Gila conseguía que Sánchez confesara. “Algún jefe de Estado magrebí está haciendo chantaje a un presidente de Gobierno europeo”. “Alguien ha espiado a alguien”. “Un líder político español acaba de meter a su país en un problema energético del copón”. Al principio Sánchez mantendría su sonrisa mecánica. Pero terminaría derrumbándose y contando una historia que de otra manera nunca jamás vamos a conocer.

“Podríamos infiltrar a Gila en el palacio de la Moncloa y propiciar encuentros fortuitos con el presidente del Gobierno”

Es obvio que han tenido que pasar cosas muy raras. Raras, raras, raras. Y es obvio también que cualquier ciudadano con dos dedos de frente sabe que en asuntos de estrategia internacional resulta ingenuo pretender que los dirigentes hagan pública toda la verdad. Los intereses del propio Estado serían los primeros perjudicados. Pero en este caso el cambio de actitud respecto del Sáhara ha sido tan inesperado, tan canalla, y tan cercano a otros sucesos de actualidad —acogida del líder del Polisario, espionajes, ruptura de Argelia—, que resulta inevitable que el montaje cinematográfico de la secuencia establezca relaciones causa-efecto y transmita una sensación muy cutre, poniendo en bandeja a los comunicadores de la extrema derecha —el término “periodista” les viene grande— la difusión de todo tipo de bulos.

El cheque en blanco que el electorado concede siempre al gobernante en relación con la actividad internacional de los servicios secretos presupone una mínima confianza de aquél hacia éste. Pero mostrar una mínima confianza hacia nuestro presidente es pecar de una máxima insensatez. Sánchez nunca miente. Tampoco dice la verdad. Juzgar las declaraciones públicas de los dirigentes políticos en función de que sean ciertas o falsas es algo que se hacía en el siglo XX. Sánchez simplemente dice lo que conviene en cada momento movido por intereses inmediatos, a sabiendas de que el frenético martilleo de las redes sociales y los medios de comunicación actuales han producido una sociedad sin memoria a largo plazo. La gravedad de los escándalos sólo se mide en el número de días que tardará en ser olvidado.

“La gravedad de los escándalos sólo se mide en el número de días que tardará en ser olvidado”

Entiéndase: no pido que se nos desvelen los informes de los servicios de inteligencia respecto a la megachapuza magrebí. Sólo quisiéramos ver algún indicio de que lo ocurrido no se debe a miserias personales o a incompetencias galácticas. Bastaría con un mensaje solemne a la nación, una declaración oficial del presidente del Gobierno desde el Palacio de la Moncloa en la que, mirando fijamente a la cámara, dijera “españoles y españolas, en serio, ha ocurrido algo muy pero que muy jarto que no os puedo contar. De verdad, lo fliparíais. Por eso tuve que traicionar a los saharauis y ahora tenemos que ir a Bruselas para que nos defienda ante Argelia. Es que es supersecreto. Jartísimo. Pero no tiene que ver conmigo ni con espionajes”. Y después una sonrisa y todo arreglado. Y en una semana ya nadie se acuerda.