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19/08/2021 12:17 CEST | Actualizado 20/08/2021 07:29 CEST

Balance de los Juegos I. Siempre olímpicas

Pierre de Coubertin, al intentar eliminar una larga y bella tradición, escupió sobre la historia.

Dominio Público
La princesa espartana Kyniska ganó los Juegos Olímpicos en carreras de carros de cuatro caballos: dos veces, en el 396 a. C. y nuevamente en el 392 a. C.

Cuando Pierre de Coubertin decidió que las mujeres podían acudir a los Juegos Olímpicos como espectadoras (dinerito, dinerito), pero no participar como protagonistas en ellos, ingenuamente y a bote pronto podría pensarse que rompió la primera tradición y mantuvo la segunda. 

Cuando Pierre de Coubertin decidió, a pesar de los milenios transcurridos, que las mujeres no podían participar en los Juegos, hizo algo peor y mucho más putrefacto: rompió la tradición, porque si bien es verdad que las mujeres no podían ser espectadoras de unos Juegos estrechos y parciales, también lo es que en la antigua Grecia las mujeres participaban en ellos. Coubertin, por tanto, al intentar eliminar una larga y bella tradición, escupió sobre la historia.

Cuando digo que las atletas participaban, no me refiero a la estrenua Ferenice (396 aC) de quien se narra que consiguió participar en una prueba haciéndose pasar por hombre. La ganó y cuando unos espectadores que la aclamaban le estiraron la túnica, se descubrió que era una mujer. Fue indultada de su «crimen» (penado con pena de muerte) pero para evitar que se repitiera el oprobio de otra participación femenina, a partir de ese momento se obligó a los hombres a participar desnudos.

Tampoco me refiero a la princesa espartana Kyniska, ganadora de la carrera de cuadrigas en dos ediciones olímpicas —la noveno sexta edición (396 aC) y la noveno séptima (392 aC)— puesto que era la propietaria de los caballos, convirtiéndose así en la vencedora de dos pruebas en los Juegos de la antigua Grecia

Eulàlia Lledó.
Mosaico Piazza Armerina s VI. a.C. (Sicilia, Italia).

Estoy hablando de los Juegos Hereos de Olimpia, llamados así porque se celebraban en honor de la diosa Hera. Hace siglos, pues, que las atletas vencedoras reciben la merecida y correspondiente corona hecha con ramas de olivo (también recibían un pedazo de ternera ofrecida en sacrificio a Hera y algunas tenían estatuas —donde constaba su nombre— en el templo de esta diosa). Los Juegos Hereos se celebraban cada cuatro años y en la mismísima Olimpia; menuda coincidencia, ¿verdad?

Coubertin, pues, se subió al pernicioso y perverso carro de mutilar la historia cuando se aparta de cómo le hubiera gustado que hubiese sido al pensamiento machista y se adscribió a la abyecta tradición de presentar cualquier logro femenino como recién inventado y huérfano de tradición. Para que siempre tengamos que partir de cero; para que siempre —sísifas— tengamos que volver a empezar. Como si no tuviésemos ancestras fundadoras en cada ámbito, nos quieren hacer creer que no ha habido, por ejemplo, escritoras, viajeras o astronautas desde el primer momento. Esa miope mirada que sólo ve hombres, que sólo percibe y valora lo que ellos hacen. Es difícil encontrar un ejemplo más claro de androcentrismo.

Coubertin tiene buena prensa. Si en Google tecleas «Pierre de Coubertin citas», en los cinco primeros links no consta ninguna frase misógina de las muchas que dijo. 

“El deporte femenino no es práctico, ni interesante, ni estético, además de incorrecto”

Supongo que Coubertin, tan interesado en la estética, se embelesaría y encontraría la mar de justa la multa que han impuesto a las jugadoras del equipo de Noruega de balonmano playa que se rebelaron contra el bikini obligatorio (mostrando que no es verdad que les guste, que ya les va bien...) y salieron a jugar con unos culotes mucho más cómodos y sobre todo a su gusto. O se moriría de gusto con un titular como el de la serie «Ellas son las atletas más atractivas de los Juegos Olímpicos de Tokio» de El  Mañana de México. Seguramente se escagarrinaría si viera los potentes cuerpos no ya de las lanzadoras de disco o de las levantadoras de peso, sino simplemente de las nadadoras.

“Las mujeres sólo tienen una labor en el deporte: coronar a los campeones con guirnaldas”

Supongo que como pensaba (con gran visión de futuro) que las mujeres en el deporte están para cubrir de flores a los vencedores, le entusiasmarían todos los titulares —irracionales y contrarios al manual de estilo de cualquier diario— que se empeñan en invisibilizar a las protagonistas y glorificar y coronar de guirnaldas a los comparsas, como por ejemplo, «La admiradora de Nadal que ha destronado a Ledecky en los 440 libres» de La Razón, un título largo pero donde no ha cabido la auténtica y gran protagonista, Ariarne Titmus. Coubertin nos expulsó de los Juegos; los periódicos, de los titulares.

“El deporte debe desarrollar las cualidades viriles y caballerescas”

Como Coubertin abogaba por desarrollar las cualidades varoniles (¡qué miedo!), le encantaría ver quién ha considerado el diario Marca que debe ser el término principal de la comparación del titular: «Diana Taurasi, la Jordan femenina, espera a España en la final de Tokio: ‘Sería muy lindo’». Taurasi: cuatro oros olímpicos y tres mundiales; Michael Jordan, dos oros olímpicos.

Cuestiones de gran envergadura; quizás más adelante les dedico un artículo

De momento voy a terminar hablando de la traductora y deportista (remo, natación, hockey) francesa Alice Milliat (Nantes, 1884-1957). Pionera del deporte femenino, partidaria del voto femenino, cofundadora de la Federación Francesa Deportiva Femenina en 1917, su presión a favor de las atletas obligó a incluir en los Juegos Olímpicos (a pesar de la resistencia de Coubertin que la consideraba una enemiga); también presionó para que hubiera representaciones femeninas en un amplio abanico de deportes.

Como a veces se da una cierta justicia poética, el pasado 8 de marzo, en la Casa del Deporte de Francia, sede del Comité Olímpico galo, se inauguró una estatua en honor de la estrenua Milliat. La obra está situada en el vestíbulo del edificio y comparte espacio con una estatua de Coubertin, en su peana simplemente se debería inscribir que fue el fundador de los Juegos Olímpicos modernos masculinos. De los Juegos Olímpicos modernos, definitivamente no fue él.

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