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19/04/2020 09:31 CEST | Actualizado 19/04/2020 09:31 CEST

Bulolandia

La pandemia nos ha traído inesperadamente un nuevo concepto de prometedora trayectoria mediática: los metabulos.

EFE

La pandemia nos ha traído inesperadamente un nuevo concepto de prometedora trayectoria mediática: los metabulos. Los bulos sobre los bulos. Hasta ahora estábamos acostumbrados a los bulos de toda la vida: bulos nivel 1. Manuela Carmena se compró un respirador porque se niega a ir a un hospital público. Ortega Smith salió a pasear con su madre sin protección al día siguiente de dar positivo en coronavirus. Pero estas mentiras palidecen tras la aparición de mentiras sobre el problema de las mentiras: bulos nivel 2 o metabulos. El Gobierno interviene Whatsapp y prohíbe que se puedan compartir críticas en sus grupos. Newtral y Maldita controlan Twitter e impiden que se difundan mensajes contra el Gobierno. Si Rusia era para Winston Churchill un acertijo envuelto en un enigma dentro de un misterio, España es hoy una mentira envuelta en una tergiversación dentro de un engaño.

Y aun así, nos la creemos. Bueno, no, nos creemos únicamente aquellos bulos que nos permiten sonreír con la autosuficiencia del “ya lo sabía yo”. ¿Por qué creemos las cosas que nos gusta creer? Pues por el mismo motivo por el que vemos las películas que nos gusta ver, comemos las comidas que nos gusta comer y vestimos la ropa que nos gusta vestir. Las personas tendemos a hacer lo que nos interesa, y las creencias, aunque esta forma de verlas pueda resultar extraña, también son algo que “hacemos”. Aplicando un poco de lógica aristotélica y de conductismo skinneriano a las premisas, la conclusión es clara: creemos lo que nos interesa. Lo que nos interesa a nosotros, que, curiosamente, suele ser también lo que le interesa que creamos al que nos lo ha contado.

Que algo esté escrito sigue siendo prueba de que es verdad, incluso cuando está escrito con faltas de ortografía y sin poner la coma antes de los vocativos.

“Está escrito que…” se lee en la Biblia como sinónimo de “es verdad que…”. Efectivamente, es tanta la inherente credibilidad de la letra escrita que no desaparece del todo ni siquiera cuando el propio difusor del bulo reconoce que está mintiendo: esta semana pasada Alfonso Rojo propagó a través de su… ¿cómo llamarlo?... blog Periodista digital la especie de que Pablo Iglesias e Irene Montero se habían separado, y a pesar de que el propio… ¿cómo llamarlo?... libelista dejaba clarísimo de forma repetida que no existía el menor indicio de veracidad en dicho ¿cómo llamarlo?… texto, la ruptura conyugal de la maritocracia de Podemos comenzó a existir en la opinión pública, aunque sólo fuera como remota posibilidad. Que algo esté escrito sigue siendo prueba de que es verdad, incluso cuando está escrito con faltas de ortografía y sin poner la coma antes de los vocativos.

¿Y qué podemos hacer ante este colapso? No sé si me asustan más las soluciones que se proponen o no aplicarlas. Por un lado, ir más allá de los delitos de injurias y calumnias, y comenzar a frenar o incluso penar la difusión interesada de bulos huele a chamusquina, concretamente, a chamusquina del Ministerio de la Verdad y la Censura. Sólo en contextos bélicos -que no, que ahora no estamos en guerra- pudiera estar justificado. Y, por otro, ampararse en modelos teóricos y abstractos sobre la libertad de expresión individual, ignorando las circunstancias reales de un mundo en donde cada persona es una cadena de televisión que contribuye a intereses que la propia persona ignora, tampoco facilita un sueño apacible. De nuevo, como tantas otras veces, la disyuntiva entre pragmatismo y legalidad. No estaría de más que, mientras esta disyuntiva se resuelve, las autoridades sanitarias añadieran a las mascarillas y los guantes unas orejeras que detuvieran la propagación de bulos y metabulos entre la ciudadanía de Bulolandia. De uso voluntario.

 

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