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29/10/2019 07:19 CET | Actualizado 29/10/2019 12:21 CET

Céline Sciamma. Retrato en llamas

Qué privilegio ir al cine y ver una película que no sólo rezuma sensatez y sentimiento, sino que sacude estéticamente y conmueve profundamente.

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Qué privilegio ir al cine y ver una película que no sólo rezuma sensatez y sentimiento por cada poro, en cada elegante encuadre, en cualquier línea de su guión, sino que sacude estéticamente y conmueve profundamente. Estoy hablando de Retrato de una mujer en llamas (Francia, 2019) de Céline Sciamma, directora a quien conocimos por la magnífica Tomboy  (Francia, 2011), pero que ya anteriormente había rodado otro potente film, Naissance des pieuvres (Francia, 2007), que no se ha estrenado aquí y que tiene alguna concomitancia —a pesar de la distancia geográfica, temporal y argumental— con Retrato de una mujer en llamas.

Situada en 1770 en la Bretaña, Marianne (Noémie Merlant) es una pintora contratada para realizar el retrato de esponsales de Héloïse (Adéle Haenel). Una joven a quien acaban de sacar del convento (lugar donde podía leer, cantar y escuchar música) porque su hermana ha muerto —cosas como esas pasaban aquí no hacen tanto tiempo—. Héloïse rechaza un destino que pasa obligatoriamente por el matrimonio y se niega a posar, por lo que Marianne se hará pasar por dama de compañía y tendrá que trabajar en secreto.

Inteligencia y pasión

Según como podría decirse que es una película rara puesto que pasan cosas poco habituales a pesar de ser normales y bien presentes en el mundo que vivimos. Las protagonistas son extremamente inteligentes —concentradas, más que ensimismadas—; muestran criterio y decisión (sólo hay que ver a qué está dispuesta Marianne para salvar sus utensilios de pintar o como Héloïse tienta al mar); plantean sin rodeos cuestiones literarias y filosóficas, ¿es el precio de la libertad la soledad?; una de las protagonistas tarda más de veinte minutos a asomar la nariz (en este caso, el pelo); no sonríen hasta después de más de una hora (porque hay que ser al menos dos y hay que tener un motivo). Una película trepidante y de movimientos de fondo aunque aparentemente no pase casi nada.

Música y ritmo

Paradójicamente, en una película filmada a punta seca es decir, sin música—, la música es básica y fundamental. Tanto El invierno, el cuarto concierto de Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, ¡qué lección de música!, como el corto canon de las brujas una subyugante salmodia son dos protagonistas más. El ritmo, por lo tanto, lo marca el ruido de las olas, el crepitar del fuego, el compás de las pisadas, las cadencias de las respiraciones, el embate del viento; también el orden y disposición de las secuencias, el contraste entre fuego y agua, los cambios de luz, el paso del exterior al interior y viceversa, la danza titilante, incierta, de los cirios en llama.

Mujeres que fuman (y leen)

En este mundo de mujeres en que no se echa de menos a los hombres son totalmente accesorios, accidentales e implican sobre todo el peligro, nace, despacio pero inexorable e ineluctable el amor, y un deseo que es grande y crece. Gesto a gesto, paseo a paseo, pincelada a pincelada. Mirada a mirada. Miradas fugaces, miradas a plomo, miradas devueltas, miradas graves, miradas interrogadoras, miradas risueñas, miradas sostenidas, miradas pletóricas. Palabra tras palabra, concepto tras concepto desgranados en un guión de una densidad hipnótica. No por casualidad ganó el premio al mejor guión en el pasado festival de Cannes —si existiera el de mejores diálogos, también tendría que haberlo ganado—; de hecho, sonaba para el premio a mejor film. Y como no soy una aguafiestas no diré los referentes que Sciamma utiliza para universalizar el amor que sienten las protagonistas, profundo, a pesar de que lo expresen tan contenidamente y sin sentimentalismos.

Bolsillos y vestidos

En esta película todo tiene sentido y todo se cuida al milímetro. El vestido verde de «ser pintada» es, pliegue a pliegue, matiz a matiz, toda una declaración de principios. Las protagonistas, la criada, Sophie, y la madre de Héloïse van de uniforme puesto que un solo traje basta para categorizar lo que cada una representa. La directora quiso que la pintora luciera bolsillos en su vestido. No es ni trivial ni un anacronismo: en la época se usaban. Se prohibieron en el siglo xix porque no querían que las mujeres escondieran nada en ellos. Aun hoy día, los bolsillos de las mujeres son más escasos y pequeños (e inútiles e incómodos) que los de los hombres.

Artistas a raudales

La pintora está inspirada en una creadora reconocida, en Elisabeth Vigée Le Brun (1755-1842); algún diálogo lo refleja sucintamente. Con ello la directora rinde homenaje no sólo a Vigée Le Brun —presentada a menudo como excepción—, sino a la cosecha de pintoras de quienes no se suele hablar nunca: Marie-Suzanne Giroust (1734-1772), Marie-Thérèse Reboul (1728-1805), Anne Vallay-Coster (1744-1818), Marguerite Gérard (1761-1837)..., por citar sólo un puñado de entre las francesas. Conjura la tristeza y el dolor de estas obras y artistas condenadas al secreto o, cuanto menos, a la sombra, este hurto y esta estafa.

(A raíz del paseo espacial de las astronautas Christina Koch y Jessica Meir del pasado día 18, Donald Trump contactó con ellas para felicitarlas y aseguró que era la primera vez que una astronauta paseaba por el espacio —en realidad, salieron a reparar una pieza—, Meir tuvo que corregirle: era la número quince. La primera fue la rusa Svetlana Savitskaya en 1984. No se hace ningún favor a ninguna mujer obliterando a las anteriores; al contrario, la dejamos a la intemperie y huérfana de tradición, precedentes e historia, y tanta falta que nos hacen).

Una isla, un oasis

Una isla puede ser un infierno pero no es este el caso. Este microcosmos permite a unas mujeres —que no por falta de hombres se las percibe como solas y ya era hora (las astronautas Koch y Meir, a pesar de lo que algunos medios afirmaron, no salieron solas al espacio: la una iba con la otra; se acompañaban mutuamente)— conocer a otras mujeres, un conjunto de brujas sabias de diversas edades y saberes, así como tratar de la violencia de los embarazos no deseados y, por tanto, reivindicar el derecho al propio cuerpo. Vivir en una sororidad que en cierto modo diluye las clases. Héloïse, a pesar de todo, incluye a su madre en un beso sutil, alado, lleno de ternura.

Sciamma regala, en definitiva, a Marianne y a Héloïse —y de paso al público—, en una isla que es un paraíso, cinco días de tranquilidad, pasión, bienestar, felicidad, completitud y placer antes de plegarse a un mandato patriarcal presentado como insoslayable.

Finales

La película tiene al menos tres finales: el argumental y uno para cada una de las dos protagonistas en el que la otra tiene un papel destacado. El de Marianne está marcado por la pintura y la incapacidad de los hombres, de algunos hombres, para detectar la potencia, la inventiva y el talento de las mujeres. El de Héloïse lleno de música y de unas lágrimas que son a la vez tristeza, plenitud y goce. Y una vez más la mirada.

En paralelo a aquel dilema que plantea qué es más fuerte, si el deseo o la consecución, la consumación de éste, la película se interroga sobre si es preferible el amor o un amor que vive y pervive, que se expande y se inflama llameante en el recuerdo.

 

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