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28/06/2019 07:28 CEST | Actualizado 28/06/2019 07:28 CEST

Centristas, pero nacionalistas

La caída en desgracia de los sectores moderados de Ciudadanos –al margen de evidenciar que Albert Rivera ya no puede vestir más el falso traje que se tejió para parecer liberal– pone de manifiesto un peligroso discurso que siempre ha estado latente en una parte de la política española: el intento de marginación del nacionalismo –hoy soberanismo– catalán. Cuando Toni Roldán, Javier Nart y Luis Garicano –y tantas otras veces del establishment– reclaman a Rivera facilitar la investidura de Pedro Sánchez, lo que claramente están diciendo es que ERC, JxCAT o, incluso, el PNV no jueguen un papel determinante en la política española. O lo que es lo mismo: apagar las voces que –aún insuficientes para lograr sus objetivos– son mayoritarias en Catalunya y el País Vasco.

A los centristas de Cs les incomodan los pactos con Vox y la clara apuesta de Rivera por ser la referencia en la derecha buscando el sorpasso al PP. Pero, en cambio, no muestran disidencia alguna en el discurso nacionalista de su formación. Al contrario, subrayan que la actitud enrocada de su discutido líder aporta protagonismo a los partidos soberanistas. Son, efectivamente, centristas, pero difícilmente se les puede considerar liberales. En Europa no hay ningún partido liberal de ámbito estatal que sea nacionalista, como es el caso de Ciudadanos. El LibDem británico, el FDP alemán, el VVD holandés o el MoDem francés y la REM de Macron nunca se plantearían alcanzar acuerdos con la ultraderecha, pero tampoco convertirían el patriotismo y una visión exclusivista de sus naciones en el eje central de su actuación política.

La compleja aritmética que dejaron los resultados del 28A, junto a las consecuencias de algunos de los pactos derivados del 26M, ha puesto sobre la mesa una oportunidad para avanzar en la búsqueda de una salida al conflicto catalán. Y esta salida –independientemente de cual sea la opción final: autodeterminación o encaje en el Estado– pasa por la imprescindible superación de la política de bloques. Que ERC (o JxCAT, si algún día vuelve a la moderación y al pragmatismo) puedan facilitar la investidura del líder del PSOE es una buena noticia para todos aquellos que desean una solución, que son mayoría tanto en España como en Catalunya. Entre ellos no están, sin duda, Quim Torra, la ANC y otros sectores cada vez más minoritarios del independentismo. Y tampoco, por supuesto, el conjunto de las tres derechas españolas y una parte sustancial del PSOE, que sólo admiten el triunfo y la humillación como resolución.

Que ERC, JxCAT, el PNV o incluso Bildu puedan jugar un papel determinante en las mayorías es lo que más preocupa a los radicales de una y otra parte.

La participación de los nacionalistas catalanes y vascos en la política española ha permitido, desde la recuperación de la democracia, la formación de mayorías legislativas que han aportado estabilidad e incluso progreso económico y social al conjunto de la sociedad española (a modo de ejemplo, la supresión del servicio militar nace en el Pacto del Majestic entre Aznar y Pujol). Pero también ha sido, desde principios de los noventa, un arma arrojadiza que el PP y, en ocasiones, el PSOE han utilizado malévolamente para desgastarse mutuamente, dibujando al contrario como una marioneta entregada a los deseos de los nacionalistas catalanes. La desafección que una parte sustancial de la sociedad catalana ha firmado contra el proyecto español en la última década no es ajena a esta imagen ruin que políticos y medios españoles han modelado de unos catalanes aprovechados del Estado, cuando la realidad escupía precisamente datos terrible y objetivamente inversos.

Este burdo ataque, debidamente orquestado por partidos y medios, se lanzó contra el nacionalismo catalán en las épocas en el que éste no era (o no se manifestaba) independentista. En los años noventa, los socialistas Rodríguez Ibarra y Leguina ya arremetían contra el protagonismo de CiU y el PNV en la formación de mayorías, algo que el PP hizo bandera en la última legislatura de Felipe González, entre 1993 y 1996, y que convirtió en su eje central durante los primeros años de Rodríguez Zapatero. La proyección de esta imagen en la que el Gobierno de turno vendía España a los nacionalistas a cambio de estabilidad parlamentaria es la que luego permitió a Rajoy refugiarse en la inacción para afrontar un conflicto que exigía una solución política, no judicial y menos aún policial. Los nacionalistas llevaban años en el disparadero; Rajoy simplemente se aprovechó del contexto y adaptó su discurso a él.

La solución al conflicto catalán pasa necesariamente por la superación de los bloques. El punto actual pone de manifiesto que el independentismo no tiene (¿todavía?) la mayoría suficiente para lograr su objetivo y que el Estado puede vencer pero no convencer, lo cual a la larga no es más que una derrota. Por este motivo, que los votos de ERC, JxCAT, PNV e incluso Bildu puedan jugar un papel decisivo abre puertas a escenarios de diálogo que e planteen la superación de bloques. Y eso es lo que más preocupa a los radicales, como es Ciudadanos.

 

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