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11/06/2019 13:59 CEST | Actualizado 11/06/2019 15:22 CEST

Coaligados en la cooperación

PSOE y Unidos Podemos coinciden en que la construcción de la casa común debe comenzarse por el suelo: el próximo Gobierno debe tener carácter progresista

Agencia EFE

Ninguna palabra es inocente. Menos aún en política. A priori, no debería haber muchas diferencias entre los términos colaboración y cooperación: se trata de que dos partes se ayuden entre sí en pos de un beneficio mutuo e, incluso, que trascienda a ambos. Hasta ahí todo normal. Pero nos movemos en la política, donde casi nunca las palabras son lo que parecen.

PSOE y Unidas Podemos han entrado en fase de deshielo al consensuar que trabajarán en un Gobierno de cooperación, que no de coalición. Una terminología que, bajada al mundo cotidiano, vendría a ser algo similar a novios no, sólo amigos.

El uso de esa frase generalmente representa un bajonazo en toda regla para una de las dos partes, mientras que para la otra es la tabla de salvación para conseguir sus fines (nos llevamos muy bien, pero de ahí a tener una relación media un abismo). PSOE y Unidas Podemos han hecho un ejercicio inédito de creatividad que puede derivar en una fórmula de Gobierno que mantenga a ambas partes juntas pero suficientemente separadas.

Sánchez reparte cartas dejando claro que quiere un Gobierno socialista sin inquilinos permanentes

Se trata de un modelo en el que Pedro Sánchez constata su poca, si no nula, disposición a que Pablo Iglesias forme parte de su Ejecutivo, la principal aspiración de Unidas Podemos en general y de Pablo Iglesias en particular. En función de cómo evolucionen los pactos con otras fuerzas políticas que Sánchez deberá cerrar si quiere ser investido presidente del Gobierno, esa entrada de Iglesias será una quimera o un sapo que el propio Sánchez se deberá tragar por pura necesidad.

Bien es cierto que la evolución de los acuerdos entre las fuerzas políticas de cara a la conformación de ayuntamientos y gobiernos autonómicos está estrechando el camino del PSOE a encontrar alianzas más sólidas de las que les puede aportar Unidad Podemos. ¿Tendría sentido que los socialistas cerrasen pactos con un partido como Ciudadanos, que es capaz de tirar a la basura su ideología a cambio de lograr alcaldías con el respaldo de la extrema derecha de Vox? No mucho. Del PP no merece la pena ni hablar: una colaboración, cooperación o abstención ni está ni se la espera.

La estrategia de Pablo Iglesias tiene toda la lógica: a la hora de negociar se parte de unos máximos que más tarde se irán rebajando

La estrategia que ha seguido Pablo Iglesias en estas últimas semanas tiene toda la lógica: a la hora de negociar se parte de unos máximos que más tarde se irán rebajando. Su intención de ocupar una vicepresidencia es una boutade que acabará, como mucho, con un independiente propuesto por Unidos Podemos en un futuro Ejecutivo (de cooperación). Eso, vista la actual debilidad de los morados —aunque contradictoriamente goce de una fuerza electoral imprescindible para Sánchez—, sería ya una victoria que impediría su caída en la mayor de las irrelevancias.

Sánchez, mientras tanto, reparte cartas dejando claro que, pase lo que pase, quiere un Gobierno socialista sin inquilinos permanentes. A lo sumo, con invitados puntuales. Lo más relevante, con todo, es que el significado de las palabras puede retorcerse hasta la extenuación, pero la realidad es tozuda: PSOE y Unidos Podemos coinciden en que la construcción de la casa común debe comenzarse por el suelo, es decir, que el próximo Gobierno debe tener una claro carácter progresista.

Eso es lo prioritario: el cómo, no el quién. Que estén coaligados en la cooperación es, vista la historia más reciente, todo un triunfo.

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