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28/08/2019 07:03 CEST | Actualizado 28/08/2019 07:03 CEST

Con 55 años, diagnosticaron Asperger a mi marido. Y esto mejoró nuestro matrimonio

De repente, todo tenía sentido. Esas conductas que me parecían tan molestas se debían a un sistema de cableado diferente en su cerebro.

PHOTO COURTESY OF LAURIE EYNON
PHOTO COURTESY OF LAURIE EYNON

Ambos recordamos el incidente de la sopa de tomate de 2012 como un punto de inflexión. 

Mi marido, Rob, me había preguntado atento si quería algo del supermercado.

“Hmmm”, pensé mientras veía la tele. “Quizás, sopa. Algún tipo de sopa de pollo. Caldo de pollo o algo así. Que no sea cremosa. Ya sabes, como las de los noodles de pollo o arroz con pollo. O esas que llevan trocitos de carne. ¿Cómo se llaman? Ah, sí, ¡minestrone!”, iba diciendo sin parar. Pero, claro, eso era antes de que lo supiéramos.

Seguí divagando sobre la sopa. “Ay, esa de pollo y verduras... ¿Esa es la que tiene guisantes? Bueno, me da igual. Cualquiera que tenga caldo de pollo me vale. Pero que no sea sopa de tomate”.

Media hora más tarde, Rob estaba de vuelta en casa e, inocentemente, me acercó dos latas de sopa de tomate. 

En caso de que lo hayáis visto como otro ejemplo de Hombres Que No Escuchan, os aclaro que no lo es. Mi marido se sintió confuso cuando yo me enfadé. Él realmente creía que lo que quería era sopa de tomate. 

Un paquete de sopa puede ser insignificante, pero a Rob también le costaba seguir conversaciones significativas. Cuando llevábamos unos años juntos, parecía que discutíamos un montón. Y no es que fuéramos jóvenes e ingenuos. Ambos teníamos una edad, ya habíamos estado casados previamente y teníamos hijos mayores. Pero estaba totalmente frustrada con este hombre divertido, inteligente y bueno que no tenía la capacidad de prestar atención. O de mantener contacto visual. O de interactuar socialmente. 

Una noche estábamos acurrucados en el sofá, viendo la serie Parenthood. En la serie, a un chico preadolescente llamado Max le diagnostican síndrome de Asperger. Le hacen bullying en la escuela por sus rarezas, pero al final consigue salir adelante en una escuela para niños fuera de las normas neurotípicas. 

No obstante, el joven Max no fue la clave para mi marido. No, ese honor le corresponde al personaje adulto que interpreta en la serie Ray Romano, un simpático fotógrafo llamado Hank que en sociedad es raro y despistado. Después de hacerse amigo de Max, Hank lee un libro sobre el Asperger para entender mejor al chico. Los espectadores ven a un Hank boquiabierto pasando rápidamente las páginas, subrayando pasajes. Prácticamente, le aparece una bombilla sobre la cabeza. Los rasgos que señala el libro también encajan con él. Se da cuenta de que también él tiene Asperger.

Rob apagó la tele y se me quedó mirando. ”¿Tengo Asperger?”, me preguntó.

La verdad, se me había ocurrido que podía tener algo, pero siempre se enfadaba conmigo cuando le hablaba de hacerse análisis. Al verse reflejado en televisión, algo hizo clic en su cabeza.

Hizo varias pruebas online, leyó artículos, consultó con el médico y con un psicólogo. Efectivamente, era probable que tuviera Asperger.

Me permitió mirar a Rob desde una nueva perspectiva. No actuaba de esa forma por inmadurez, grosería o aburrimiento.

¿Cómo era posible que Rob no hubiera tenido un diagnóstico hasta ahora? Probablemente, sus padres o profesores no eran lo suficientemente conocedores de esa cuestión allá por la época. Siempre le habían visto como un chico inteligente pero difícil. Lo poco que se decía de su condición eran descripciones de rarezas. De hecho, cuando Rob y yo empezamos a salir, una amiga me dijo: “He oído que es un chico majo, pero un poco rarito”.

De hecho, la palabra Asperger no es la terminología más aceptada estos días. Técnicamente, Rob está en algún punto del espectro autista, en un extremo no tan obvio. Estas son las características de Asperger más aparentes en mi marido: falta de contacto visual, preferencia por la rutina, dificultad para las interacciones sociales, comprensión literal de las palabras, hiperconcentración en una idea (a veces de forma obsesiva), excepcional capacidad verbal. Esta última parece un caso aparte en la lista, pero la tienen muchos y, de ahí, el éxito en el primer trabajo de Rob: la radio.

Antes de conocer a Rob, primero le escuchaba. Era el presentador del popular morning show de una cadena de radio local. Me reía a carcajadas de sus bromas ingeniosas en directo cuando le escuchaba en coche. Así que me sentí confusa cuando empecé a quedar con él, porque me parecía una persona diferente. Al principio lo atribuí a los nervios. Pero no. Su ‘yo’ verdadero no tenía nada que ver con su personaje en la radio. 

″¿Por qué era tan parlanchín y encantador en la radio pero tan tímido y torpe en persona?”, me preguntaba. Al final, me di cuenta de que cuando estaba en el estudio no tenía que mirar a nadie. Yo le tenía que regañar muchas veces por no mirarme cuando hablábamos.

Cualquier tipo de interacción social le resulta tensa. Sus expresiones de incredulidad en las reuniones grandes en las que 12 personas hablan a la vez podrían interpretarse como frías y aburridas. Simplemente, es incapaz de procesar la cacofonía de las palabras que le llegan.  

Algo que preocupaba mucho a Rob era no dar una buena impresión a mis hijos. Una vez, cuando me contó un chiste muy gracioso, le sugerí que se lo contara también a mi hijo mayor, Jeff, ya que íbamos a cenar en su casa esa noche. Ensayar y planear conversaciones es una buena herramienta para las personas con Asperger.  

En cuanto Jeff abrió la puerta para saludarnos, Rob le soltó “te voy a contar un chiste buenísimo” antes incluso de que cruzáramos el portal. Entonces procedió a contar la broma a todo gas, mientras nos quitábamos el abrigo y nos saludábamos con un abrazo. No estoy segura de que mi hijo llegara a oírla.

Yo empaticé con él, imaginándome todo el tiempo que Rob habría ensayado y lo decepcionado que estaría después de que su gran momento ya hubiera pasado antes incluso de entrar a la casa. Aunque entiende que las conversaciones tienen una cadencia según la cual hay momentos en los que es más apropiado contar un chiste, a Rob le es imposible saber qué momento es ese.

Su falta de habilidades de observación también es legendaria. Una vez, después de mudarnos a una casa nueva, le pedí que me ayudara a colgar unos cuadros en el salón. “Espera”, me dijo. “Déjame que acabe esto”. Estaba superconcentrado en la pantalla del ordenador de su despacho. Al final, me entraron las prisas y lo hice yo misma.

Justo tres semanas después, de repente se me acercó y me dijo: “Ahora sí puedo ayudarte a colgar esos cuadros”. ¿Te estás quedando conmigo?, pensé. Había colgado cinco cuadros enormes en la sala.

“Ehhh... mira a tu alrededor”, le dije. Lo hizo. No lo pilló. ”¿Qué se supone que tengo que ver?”. No se había dado cuenta en esas tres semanas de que el salón ya no tenía las paredes vacías. Sin embargo, sí es capaz de reparar en detalles minúsculos, como que hay menos píxeles en una imagen que en otra aparentemente idéntica.

Entonces, ¿qué es lo que compensa toda esta frustración? ¿Qué hace que la relación funcione? Muchas cosas. Ambos somos ávidos lectores de todo lo que pase por nuestras manos, desde ficción popular hasta filosofía compleja. Nos mandamos mensajes con observaciones divertidas a lo largo del día. Probamos restaurantes nuevos el fin de semana, aunque suelo ser yo quien insiste en los experimentos culinarios. Somos buenos compañeros de viaje; una vez nos fuimos de repente a Brujas cuando íbamos hacia Ámsterdam porque nos encantó la película In Bruges.

Nos podemos sentar en silencio en la misma habitación, mirando a nuestros iPads, jugando a Words with Friends, y sin pensar que es raro. Tenemos las mismas ideas políticas. Y, lo más importante, nos reímos con facilidad y con mucha frecuencia. Nuestra vida sexual tampoco está nada mal. 

Enfadarse con una persona con Asperger es como enfadarse con un diabético.

Y, aun así, no estoy segura de que siguiéramos casados si el personaje de Ray Romano no hubiera salido prácticamente de la televisión para darle un toque a mi marido. Porque, de repente, todo tenía sentido. Esos comportamientos que las personas neurotípicas como yo veían tan molestos eran consecuencia de un sistema de cableado diferente en su cerebro.  

Me permitió mirar a Rob desde una nueva perspectiva. No actuaba de esa forma por inmadurez, grosería o aburrimiento. Igual que una persona con diabetes nunca a ser capaz de comer como alguien normal, una persona con el síndrome de Asperger nunca va a pensar ni a actuar como una persona neurotípica. Enfadarse con una persona con Asperger es como enfadarse con un diabético.

Además, Rob se ve a sí mismo de una forma diferente. Saberlo fue un gran alivio. Así no tiene que pensar que es una persona torpe, distraída, rara e hiperconcentrada en detalles extrañas. Ahora sabe que tiene Asperger. Su cerebro no funciona igual que el mío. Puede aprender habilidades nuevas y útiles, aunque nunca serán naturales para él.

Yo también debo aprender nuevas habilidades que nos ayuden a conectar mejor. Rob dejó la radio y ahora es un respetado técnico de radiología en una sala de operaciones ortopédicas. Dice que eligió la radiología porque encajaba con su sentido del orden y la rutina; yo digo que él eligió trabajar en cirugía porque todos sus pacientes están anestesiados. Aun así, tiene que interactuar con sus compañeros, y le sigue frustrando la idea de no pillar los matices de una conversación.

Ahora, si me pregunta qué tipo de sopa quiero, le digo de forma sucinta y precisa: “La sopa de pollo y dumplings de la marca Progresso, por favor”. A veces hasta se lo escribo en una nota, o le mando un mensaje. Es posible que alguna vez me vaya por las ramas, pero ya no le echo la culpa a Rob si no tiene ni idea de lo que estoy diciendo.

Incluso a veces, cuando quiero que me mire y se centre en una conversación cuando estamos cara a cara, sólo tengo que decirle tres palabras: “Sopa de tomate”. Y lo pilla.

Este artículo fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ EEUU y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano