POLÍTICA
23/11/2021 06:00 CET

Convicción más que coerción: por qué no copiar las medidas europeas contra los no vacunados

Los epidemiólogos cuestionan la pertinencia de restricciones selectivas para los no vacunados, especialmente en el contexto español.

Paco Freire/SOPA Images/LightRocket via Getty Images
Dos personas, montadas en un autobús en Barcelona.

Si algo ha demostrado la rama de la epidemiología a lo largo del último año y medio de pandemia de covid es que no todo es blanco o es negro. Mientras que los medios, la sociedad y los Gobiernos buscan ‘titulares’ —o medidas— cortos, rápidos y fáciles, los epidemiólogos son amantes del matiz y de la sutileza, del ‘no todo es tan sencillo como parece’. De ahí que muchos se echen las manos a la cabeza cuando alguien, incluso perteneciente a un ámbito próximo al suyo, propone cobrar la atención sanitaria a quienes no estén vacunados, o cuando una parte de la población aplaude medidas que llegan desde otros países europeos, como Austria, que inicialmente estableció un confinamiento selectivo para los no inmunizados y luego dio marcha atrás, lo aplicó de forma generalizada y anunció la vacunación obligatoria a partir de febrero. 

Partimos de la base de que la situación de España no es la misma que la de otros países y, por tanto, no conviene comparar en los mismos términos. En España no sólo se ha conseguido vacunar a más del 90% de la población diana —un hito admirado por el resto de países del entorno—, sino que los grupos etarios más vulnerables (los mayores de 60 años) tienen coberturas superiores al 99%. 

La pregunta que lanzan los epidemiólogos cuando se les consulta por una medida concreta —sean ′castigos selectivos’ o la imposición de un certificado de vacunación para el ocio— es: ¿qué se quiere conseguir con ello?

Si lo que quieres es controlar la transmisión, en España no lo vas a conseguir con medidas enfocadas sólo al colectivo de los no vacunados

Lo comentó la semana pasada el director del CCAES, Fernando Simón, y lo señala de nuevo el epidemiólogo Mario Fontán en declaraciones a El HuffPost. “Si lo que quieres es controlar la transmisión, no lo vas a conseguir con medidas enfocadas sólo al colectivo de los no vacunados, teniendo en cuenta que en España suponen un porcentaje mínimo de la población, y que los vacunados también pueden transmitir el virus”, explica Fontán. Es decir: el efecto de aplicar restricciones a los no vacunados sería muy limitado en España porque, “a pesar de que la probabilidad de contagio de los vacunados es menor, en números absolutos son muchas más personas”. 

Javier Padilla, médico de familia especializado en salud pública, coincide en esto. “Aunque sea muy goloso señalar solamente a la población no vacunada, si ese porcentaje de población es muy bajo, estas medidas no tendrán la capacidad para frenar una gran ola”, advierte.

Por qué no se vacunan quienes no lo han hecho (todavía)

Si, en cambio, lo que se busca con este tipo de medidas es incentivar la vacunación, la pregunta que plantean los expertos es la siguiente: ¿por qué no se han vacunado quienes no lo han hecho todavía? Los epidemiólogos insisten en que hay que intentar responder a esto antes de pretender imponer medidas generales que persigan la vacunación de los reticentes. 

El barómetro del CIS del pasado mes de octubre revela que una parte importante de quienes no están dispuestos a vacunarse lo achaca al “miedo” a posibles riesgos (19,5%), dice que prefiere esperar para ver “cómo funcionan” las vacunas (casi un 5%), no lo hace porque ya ha pasado el covid (3,7%), por falta de garantías (3,2%), porque tiene alguna enfermedad o tratamiento (3,1%) o porque echa en falta más información (2,4%). Un tercio de quienes no se quieren vacunar dice que no se fía de “estas vacunas”, pero sólo un 0,6% niega la existencia del coronavirus y apenas un 0,7% es contrario a todas las vacunas en general.

Ya no nos vale el zepelín que sobrevuela la ciudad para animar a la vacunación; ahora lo que nos sirve es la salud pública a pie de calle

Para Javier Padilla, esta información que ofrece el CIS resulta clave, y en ello debería centrarse cualquier estrategia de España para abordar la reticencia vacunal. Si una de las razones de la no vacunación son las dudas sobre la seguridad de la vacuna, las campañas de comunicación pública deberían ir dirigidas a explicar que “la vacuna es muy segura”, sugiere Padilla. “No podemos tener el mismo marco de comunicación que hace un año sobre la vacuna, porque ya hemos puesto millones y millones de dosis, y se ha demostrado su eficacia y su seguridad”, resalta. 

Paco Freire/SOPA Images/LightRocket via Getty Images
Un chico, sentado en una parada de autobús en Barcelona.

Padilla va más allá, y propone dirigir los esfuerzos de los departamentos de salud pública de las comunidades a “mapear la no vacunación, viendo en qué zonas de salud hay más porcentaje de personas no vacunadas, y actuando sobre ellas”. “Ya no nos vale el zepelín que sobrevuela la ciudad; ahora lo que nos sirve es la salud pública a pie de calle”, asegura el médico. “A la reticencia vacunal se vence por convicción y no por coerción”, resume Padilla.

A la reticencia vacunal se vence por convicción y no por coerción

Mario Fontán lo ha visto con sus propios ojos. En el hospital en el que trabaja, alguna vez le ha tocado llamar por teléfono a personas que dudaban sobre la vacunación, y hablando con ellas ha descubierto que no eran “antivacunas militantes”, sino personas con circunstancias muy particulares, desde las que tenían miedos “legítimos” hasta las que, por su situación social, personal o laboral, tenían dificultades para acudir a un centro de vacunación. Se refiere, por ejemplo, a mujeres migrantes que trabajan como internas en el servicio doméstico, a personas con dificultades por la barrera idiomática, o con miedo a que los efectos secundarios les impidan asistir al trabajo y pierdan su empleo. 

Una “superioridad moral” que puede agrandar la desigualdad social

“Cuando se critica la no vacunación, a veces se hace desde una perspectiva muy simplista, pero en los motivos por los que la gente no se vacuna hay muchos matices”, explica Fontán. El epidemiólogo ve una especie de “superioridad moral” o “intelectual” en quienes defienden la aplicación de restricciones sólo para los no vacunados, y considera que con eso “se contamina más el debate” y “no se acercan posiciones”. “Cualquier medida que se plantee para los no vacunados puede repercutir y agrandar ciertas injusticias y desigualdades sociales”, advierte. 

Fontán, como otros colegas de profesión, apuesta por ir “a la raíz” de las reticencias, tratar de entender los motivos y, sobre esta base, diseñar estrategias que sean “más sutiles y más dirigidas” que una mera imposición. El problema para los gobiernos, dice Fontán, es que esto “requiere más esfuerzo, más cuidado y más tiempo”.

Javier Padilla coincide con él: “Hay que individualizar las acciones”. “La no vacunación es un concepto muy complejo, y aunque solemos movernos mucho en la caricatura, ahí hay mucho más que rascar”, dice. 

Solemos movernos mucho en la caricatura, pero la no vacunación es un concepto muy complejo

Cabe señalar, en cualquier caso, que no es lo mismo hacer la vacuna obligatoria —como hará Austria a partir de febrero o como estableció Italia para sus trabajadores— que aplicar el ‘pasaporte covid’ para el ocio, como ya hacen Galicia y Cataluña y quieren copiar otras comunidades. Aunque ni siquiera la Justicia está del todo de acuerdo con esto último, y este lunes el Tribunal Superior del País Vasco ha rechazado su aplicación.

En opinión de Padilla, algunas comunidades se están “subiendo a lomos de un círculo vicioso de restricciones importado de Europa” que en este momento, en España, no ve justificado. El médico insiste en que la tasa de incidencia —que tras este fin de semana se sitúa en 132 por 100.000no es lo más relevante ahora, sino más bien “la velocidad de crecimiento y la tendencia de los ingresos”, y en ese sentido —afirma Padilla— España “va razonablemente bien”.

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