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07/07/2019 09:39 CEST | Actualizado 07/07/2019 09:39 CEST

Cuando soñar despierto es una adicción: el Trastorno por Ensoñación Inadaptada

Collage de Rayo Púrpura.

El cine se ha ocupado de historias en las que personajes huyen hacia vidas paralelas plenas de vivencias excitantes. En Strange days, Kathryn Bigelow dirige a una maravillosa Angela Basset en una trama de tráfico y adicción a experiencias ajenas ofrecidas por un sistema de tecnología virtual ilegal llamado SQUID. En eXistenZ, Cronenberg presenta a Jennifer Jason Leigh y Jude Law en un thriller en una realidad alternativa a través de unas vainas conectadas a sus médulas. Más recientes, más blanditas y sosas son Ready Player One de Spielberg y The Secret Life of Wlater Mitty de Ben Stiller, y también tratan sobre fugas a otras vivencias no reales. Leemos novelas, vemos películas o series, sufrimos y gozamos a partir de otras vidas y otros mundos. Sin embargo, la narrativa puede ser autogenerada y en algunos casos puede componer una huida con un trayecto de vuelta complicado.

Esta introducción cinéfilo-cultureta nos lleva al trastorno por ensoñación inadaptada, también llamado por ensoñación excesiva, que refiere la ideación intensa y prolongada en el tiempo de vivencias ficticias que interfieren en la vida social y proyecto vital de la persona.

Se trata de un término reciente, apareció en el debate en la comunidad clínica en 2002, cuando el psiquiatra Eliezer Somer publica un artículo describiendo un cuadro sintomático encontrado en pacientes víctima de abuso sexual. Éstos confesaban pasar horas ensimismados en narrativas paralelas muy elaboradas y de las que temían ser adictos. 

Soñar despierto no compone signo alguno de patología ni tiene por qué impactar negativamente en nuestro normal funcionamiento. Es algo que hacemos todos y todas mientras desarrollamos tareas rutinarias o automáticas. Idear escenarios e interactuar con estos puede ser una fuente de placer e ilusión, potencia nuestra capacidad creativa e intelectual y puede ser útil para la reflexión, el establecimiento de metas o la resolución de conflictos.

El problema surge cuando la inmersión fantasiosa es continuada o compulsiva y consecuentemente produce desconexión, aislamiento y malestar psicológico. Es decir, cuando el mundo imaginario adquiere un papel más importante que el de la realidad compartida y cotidiana. A menudo, la persona con ensoñación excesiva se percibe a sí misma como un yonqui de su propia imaginación. Los soñadores pueden dedicar cerca del 60% de las horas de vigilia a sus relatos internos. Las sesiones pueden tener una duración de hasta 6 horas y durante las mismas acostumbran a hacer movimientos simples repetitivos, como mecerse, y a acompañar el relato con expresiones faciales y murmullos.

Nada tiene que ver con un trastorno psicótico, el soñador siempre es capaz de distinguir entre realidad e imaginación. En el proceso, la persona prioriza su mundo íntimo y descuida sus relaciones afectivas, sociales, académicas o laborales, incluso llegando a tener un impacto negativo en necesidades básicas como sueño, alimentación e higiene.

La ensoñación parece tener un carácter compensatorio. La persona busca en su realidad privada logros, emociones, rasgos o vivencias deseadas y no alcanzadas en la realidad compartida. Los soñadores a menudo se sientan inseguros, o frustrados o incluso desarrollan aversión frente a su cotidianidad. Lo cotidiano no es rival para lo imaginario, el yo real es una piltrafa frente al alter ego.

¿Por qué tengo que estar siempre centrado en una oposición que nunca apruebo si puedo seducir a Penélope Cruz tomando champagne en el castillo de mi mejor amigo?

Las fantasías en muchos casos tienen una trama y elaboración que nada tienen que envidiar a novelas o películas. Estas incluyen una imagen idealizada de si mismo, personajes ficticios, históricos o celebridades. En los relatos encontramos elementos románticos, de aventura, suspense e incluso de ciencia ficción. El protagonista alcanza grandes logros, fama y/o reconocimiento. En la fantasía descubre un misterio, escapa de su cautiverio, da una paliza al malo, canta en un liceo, supera todo tipo de desgracias, asesora al presidente del gobierno, es entrevistado por Ellen DeGeneres o conquista a la chica/o de sus sueños. En otros casos, los elementos pertenecen a la vida real del protagonista y se limita a experimentar escenarios familiares con variaciones deseadas.

En los casos severos, la persona siente dificultades para permanecer conectada a la realidad compartida y diversos detonantes (música, imágenes o incluso olores) disparan el proceso fantasioso. Del deseo se pasa a la necesidad, del impulso a la compulsión. Inicialmente la ensoñación es un complemento, en el proceso, las narrativas imaginadas conforman el relato principal de la vida del individuo. La persona comienza a necesitar alimentar sus tramas, interactuar con sus personajes, encontrarse con su alter ego. El billete de ida es gratuito pero la vuelta es muy costosa.

La persona establece vínculos afectivos con sus personajes, escenarios o tramas. En el proceso terapéutico (en mi práctica clínica sólo he tratado dos casos) encontramos resistencias a distanciarse de sus propias ensoñaciones, o incluso reacciones de duelo ante la pérdida de un componente importante de la propia identidad. Real o no real, existe en ese mundo paralelo.

Ni DSM V ni CIE, los principales manuales diagnósticos, contemplan la ensoñación excesiva como trastorno y, por tanto, muchos profesionales o bien desconocen su naturaleza o bien niegan su entidad clínica. Se trata de un asunto complejo y debemos ser prudentes, ya que se corremos el riesgo de patologizar aquello que es diferente.

Nada tiene que ver con un trastorno psicótico, el soñador siempre es capaz de distinguir entre realidad e imaginación.

A pesar de que la investigación es todavía incipiente, en la última década se han publicado docenas de estudios que intentan definir un patrón cohesivo del trastorno. Se han encontrado similitudes con la rumiación que aparece en pacientes en depresión mayor, con sintomatología propia del espectro autista (TEA) o con algunos subtipos de Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC). Sin embargo, soñar despierto de manera compulsiva no implica necesariamente padecer TOC, TEA o depresión, en muchos casos compone un patrón con entidad propia.

El debate no está sólo en la comunidad clínica. Se han publicado interesantes artículos en revistas generalistas y se han generado foros de Internet donde soñadores de todo el mundo comparten sus experiencias y las dificultades que emergen de sus ensoñaciones. Cuadro sintomático subyacente o trastorno con entidad diagnóstica propia, las personas con ensoñación inadaptada deben obtener la atención de la comunidad clínica y acceder a procesos terapéuticos orientados a sus necesidades específicas.  

 

Este post se publicó originalmente en el blog del autor.

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