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19/06/2019 07:31 CEST | Actualizado 19/06/2019 07:31 CEST

Cuatro maneras de entender la desobediencia civil

¿Cuántas justificaciones sensatas hay para quebrantar la ley? ¿Tres, cuatro, una… ninguna?

Lalocracio via Getty Images

¿Cuántas justificaciones sensatas hay para quebrantar la ley? ¿Tres, cuatro, una… ninguna? ¿Hacerlo en nombre de Dios resulta válido? ¿Y en nombre de la democracia? ¿Será una cuestión de conciencia, quizás? William Scheuerman encara todas estas preguntas en su nuevo libro Desobediencia civil (Alianza, 2019), un manual espléndido que va desde Martin Luther King hasta el movimiento 15-M o Black Lives Matter. El prólogo a la edición española se muestra muy cauteloso con las cuestiones de nuestro país porque Scheuerman no pretende sentar cátedra, sino refinar el debate público a través de cuatro maneras de entender la desobediencia civil, así que no esperen una receta milagrosa cuando le pregunto por Cataluña. Aquí no vendemos crecepelos como algunos líderes políticos...

 

ANDRÉS LOMEÑA: Su libro Desobediencia civil describe cuatro grandes escuelas o tradiciones: la religiosa (con Gandhi o Luther King), la liberal (John Rawls sería su máximo exponente), la democrática (aquí brilla Hannah Arendt, pero también Habermas) y la anarquista (con el no tan conocido Alan John Simmons a la cabeza). Sugiere que un autor como Thoreau se anticipó al anarquismo… y por supuesto menciona a John Locke, que para mí era el punto de partida más evidente para entender la desobediencia civil. ¿Deberíamos ubicar a Locke en la escuela liberal o ni siquiera eso está tan claro?

WILLIAM SCHEUERMAN: La diferencia entre legalidad y legitimidad es crucial: cuando una ley es ilegítima o injusta, los actores políticos podrían tener el derecho de quebrantarla de formas no violentas, públicas y a pesar de todo respetuosas con un principio básico de legalidad (por ejemplo, aceptando una condena). Eso, a fin de cuentas, es lo que representa la desobediencia civil. Sin embargo, he intentado mostrar en el libro que esa sencilla idea ha adoptado muchas formas diferentes y si queremos evitar una confusión innecesaria, necesitamos distinguirlas.

No te falta razón al decir que Locke fue una gran influencia en el liberalismo moderno, aunque nunca usó el término “liberalismo”. Así que sí, Locke ha sido una influencia de peso en el enfoque liberal de la desobediencia civil teorizada por pensadores como John Rawls y otros. Más confuso es que el anarquismo englobe tanto a los anarquistas políticos anticapitalistas y de izquierdas (por ejemplo, Bakunin, Kropotkin o David Graeber) como a los filósofos académicos (como Simmons) que se llaman a sí mismos anarquistas filosóficos. Estos últimos son solo anarquistas en el sentido de rechazar el Estado, pues aceptan el capitalismo. Así que son, más bien, antiestatistas liberales o libertarios que también se vieron influidos por Locke. Por tanto, sería cuidadoso con sobredimensionar la influencia de Locke, ya que sus textos no hablan de la desobediencia civil. Él impulsó el derecho a una revolución (violenta), que es algo bastante diferente.

A.L.: Me pregunto qué piensa sobre la actitud de Sócrates y el juicio al que se sometió. ¿Se anticipó a la desobediencia civil?

W.S.: Muchos estudiosos han interpretado las ideas de Sócrates en la Apología y Critón como una especie de anticipación a la desobediencia civil. Yo me muestro escéptico porque sus ideas eran completamente diferentes a las que tenían pensadores modernos como Thoreau y Gandhi. Por ejemplo, Platón no plantea ningún compromiso con la idea de igualdad política o con la ruptura de la ley como una manera de extender los derechos políticos o el autogobierno. ¡Los antiguos atenienses no hacían marchas o sentadas como modo de protesta!

¿Cuántas justificaciones sensatas hay para quebrantar la ley? ¿Tres, cuatro, una… ninguna?

A.L.: No siento ninguna simpatía por Jordan Peterson, pero me pregunto si su guerra contra el lenguaje inclusivo podría incluirse en la escuela liberal de la desobediencia civil.

W.S.: Es verdad que la desobediencia civil no debería verse como una forma aceptable de protesta solamente con quienes simpatizamos o estamos de acuerdo. Desde Thoreau a los anarquistas contemporáneos ha sido una preocupación central la idea de incumplir la ley por motivaciones políticas, cuando es respetuosa con ciertas condiciones (la no violencia, anunciar ese incumplimiento, etcétera) y sirve a objetivos sociales y políticos inclusivos. Es decir, tiene que ver de modo muy consistente con extender derechos políticos, profundizar en el autogobierno o librarse de la dominación. Me cuesta ver cómo la oposición de Peterson a la iniciativa de Canadá de prohibir determinados tipos de discurso de odio respecto al género pueden llevar esa rúbrica. Mis amigos y colegas de profesión canadienses también me dicen que Peterson está caricaturizando el proyecto de ley C-16. No se prohíbe, por ejemplo, el uso de pronombres como “él” o “ella”, como él ha denunciado. Eso es absurdo.

A.L.: Aprecio su permanente distinción entre desobediencia civil y objeción de conciencia, pero a veces me cuesta ver la diferencia, como cuando en España hay personas que se niegan a oficiar una boda homosexual.

W.S.: Has señalado un problema complicado. La desobediencia civil se suele ver como algo principalmente político, lo que significa que tiene relación con las injusticias políticas o la calidad democrática. Y consiste en cambiar las ideas de la gente para cambiar la ley en última instancia. Por eso tiene que ser algo público. La objeción de conciencia, por el contrario, es simplemente lavarse las manos a la hora de hacer algo inmoral, y no implica necesariamente un posicionamiento político. Tu acción puede ser privada e incluso secreta. La verdad es que esos tipos ideales suelen difuminarse. En Estados Unidos hemos tenido el mismo problema que comentas: funcionarios públicos que rechazan, basándose en sus convicciones religiosas, a casar a personas homosexuales. Quienes rechazan la ley porque quieren pronunciarse políticamente deberían esperar condiciones severas que asociamos con la desobediencia civil. Es más, deberían esperar condenas, incluso si solo fueran pequeñas y de carácter simbólico. Por tanto, cuando un funcionario público se niega a casar a una persona gay basándose en lo que dicta su conciencia, no veo por qué él o ella debería estar exento de pagar algún precio por hacerlo. Apelar a la conciencia no debería ser un cheque en blanco, al menos si todos aspiramos a vivir bajo un mismo ordenamiento legal democrático.

A.L.: En un capítulo sobre la digitalización menciona a Aaron Swartz. Él me hace recordar el caso de Christopher Wylie y Alexandra Elbakyan. ¿Este activismo digital es o no una forma de desobediencia civil?

W.S.: Son ejemplos de “denunciantes” o “filtradores” que intentan hacer públicas algunas acciones inmorales o ilegales. A Elbakyan la persiguen por desafiar las leyes de copyright. Wylie trabajó para Cambridge Analytica y decidió decirle a las personas lo que la compañía hizo para ayudar a Trump y a otros líderes populistas de la derecha. La relación entre desobediencia civil y las filtraciones o denuncias es muy complicada. Cuando la acción de protesta es pública, no violenta y proporciona evidencia de un respeto básico por la ley (aunque viole una ley concreta), se parece mucho a la desobediencia civil. Cuando no es pública ni violenta, las cosas son algo más complicadas, lo que no quiere decir que debamos condenarlas del todo: puede haber situaciones donde la desobediencia “incivil” [uncivil] sea necesaria.

A.L.: Prefiero no hablar de Cataluña porque resulta muy difícil hablar objetivamente y con cierta serenidad. ¿Qué le recomendaría leer o hacer a las partes en conflicto?

W.S.: Hay mucha bibliografía sobre la “secesión” que podría ser relevante en España. Este es un tema sobre el que soy reacio a pronunciarme, dada mi ignorancia. ¡Los estadounidenses estamos demasiado predispuestos a aleccionar al resto del mundo! Dicho esto, me parece que el filósofo Allen Buchanan sería un buen punto de partida.

Esta forma de resistencia no fue “inventada” por pensadores o activistas famosos, sino que la iniciaron personas que han sido olvidadas y a quienes nunca podremos identificar.

A.L.: Conocemos grandes historias como la de Rosa Parks negándose a ceder su sitio en un autobús o la de Katherine Switzer corriendo una maratón para hombres. ¿Qué otras historias deberíamos conocer?

W.S.: Una de las cosas que me llamó la atención al escribir el libro es la tendencia que tenemos a centrarnos en personalidades “heroicas” y en grandes pensadores (Gandhi, King, Rawls, etcétera) en detrimento de muchos olvidados, personas “ordinarias” que participaron en la desobediencia civil. Más que mencionar más nombres individuales y añadirlos a la lista de estrellas de la desobediencia civil, me gustaría señalar que muchas de las prácticas asociadas a esta forma de resistencia no fueron de hecho “inventadas” por pensadores o activistas famosos, sino que las iniciaron personas que han sido olvidadas y a quienes nunca podremos identificar. La verdad es que gran parte de lo que llamamos desobediencia civil viene de agitadas luchas políticas de base, con personas actuando concertadamente que intentaron cambiar cómo se hacían las cosas porque sentían que ya habían sufrido bastantes injusticias. ¡Debemos tener presente que los filósofos solo aparecen en escena cuando la lechuza de Minerva ya ha emprendido el vuelo!

A.L.: ¿Qué películas o novelas recomendarías sobre la desobediencia civil?

W.S.: Citizenfour (2014) de Laura Poitras es un gran documental sobre Edward Snowden. Muestra su rigor moral. Pensar en Snowden (en parte gracias a la película de Poitras) me inspiró para escribir el libro. Snowden se ve a sí mismo como alguien comprometido con la desobediencia civil y ha pensado largo y tendido acerca de lo que eso le exige. Su caso plantea preguntas muy interesantes para quienes se interesan por la desobediencia civil.

A.L.: ¿Hay vida más allá de la desobediencia civil?

W.S.: La desobediencia civil no es la historia completa: como ya mencioné más arriba, hay tipos de filtraciones que probablemente no deberían tildarse de desobediencia civil. Ahora mismo estoy intentando escribir sobre la “desobediencia incivil”, un tema que, por desgracia, se ha vuelto pertinente tras la reaparición del autoritarismo en muchas partes del mundo, incluyendo los Estados Unidos. ¿Cuándo es apropiado quebrantar la ley de una forma incivil? Es un tema difícil y confuso, pero pienso que la aparición de Jair Bolsonaro, Viktor Orban o Donald Trump nos obligan a reflexionar.

 

¿Cuántas justificaciones sensatas habrá a favor de esa desobediencia incivil? ¿Tres, cuatro, una… ninguna? No se hagan objetores de conciencia: traten de responder y compartan sus conclusiones.

 

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