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04/05/2020 10:34 CEST | Actualizado 04/05/2020 10:34 CEST

De guerras, vectores y otras metáforas

Mucho queda por investigar sobre riesgos de transmisión de niños a adultos.

Europa Press News via Getty Images

La enfermedad abre una ventana al pensamiento metáfórico. Así nos lo recuerda la ensayista norteamericana Susan Sontag en dos de sus trabajos más conocidos: La enfermedad como metáfora y El Sida y sus metáforas. El pensamiento metafórico conforma el modo en que conciben la enfermedad quienes la sufren, pero también quienes temen enfermar, o a los responsables de dotar al personal sanitario de recursos y medios para prevenir la enfermedad, tratar a los enfermos y curarlos. Incluso los propios médicos, a los que presumiríamos vacunados por años de formación técnica, no logran librarse del pensamiento metafórico.

Uno de los modos más comunes de pensar sobre la enfermedad es como un “otro” extraño que se apodera de nuestro cuerpo y le infringe daños. Contra él libramos una “guerra”. Como nos recuerda Sontag, el pensamiento médico del siglo XIX estuvo plagado de metáforas que describían la enfermedad como una invasión de organismos externos frente a los cuales el cuerpo respondía con sus operaciones militares -como la movilización de “defensas” inmunológicas- y la medicina con intervenciones más o menos “agresivas”.

Las metáforas militares alcanzaron su momento de mayor apogeo a principios del siglo XX, en campañas para educar a la sociedad contra enfermedades infecciosas como la tuberculosis o la sífilis. En estas campañas ya no estaba en guerra el cuerpo del enfermo, o el equipo médico, si no toda la sociedad. Un ejemplo es la campaña contra la tuberculosis en Italia en 1920 donde un poster proclamaba la Guerre alle Mosche (“Guerra contra las moscas”) y mostraba a una flota aérea de moscas soltando sus bombas contaminantes de manera inmisericorde sobre una población inocente. La metáfora de la guerra, nos recuerda Sontag, tiene un potencial movilizador enorme: en una sociedad capitalista que generalmente privilegia intereses egoístas y cálculos de rentabilidad, permite encontrar un argumento incontestable para  persuadir a los ciudadanos de actuar de manera altruista, en defensa propia y de sus familias, pero también de sus conciudadanos. En una guerra contra un enemigo externo nos enfrentamos a una situación excepcional, en que los intereses de todos aparecen de pronto estrechamente ligados. En una guerra no hay gasto que no encuentre justificación, ni sacrificio que pueda considerarse imprudente.¿Les suena?

Trabajos de revisión sistemática de la evidencia que rastrea el origen de trasmisión doméstica de la infección sugieren que raramente son los niños la fuente primaria de contagio.

Pero las metáforas no siempre conducen a comportamientos apropiados. Susan Sontag es particularmente crítica con el pensamiento metafórico, al que considera responsable de conductas contraproducentes frente a la enfermedad: pacientes que no son informados de su situación y no buscan tratamientos efectivos, médicos que hacen sentir a las víctimas culpables de sus situación, sociedades que apartan a sus enfermos y les niegan consuelo, o pesados estigmas que los pacientes cargan sobre sus ya maltrechos hombros.

Estos días el pensamiento metafórico impregna casi todos los discursos. Algunas metáforas nos ayudan a sobrellevar el confinamiento y a mantener esperanza. Otras tienen un carácter más controvertido o directamente contribuyen a alimentar prejuicios y actitudes de control social y censura desmedidas. El pensamiento metafórico de guerra sin cuartel contra el virus ha fundamentado la disciplina ciudadana, que ha aceptado estoicamente el confinamiento, contribuyendo con ello a revertir la evolución de la epidemia. También ha ayudado a sostener el aliento y justificar el sacrificio de miles de profesionales públicos que han puesto su salud en riesgo para ayudar a los demás. Pero, en otras ocasiones, la convicción de que se estaba librando una guerra que exigía no bajar la guardia ha ofrecido cobertura a los “policías de balcón”, a vecinos que han dejado anónimos insultantes a personal sanitario residente en su misma comunidad  o incluso ha inspirado algunas expresiones de odio contra colectivos considerados como posibles fuentes de contagio –como asiáticos o transexuales. Afortunadamente, estos comportamientos han sido muy minoritarios en nuestro país.

Más generalizado ha sido el uso inapropiado de metáforas médicas para alertar sobre peligros vinculados a ciertas categorías de ciudadanos. Una que ha sido moneda de uso corriente ha sido la de “vector de contagio”, aplicado especialmente a la población infantil. Periodistas, responsables políticos pero incluso médicos han repetido el tópico, contribuyendo a convertirlo en una evidencia que legitimaba medidas de aislamiento draconiano de niños y niñas. Mientras prácticamente todos los países permitían la salida (controlada) de niños durante el confinamiento, aquí, plantearlo solo, era censurado inmediatamente con la pedrada de que los niños eran “vectores de trasmisión” de la enfermedad. 

Esta semana la revista Economist publica un artículo reclamando que los gobiernos privilegien en sus medidas de desescalamiento el retorno a los colegios para minimizar las pérdidas de capital humano y las brechas educativas entre alumnos de diferente nivel socioeconómico. La publicación británica se hace eco de un número creciente de estudios que muestran que los niños y niñas se contagian menos del coronavirus y  que el riesgo de que contagien la enfermedad a un adulto es bajo. En Islandia, donde se han se ha testado a una muestra representativa de personas, no ha sido posible detectar la presencia de niños contagiados. Solo fue posible hacerlo en una muestra focalizada de personas que habían estado expuestas al contagio a partir de su contacto directo con personas infectadas. E incluso en este grupo de personas seleccionadas por su alto riesgo, el porcentaje de niños que había contraído la enfermedad era la mitad que entre los adultos.

Se sugería que el cierre de las escuelas es, en términos generales, una medida muy poco efectiva para contener el contagio, y que había que contraponer a su alto coste.

Trabajos de revisión sistemática de la evidencia que rastrea el origen de trasmisión doméstica de la infección sugieren que raramente son los niños la fuente primaria de contagio. Tampoco parece que los contagios en escuelas puedan jugar un papel central en la trasmisión comunitaria del Covid-19, como sí sucede en otras epidemias como la gripe. Es la conclusión a la que llega un estudio del gobierno de Nueva Gales del Sur en Australia, publicado el 22 de abril. Dos semanas antes, un artículo de  la revista The Lancet del 6 de abril  hacía una revisión sistemática de evidencias de esta y otras epidemias de coronavirus y se sugería que el cierre de las escuelas es, en términos generales, una medida muy poco efectiva para contener el contagio, y que había que contraponer a su alto coste. El Comité conjunto de la OMS-China reconoció que no tiene evidencia de transmisión de niños a adultos en la crisis de Wuhan. Por su parte, el European Center for Disease Control and Prevention (ECDCP) concluyó recientemente que es improbable que los niños actúen como fuentes primarias de infección.

Mucho queda por investigar sobre riesgos de transmisión de niños a adultos. Se ha dicho muchas veces. El conocimiento que tenemos del virus y de la epidemia es imperfecto e incompleto. Soportamos mal la incertidumbre. Tendemos a gestionar de manera ineficiente la falta de respuestas a las preguntas legítimas que se nos plantean. Y eso le ocurre también a muchos expertos, a los que les cuesta reconocer que a pesar de sus años de formación, la experiencia investigadora que los avala y los galones que lucen, no tienen todas las respuestas que la sociedad está demandando. Y ahí aparecen las metáforas. Metáforas que terminan fundamentando políticas, y con ello, tienen consecuencias para el bienestar y las oportunidades vitales. Aceptemos sin rodeo la invitación a la humildad y el rigor que la situación nos extiende.