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06/09/2020 08:46 CEST

De Madrid al pueblo: el no tan extraño caso de quienes dejan la capital para volver a casa

La pandemia, el teletrabajo y el desencanto en la ciudad hacen que mucha gente se plantee la vida en el pueblo.

Alvaro Calvo/Getty Images
Una farmacéutica rural que viaja por varios pueblos de Huesca. En Siétamo, el 24 de abril.

En Alcolea de Calatrava (Ciudad Real) están instalando fibra óptica, y su alcalde se frota las manos ante la posibilidad de que algún alcoleano de esos que se fueron a las ciudades hace años en busca de oportunidades laborales vuelva ahora y trabaje desde el pueblo, igual que ha hecho más de uno en este verano de pandemia.

“Muy desde el principio de la temporada, incluso cuando no se podía salir, hubo gente que se vino para acá”, explica Eduardo Plaza, alcalde de Alcolea. “Luego ha venido mucha más gente a lo largo del verano, hasta personas que no venían desde hace muchísimos años”, asegura.

Esa gente le cuenta al alcalde que “si no tienen que volver a Madrid, ya sea a trabajar o a escolarizar a los niños, van a tratar de alargar su estancia en el pueblo lo máximo posible”, afirma. “Hace un momento acaba de venir una chica a por un certificado de empadronamiento. Estaba dudando, porque tiene dos niños, y no sabía si escolarizarlos aquí o en Madrid, y al final se ha decidido a quedarse, porque ahora mismo no tiene trabajo y le da igual dónde buscarlo”, comenta el regidor. “Parece que la gente ha vuelto a mirar a los pueblos”.

La gente ha vuelto a mirar a los pueblos

Por el momento, Alcolea ya ha ganado tres vecinos, aunque Eduardo considera que son “bastantes más” de los que están empadronados. Se trata sobre todo de alcoleanos que se fueron hace años principalmente a Madrid, la zona de Levante y Cataluña. “No sé exactamente cuáles son las razones de que vuelvan, pero aquí las casas son mucho más amplias, con patio, con la posibilidad de salir, tienen la cercanía del campo y de la naturaleza, saben que cuando hubo el confinamiento las medidas en los pueblos fueron un poco más relajadas y quizás tienen miedo de que esto vuelva a pasar”, elucubra.

Manuel Rufo, madrileño de 63 años casado con una alcoleana, no quiere oír hablar de un nuevo confinamiento, y menos si es en Madrid, donde pasaron el primer encierro. “Si mi mujer vuelve al teletrabajo y mi hijo a las clases online, sí que nos iríamos al pueblo”, afirma. “No es lo mismo pasar un estado de alarma metido en 50 metros cuadrados que en el pueblo, donde sólo el patio es como cuatro veces la casa de Madrid”, explica. “No hay tantos agobios”.

Ya jubilado, Manuel lleva todo el verano en Alcolea, donde tienen casa desde hace 13 años, y reconoce que ahora se le hace cuesta arriba la vuelta a Madrid, una ciudad que nunca le ha gustado por las prisas, el tráfico y la falta de humanidad. “Desde siempre he sido proclive a no vivir en Madrid, porque me agobia. El principal motivo por el que me estoy planteando ahora irme al pueblo es que ya no tengo ninguna obligación laboral, pero evidentemente la pandemia ha reforzado esta situación”, cuenta. 

No es lo mismo pasar un estado de alarma metido en 50 metros cuadrados que en el pueblo, donde sólo el patio es como cuatro veces la casa de Madrid

A 40 minutos desde Alcolea en coche está Daimiel, otro municipio de Ciudad Real que, por lo pronto, ya ha recuperado a un hijo pródigo. Se trata de Álvaro Espinosa, un diseñador gráfico de 35 años que se vuelve al pueblo después de siete años en Madrid, con una pandemia y un ERTE de por medio. Ya ha llamado a su casera para contarle que deja el alquiler “con un nudo en el estómago”, y a su compañía telefónica para solicitar el cambio de línea. 

No es que Álvaro se haya cansado de su piso en Lavapiés o de la ciudad en sí, pero se han juntado una serie de circunstancias que han propiciado su marcha. “Tanto tiempo en casa, sin oficio ni beneficio, con las noticias puestas todo el día, pasando las 24 horas con uno mismo, a la espera de otra prórroga del ERTE, con tanta incertidumbre y tan difícil de digerir”, enumera. “Me puse como fecha límite finales de agosto y ya he tomado la decisión”, explica. “Fíjate si voy en serio que ya he movido el WiFi. Se me ponen los pelos de punta si tengo que volver a llamar ahora a Jazztel”, bromea.

Jorge Sanz/SOPA Images/LightRocket via Getty Images
Mercadillo de Sant Carles de Peralta (Ibiza), a finales de agosto.

Álvaro no sabe si dentro de unos meses se arrepentirá, pero “el cuerpo me pedía moverme”, dice. “Me vuelvo a Ciudad Real, con mi madre, que es mayor, tiene problemas de movilidad y ha pasado estos seis meses prácticamente sola. Tampoco tiene mucho sentido que estemos cada uno en un lado, comiendo solos delante de la tele”, reflexiona Álvaro.    

En este caso, la pandemia sí ha tenido mucho que ver en su decisión. “Madrid no es fácil”, opina el diseñador gráfico. “Creo que es tan hostil como era antes, lo que pasa es que yo ahora soy más vulnerable. Antes no veía tanto los fallos que tiene Madrid, como cualquier otra ciudad grande, antes no me pesaban tanto la suciedad de la calle o el tiempo en el metro. No sólo es por la pandemia o por estar en ERTE, pero ahora pienso más en mí y tengo la oportunidad de estar en un sitio más cómodo y más tranquilo, y me voy”, argumenta. 

Me vuelvo a Ciudad Real, con mi madre. Tampoco tiene mucho sentido que estemos cada uno en un lado, comiendo solos delante de la tele

“Madrid no me da miedo, y a lo mejor en algún momento vuelvo, pero creo que tiene que darse un poco la vuelta y replantearse la ciudad no como zona de paso, no sólo para ganar dinero, sino como lugar donde vivir y ser feliz. Recuperar ese ‘Madrid te quiere, Madrid te abraza’”, sostiene el joven. “Tiene que querer un poquito más a sus ciudadanos”.

Mucha gente ya conoce la situación de Álvaro, aunque hasta ahora no sabían su identidad. Su caso lo contó hace unos días Diego Areso, director de arte del periódico El País, en un tuit que lleva más de 3.500 ‘me gusta’, más de 700 retuits y más de 150 respuestas. El “amigo millennial” del que habla Diego es Álvaro. 

“Yo no soy experto, sólo he puesto un tuit, pero reconozco que ha generado bastante ruido”, cuenta Diego. Álvaro no es su único amigo que se está planteando seriamente dejar Madrid y eso le hace pensar que algo no va bien en la capital. “Estadísticamente no será significativo, y Madrid seguirá siendo la aspiradora de gente que es, pero sí tengo la sensación de que en este ambiente la gente se quiere ir”, afirma Areso. “Muchos compañeros están trabajando desde casa de sus padres, y sobre todo hablo de gente que en Madrid vive en 30 metros cuadrados, ha pasado tres meses encerrada en un estudio y en cuanto ha podido se ha largado a trabajar en condiciones un poquito más humanas”, explica. 

Para él, “Madrid puede llegar a ser hostil”. “Es más cara, cualquier desplazamiento te cuesta el doble, hay más tráfico, más gente, más ruido, pero luego tiene otras cosas que consiguen que te quedes; lo que pasa es que en el último año esto no ha sido así: hay muchísimo menos trabajo, no hay ofertas de ocio por la pandemia, hay más sensación de riesgo”, sostiene. “Percibo que la gente que se está yendo son personas de entre 30 y 40 años, con carreras universitarias pero con pocas esperanzas laborales, y que ven que no importan mucho a las autoridades. No existe la esperanza de que el Ayuntamiento regule los alquileres, o de que la Comunidad facilite el transporte público, y todo eso se acaba sumando”, opina. 

Madrid es una ciudad que todo se lo come y luego todo lo escupe

Una de las respuestas que Areso recibió a su tuit decía que “Madrid es una ciudad que todo se lo come y luego todo lo escupe”, y él está de acuerdo. “La misma gente que se vio obligada a venir a Madrid porque en su lugar de origen no había trabajo ahora está siendo expulsada, y me parece doblemente cruel”, afirma. “Todo lo que sea voluntario me parece fenomenal, pero es que hay gente que no se quiere ir, que está aquí a gusto, que tiene su vida y su grupo de amigos, pero de repente no puede pagar, y eso es una tragedia”. 

Eduardo Parra/Europa Press via Getty Images
Vista del tráfico desde Cuatro Vientos, Madrid, a mediados de junio, en plena desescalada.

La generación de jóvenes que ha ido acumulando contratos como becarios o, si acaso, mileuristas, vislumbra ahora un panorama aún más inestable por la pandemia, y sus planes de futuro, e incluso de presente, se tambalean una vez más. “Antes la ciudad quizás te compensaba porque te lo pasabas muy bien, pero llega un punto en que lo que quieres es tener un sofá grande”, reflexiona Areso. 

Isabel, periodista treintañera, se ve en esa tesitura desde hace tiempo. Se mudó a Madrid hace unos años, pero este verano ha vuelto a su pueblo de Toledo a teletrabajar, y aunque confiesa que la vida allí no le convence, sí le gusta “lo de tener espacio, y en esta casa hay mucho”, explica. “Ahora mismo es lo que necesito”, asegura. “Madrid para algunas cosas es muy difícil... yo creo que en algún momento una dice ‘hasta aquí’, ¿no?”, plantea.  

Todavía no ha decidido qué hará cuando acabe el verano. “Unos días me quiero quedar todo el año en el pueblo y otros días me da miedo esa idea, porque aquí tengo pocas amigas, y tienen sus vidas. No tengo coche para moverme a los pueblos de al lado ni nada, así que lo único bueno es que Madrid está cerca y puedo ir todos los fines de semana”, cuenta la joven.

Madrid para algunas cosas es muy difícil... yo creo que en algún momento una dice ‘hasta aquí’, ¿no?

Carlota, también periodista de 27 años, entiende perfectamente el caso de Isabel. En Madrid vive en un piso de 40 metros cuadrados fuera de la M-30, donde lleva seis meses teletrabajando. Cada vez se le hace más atractiva la idea de dejar el piso e irse a la casa que tienen sus padres en un pueblo de la sierra. “Ya le he dicho a mi jefe que probablemente me vaya al pueblo a vivir. Es que allí tengo casa, pago mil veces menos y, joder, estoy en el campo”, cuenta.

Eduardo Plaza, el alcalde de Alcolea de Calatrava, confía en que alguno de esos urbanitas desencantados recaiga en su municipio e incremente su población, que en los últimos quince años ha pasado de 1.600 a 1.400 habitantes. Aparte del despliegue de fibra óptica, su Ejecutivo está trabajando en un plan para facilitar a los jóvenes el acceso a la vivienda, ya que consideran “caro” el alquiler. “Aquí una casa te puede costar 200 o 250 euros al mes”, dice. 

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