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30/04/2019 07:26 CEST | Actualizado 30/04/2019 07:26 CEST

El desierto helado de Pablo Casado

Agencias

El ‘redentor’ que lo sabía todo, y que tenía todas las condiciones ‘estéticas’ y de oratoria, y muchas más, para triunfar como eficaz goma de borrar de los pecados del pasado que caen en cascada en forma de juicios y sentencias sobre el PP, dirigido sin rubor por José María Aznar, de vocación destructor como probará la historia que se escriba sin conservantes, edulcorantes, almíbares ni colorantes… ha logrado lo que parecía imposible: hundir en tiempo récord al Partido Popular, que se partió en tres por una desquiciada estrategia de radicalización.

La aparición de Vox, una hijuela salida del seno nutricio de la gran alternativa conservadora española, fue una atracción fatal para el delfín de FAES, que se abrazó al discurso energuménico y trotón de un pony desbocado, y a la retórica del insulto gritón. A su vez, Albert Rivera, encontró un vivero de votantes en las huestes descontentas con la echada al monte del PP, lo cual a su vez radicalizó a Ciudadanos, lo cual a la vez, le llevó a perder las oportunidades que parecía tener al alcance de la mano. Y encima, con grandes dificultades para aceptar ad futurum un ‘plan B’ en forma de  una colaboración con el PSOE de Pedro Sánchez por su arriesgado ‘no es no a Sánchez’.

Resultado: Casado se ha cargado la alianza de Fraga y el horizonte inmediato del PP, al que le espera una travesía por el desierto… helado.

Cuando el exministro franquista Manuel Fraga Iribarne creó Alianza Popular lo que hizo fue construir una ‘casa común’ bajo cuyo techo coexistieran todas las derechas existentes en España, incluido el franquismo en sus diversas modalidades: el desvergonzado, orgulloso de la dictadura, sus pompas y sus obras, el pragmático que elegía el juego democrático sin renunciar a sus esencias, y también el de quienes eran franquistas porque era el único campo de juego disponible para hacer política, pero que como Rogelio Santana Guerra, alcalde del pequeño pueblo de Valleseco en Gran Canaria, creía que “ser franquista muerto Franco es del género idiota”. (Es asombroso, pues, a la vista de los hechos, el número de idiotas que según la vara de medir de Don Rogelio, yo ni quito ni pongo lelo o ingenuo, quedan aún.)

En aquella primera Alianza –un remedo temprano en la Transición de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) de la II República- había siete exministros de Franco, de donde les vino el nombrete de ‘Los Siete Magníficos’. Junto a ellos estaban personajes vinculados a la derecha no franquista. Don Manuel presumía de haber integrado a la extrema derecha, que quedó constreñida fuera de sus acogedores muros a Fuerza Nueva, el partido nostálgico a la par que basilisco de Blas Piñar, al que el supermercado del exministro de Información y Turismo le robó toda su clientela.  

Heino Kalis / Reuters
Manuel Fraga y José María Aznar. 

Cuando la extrema derecha volvió a aparecer en el horizonte europeo, se habló de la excepción española. En España no había una organización ultra como las que asomaban el rejo en la UE. Y es que no había tal excepción. El pensamiento franquista estaba dentro y en fase de inmersión de las sucesivas evoluciones del Partido Popular. Era ese núcleo duro que ejercía de albacea testamentario con carácter voluntario del Caudillo. El que ponía el grito en el cielo ante cualquier cambio de nombre de una calle que conmemorara el Alzamiento del 18 de Julio de 1936, el que se rebelaba ante la búsqueda por parte de descendientes de republicanos asesinados de los restos de sus padres o abuelos o abuelas en cunetas o fosas comunes para enterrarlos como es debido, mientras la Iglesia española convencía a los papas para beatificar a cientos de víctimas del bando nacional; los que se oponían a todos los avances en derechos civiles desde las primeras leyes de la UCD (Unión de Centro Democrático), otra alianza, de vida efímera pero muy fructífera para la reconciliación de los españoles, donde los tardofranquistas que se integraron en ella y la impulsaron eran sinceramente reformistas, empezando por su creador, Adolfo Suárez; un grupo que dio cancha amplia a liberales y demócratas cristianos… Muchos de los cuales desembarcaron luego en el PP al hundirse la UCD víctima de sucesivos motines internos. Otros eligieron el PSOE, y otros muchos, la nada.

Esa Alianza Popular, convertida en Partido Popular, para afianzar la unidad y el centralismo orgánico, acabar con los barones y unificar la doctrina, consiguió con José María Aznar un éxito histórico, aunque la toma del poder en 1996 fue por la mínima frente a Felipe González. Todas las almas de la derecha, tres o más, pues estaba también la ‘nacionalista’ moderada, (o regionalista avanzada, como el galleguismo que Fraga Iribarne, presidente de la Xunta de Galicia, desplegó a toda vela en el noroeste español) estaban en un mismo cuerpo. Este fue el secreto del éxito, sea como gobierno o como oposición desde 2004 durante la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero.

El secreto era el centrismo, más humano que político, de Mariano Rajoy Brey, y el olfato de su mano derecha, Soraya Sáez de Santamaría. Atenazados por la corrupción que estaba necrosando al partido, sus líderes habían optado por los cuidados paliativos con la esperanza de que el tiempo, que lo cura todo, hasta el duelo, permitiera que el olvido actuara como una ‘máquina china’ (apisonadora de rodillos) sobre los escándalos que pasaban por los tribunales. Hasta la sentencia de la Audiencia Nacional en mayo de 2018 sobre la primera parte de la ‘trama Gürtel’, que consideraba al PP beneficiario a título ‘lucrativo’, acreditaba la famosa caja B, que ya era vox populi, y que por cierto, recogía hasta doce tipos de delitos diferentes y ponía en duda la credibilidad del presidente del Gobierno.

Casado se ha cargado la alianza de Fraga y el horizonte inmediato del PP, al que le espera una travesía por el desierto… helado.

Una mal calculada y muy arriesgada estrategia ‘pasota’ de Rajoy permitió que Pedro Sánchez se lanzara a un triple salto mortal sin red y presentara ipso facto en medio del escándalo nacional que se había suscitado, una moción de censura, que contra todo pronóstico, salió adelante tras los debates del 31 de mayo y 1 de junio siguientes en el Congreso. Sánchez, el renacido, el resistente, el funambulista, el osado, el ambicioso, logró el apoyo de todos los que querían echar a Mariano Rajoy, incluido los separatistas que habían dirigido el amago de golpe de Estado en Cataluña. Sanchez, presidente, fue una intolerable ofensa, un inadmisible desafío, al Partido Popular, que ante dos opciones: la centrista conservadora y ‘profesional’ de Sáenz de Santamaría y los ‘sorayos’, y la aznarista rediviva representada por Pablo Casado, eligió esta última. Y abrió el agujero que conduciría al infierno, o mejor, al desierto helado.

De aquí en adelante, desde el 28-A,  Sánchez tendrá un rosario lleno de suertes, y no de misterios; en cualquier caso, serán estaciones de fortuna y no dolorosas, al menos para empezar. Gracias a la política del PP mientras controló las Cámaras de bloquear las iniciativas del PSOE, y de utilizar la ‘mesa’ del Congreso en manos de Ana Pastor para dar el portazo a los proyectos de Ley, que el Gobierno ha tenido que sacar con el forcep de Reales Decretos, Pedro Sánchez podrá iniciar la campaña de 2023 con un presupuesto propio y un techo de gasto ya permitido por Europa que le permitirá inyectar unos 6.000 millones de euros para políticas sociales y de infraestructura.

Este goteo, que se capilarizará a la vida local, y que llegará a la gente, será el mejor arranque para la batalla por el segundo mandato. Y el mejor argumento para neutralizar el discurso del ‘tripartito’ de que bajar los impuestos es lo mejor que se despacha. Bueno, hasta que se descubra la varita mágica que los mejores economistas, como Krugman, Stiglitz, y otros muchos que se apoyan en datos reales y no en visiones esotéricas, consideran cuentos de hadas madrinas.

Más vale que Casado y Rivera busquen su ayuda, porque no lo tienen fácil. No hay nada como una derrota parta que se le pierda el respeto al líder. El runrún de una gestora es mal presagio. O como mínimo, agüero de divisiones internas. Casado, por lo menos, y Rivera también, han dejado muchos lisiados en el camino. Y los lisiados, votan. Y también hay cadáveres que se levantan. Casos se han visto en la historia reciente de España. ¿O no?

 

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