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27/05/2020 09:33 CEST | Actualizado 27/05/2020 09:33 CEST

El evangelio en la pared

Luis Alvarez via Getty Images

Dicen que Gay Talese, el maestro del periodismo, escribe muchos de sus textos en pequeñas tarjetas, donde narra escenas y episodios que luego fija en la pared y después -desde el otro lado de la habitación- las lee con unos prismáticos, porque según él es uno de los recursos para leer lo que escribe, como si fuera algo ajeno. Espiando sus propias notas descubre cosas que, de otra manera, hubieran pasado desapercibidas.

Yo también tengo cientos de papelitos amarillos pegados en la pared, frente a mi mesa de trabajo, y a veces, cuando camino dando vueltas frente a la pared, pensando pensamientos, siento que estoy dentro de la cabeza de un primate que delira entre paredes, o flotando en un universo hecho de letras, con todas esas palabras, flotando alrededor, como la extraña escena de una película que sólo yo estoy viviendo.  

Algunos papelitos son sólo recordatorios de fechas de reuniones y compromisos, porque la realidad tiene el brazo más largo que la muerte, pero sobre todo son pensamientos, talismanes contra los avatares del tiempo. ¿Saben de dónde viene la palabra ‘avatar’? Viene de Avatar, nombre en la India de una de las encarnaciones de Visnú, es decir, la reencarnación y la transformación; justo lo que necesitamos hacer en nuestro tiempo.

Muchas noticas de la pared tienen escrito su autor y origen. Otros apuntes sin fuente solo tienen escrita la idea que me llamó la atención, haciendo que me tomara el trabajo de escribirla, y luego buscarle lugar entre los otros papelitos, que a veces se ven como mariposas que se posan en la pared a punto de volar, y vuelan, sobre todo en mi mente, revolotean mientras les busco su oculto sentido y aplicación práctica en la vida.

Antes, en esa misma pared, también tenía decenas de fotos de familiares y de amigos, momentos felices de fiestas y momentos entrañables, que me distraían, por eso tuve que quitarlas con el corazón hecho un puño. Nada, para fortuna y desgracia nuestra, distrae más que la felicidad; eso que nos hace vivir y morir de muchas formas. Tuve que quitar las fotos, me quedé solo con las notas, con esas pequeñas mariposas de palabras, capturadas en medio de la selva del mundo y la contienda de la rutina. Así he creado, poco a poco, una especie de evangelio personal en la pared, quizá un manual para sobrevivir, sobre todo a mí mismo.

¿Cuánto ganamos y cuánto perdimos durante ese viaje milenario, para llegar hasta las palabras, mientras perdíamos nuestro contacto real con la naturaleza de la que nos olvidamos?

Así como los mexicanos construyen altares para la memoria de los muertos. Así también nosotros deberíamos crear altares de palabras, sobre todo en medio de las adversidades, para que nos recuerden la importancia de creer que todo aún es posible, y nos ayuden a seguir viviendo y luchando por lo que anhelamos. Las palabras, si las sabes leer por dentro, también pueden ser un paisaje colgado en el que la mirada se pierde. Hago repaso de algunos papelitos: 

“La fortuna ayuda a quienes se atreven a intentarlo”, dice en una de esas notas Publio Virgilio, miles de años después de escribir La Eneida; en otra nota, esta vez anónima, se lee, “tienes que partir de lo posible para lograr lo imposible”, y por su parte el director de cine alemán Werner Herzog, confiesa: “He aceptado el destino de seguir mi vocación. Soy un esclavo de mi mirada”. Y sigo leyendo, apuntes de toda naturaleza, y entonces comprendo porque Raymond Chandler dice, que “a sus mejores amigos nunca los ha visto”.

Me acuerdo, por supuesto, de los tiempos cavernarios en donde con sangre de animales pintaban figuras en las paredes para intentar contar historias, y que luego, miles de años después, esas figuras se transformaron en palabras. ¿Cuánto ganamos y cuánto perdimos durante ese viaje milenario, para llegar hasta las palabras, mientras perdíamos nuestro contacto real con la naturaleza de la que nos olvidamos? Las palabras, esas hermosas y peligrosas herramientas de la memoria, el amor y la mentira.

Siempre recuerdo al García Márquez de una tarde en el México D. F. de 2002, cuando nos decía frente a una cerveza que “quien no tiene una memoria humana se hace una de papel”, porque si hay algo indiscutible es el poder sagrado de las palabras. Y así va uno por el mundo, nuestro pequeño mundo de paredes, por cuenta de esta cuarentena en el que estamos solos, pero no a solas, porque gracias a los libros, películas, y muchas cosas más, no nos volvemos más locos de lo que podríamos llegar a estar; por extrañar a los amigos y esa libertad -aparente- que solo ahora todos valoramos, como suele ocurrir con las cosas valiosas que se pierden. 

Las palabras, esas hermosas y peligrosas herramientas de la memoria, el amor y la mentira.

Tal vez esta es la oportunidad que esperábamos para volver a inventar el mundo, otra vez, en principio el nuestro, el personal, así como hacen los pájaros armando sus nidos, con pequeñas hojas, ramas y raíces; notas de papel pegadas en las paredes. Si Julio Verne le dio la vuelta al mundo en ochenta días, ¿por qué no descubrir las vueltas que podemos dar a nuestra propia vida en nuestro mundo? Hablar en voz alta, tal vez, y responderse a uno mismo, haciendo nuestra la palabra de Antonio Machado: “converso con el hombre que siempre va conmigo. Quien habla solo, espera hablar con Dios un día”. 

Y entonces, como una respuesta sin pregunta, veo un par de papelitos en la pared. Uno dice: “Vive y acepta que este es el único tiempo con el que cuentas”. Y el otro, que me deja mudo, como si fuera Moisés en la cima del monte leyendo algunas palabras sobre piedras: “Dime una sola cosa en este mundo que no sea cuestión de tiempo.

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