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23/02/2021 07:25 CET | Actualizado 23/02/2021 07:25 CET

El país de los pasos perdidos

El día a día parece empeñado en demostrar que nada va a cambiar.

Europa Press
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una presentación.

Ha sido una experiencia terrible por su ingrediente de incertidumbre, por el miedo a qué pasará… y pasar a las estadísticas digamos de los irrecuperables. Pero, a su vez, ha sido enriquecedor, por ello mismo estar ingresado con covid en el Hospital Doctor Negrín —el mismo científico y profesor que fue jefe del Gobierno en la II República— en Las Palmas de Gran Canaria.

La convalecencia está siendo larga, pero la peor secuela, mientras los médicos meten en vereda a todas las constantes vitales y a todos los parámetros analíticos, es de orden intelectual. Con los móviles como ventana al mundo que sigue girando, cuando uno podía conectar su cerebro a la realidad de fuera, pareciera que estábamos en una serie de Netflix, que se puede parar para ir al baño y luego volver a empezar desde donde dejamos a The Crown o incluso antes.

Cuatro semanas he necesitado para volver a acostumbrarme a la actualidad nacional, entender que el día a día parece empeñado en demostrar que nada va a cambiar, que España es el país de los pasos perdidos, que todo vuelve a empezar entre la incompetencia de unos, la ambición desbocada y sin cuartel de los otros, la maldad sin vergüenza de muchos ha tiempo desacomplejados, el buenismo de galería de legiones de cándidos y la irresponsabilidad de casi todos los protagonistas y comparsas.

En la cama 2 de la habitación 407, mientras tragaba docenas de pastillas, Omeprazol de entrada para resistir el trallazo y el Remdesivir y los corticoides hacían su trabajo, en la duermevela soñaba con que la química funcionara mientras llegaba la vacuna. Cualquier vacuna. Tenía esa esperanza. Sin embargo, la ilusión se pierde enseguida en cuanto vuelve a envolvernos la política. No hay, no tenemos, remedio. ¿Ite misa est?

La ilusión se pierde enseguida en cuanto vuelve a envolvernos la política

La nueva ofensiva de Bárcenas fue para Pablo Casado una “tormenta perfecta” diseñada y producida “por la Fiscalía, el CIS y los medios públicos”. Versión friki de la famosa y creativa conjura judeomasónica.

Ante la avalancha de revelaciones llegaron los nervios: “vamos a cambiarnos de sede”. Génova 13, debe de ser gafe. ¿Cómo nadie se dio cuenta de ese número? La mejor forma de que no te toque el Euromillones, la Primitiva y la Bonoloto es no jugar. La única gran verdad es que el PP comulgó en público con una gigantesca rueda de molino cuando Mariano Rajoy, rodeado de casi todos los oficiantes, predicó en el desierto que “esto (Gürtel, Bárcenas…) no es una trama del PP, es una trama contra el PP”. Caca envuelta en papel de regalo.

“Quien no ha corrido tiempo ha tenido”, decíamos los niños jugando al escondite. Los nuevos papeles del contable arrepentido son una reedición. Lo cierto es que del hilo de Gürtel la Fiscalía Anticorrupción comenzó a tirar en noviembre de 2007. En 2013 tanto El País como El Mundo publican el escándalo de la caja B del Partido Popular y los sobresueldos en dinero negro a altos cargos de la organización. Por su parte Luis Bárcenas estaba convenientemente aforado: era senador, y el más votado, en Cantabria. Como suele decir Revilla “si hubieran puesto a una vaca de candidata, la derecha le habría votado”. ¡Una vaca senadora!

El error de Rajoy (heredado de Aznar, y usufructuado mientras pudo por Casado) es que ciertamente la mejor defensa es un buen ataque, pero con precauciones. Lo ataques deben tener su principio y su final. Es un error mortal utilizar el ataque como mecanismo habitual de defensa. Eso, para entendernos, se llama cortina de humo o tinta de calamar.

En 2013 ya se planteó esta cuestión: coger al toro por los cuernos, refundar el PP y romper con el pasado

 

En 2013 ya se planteó esta cuestión: coger al toro por los cuernos, refundar el PP y romper con el pasado siempre presente. Al fin y al cabo todos los partidos necesitan refundaciones que los amarren a su tiempo concreto. El PSOE sufrió una catarsis cuando Felipe González en el XXVIII Congreso impuso el abandono del marxismo, ya convertido en una palabra hueca. Dimitió ante la presión de la izquierda socialista, pero fue reelegido en el extraordinario. La socialdemocracia española estaba encaminada en línea con la sueca de Olof Palme, la alemana de Willy Brandt y Helmut Schmidt y la austriaca de Bruno Kreisky.

En las duermevelas de la 407, o ya en casa, atendido por el HADO (hospitalización a domicilio), un magnífico y eficiente departamento en el organigrama del Servicio Canario de Salud de la lucha contra el bicho me asombraba, y me hastiaba y me cabreaba con las noticias de Isabel Díaz Ayuso y sus frivolidades. Esos robos masivos, presuntos y por ahora gaseosos, en el Zendal de los que nunca más se supo, pero que desaparecieron por arte de magia potagia en cuanto aparecieron indicios de adjudicaciones como mínimo sospechosas en otros hospitales de la Comunidad.

Ah, claro, y para desbordar la paciencia nacional, que parece infinita, parece pero no lo es, porque infinito solo es el universo y la estupidez humana, según Albert Einstein, tenemos a Podemos, provocando crisis tras crisis en el gobierno de coalición, sea por el agua con gas o por el agua sin gas. Todo les vale para marcar la diferencia. Pero a falta de su correspondiente catarsis, ya se sabe lo de San Martín, que no respeta ideologías, vuelve a su punto de ignición: su condición de movimiento antisistema.

No son antisitema solamente los vándalos que construyen barricadas en las calles, asaltan comercios, incendian y destrozan mobiliario urbano con el argumento de que defienden la libertad de expresión de un rapero llamado Hasél, al que la justicia ha enviado a prisión por estimar que ha traspasado, precisamente, la línea que separa la libertad de expresión de lo que no lo es.

“Rapear no es delito”, dicen sus defensores que buscan firmas. También los separatistas catalanes que violentaron la Constitución y que intentaron llevar a cabo un golpe en Cataluña —llámese así o con cualquier sinómimo— decían que “votar no es delito”.

Trump y sus abogados intentaron disfrazar el llamamiento a la rebelión y a que la turba asaltara el Capitolio de un mero ejercicio del derecho de libertad de expresión. Un asunto que ya ha suscitado numerosos debates constitucionales en Estados Unidos y que un juez federal sintetizó en la frase de que gritar “fuego, fuego” en un teatro atestado de gente no puede encajarse en el ámbito de este Derecho.

La democracia deja de serlo cuando no es de aplicación el sentido común ni la ponderación.

La democracia deja de serlo cuando no es de aplicación el sentido común ni la ponderación. Aliviar la carga penal, considerando las nuevas realidades sociales y alineándose con la doctrina en las demás democracias europeas es una cosa. La ley ha de ajustarse a las circunstancias, sin caer en excentricidades. Por ejemplo: Iglesias propone despenalizar el enaltecimiento del terrorismo, pero eso no puede implicar su defensa y mutatis mutandis su apoyo. Los casi 1.000 muertos de la banda asesina ETA son muy recientes. Yo viví aquellos días de terror. 1978 fue tremendo, sobre todo porque lo que pretendían los etarras y sus consentidores era impedir que la Constitución llegara a feliz término, y que consiguiéramos aquellos tres ideales compartidos de “Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía”.

Ahora —bueno, ahora exactamente no, desde su pre-fundación— los embriones de Podemos no han ocultado su vocación antisistema. Han descalificado y buscan un repuesto para el Régimen del 78, todo incluido.

Rulan en las redes sociales, recomiendo una búsqueda en YouTube o en los WhatsApp de los amigos de la extrema izquierda y la extrema derecha, las palabras de Pablo Iglesias contra esta democracia, la defensa de los escraches como jarabe democrático, la defensa de la okupación como genuina expresión de democracia popular, la ampulosa justificación del chavismo-madurismo y el silencio cómplice sobre los cinco millones de refugiados…

Y ahora, fuegos artificiales con lo de que en España no hay una “democracia plena” porque no se permite que sea en Cataluña o en la Gomera se violente la Constitución, se abran de par en par las compuertas al caos y se promueva lo que a simple vista se adivina que se promueve si se juntan las piezas del puzle que ya están sobre la mesa.

Pedro Sánchez tenía razón y decía verdad cuando aseguraba que con Iglesias en el Gobierno él no podría dormir tranquilo. Vamos, ni echarse una cabezadita. La situación se está desbordando. Las frecuentes crisis forman una crisis. La crisis.

¿Moverá ficha el PP?, ¿qué hará Ciudadanos?, ¿aguantará Sánchez un año sin disolver el Parlamento y convocar elecciones?, ¿seguirá el PP boicoteando el presupuesto de reconstrucción y jugando al pierde con el virus mientras de sus entrañas le crece Vox?

Lo dicho: el país de los pasos perdidos. Y aquí no vale el Remdesivir.

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