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02/05/2020 10:11 CEST | Actualizado 02/05/2020 10:18 CEST

Elogio de la vejez. Del espíritu y de la mente

¿Por qué te han de humillar considerándote por defecto una ignara (¡hala!) sólo porque eres vieja?

JOSE JORDAN via Getty Images
Una mujer mayor, en Valencia, durante la pandemia. 

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Ella necesitaba desesperadamente una interlocutora que supiera quién era, y yo necesitaba desesperadamente seguir rindiéndole tributo a una autora que durante una época significó mucho para mí. [...]

Pero nadie se ocupaba de la esencia humana de Alice. Cada vez que iba a visitarla, la veía mucho más cansada que la vez anterior. Es cierto que tenía más de ochenta y cinco años y vivía a base de analgésicos; el cansancio sin embargo, era sobre todo espiritual, no del cuerpo. Cuando ya llevaba unos meses viviendo en la residencia, siempre que iba a visitarla me la encontraba desplomada en la silla, tan exhausta que daba miedo verla. Aun así, me sentaba frente a ella y, sin siquiera preguntarle cómo se encontraba, me ponía a hablar. A los pocos minutos de escuchar mi voz, su cara, su cuerpo, sus manos empezaban a volver a la vida. Enseguida estábamos conversando de libros, de los titulares del día y de conocidos comunes tan animadamente como siempre, aunque sin discutir. Creo que nunca olvidaré la visión de aquella milagrosa transformación. Ver como la actividad de una mente brillante le devolvía la vida a una persona medio muerta fue presenciar una metamorfosis que siempre se me antojó como ninguna otra. [...]

No, lo verdaderamente importante era que Alice se había pasado la vida luchando para convertirse en un ser humano consciente cuyo mayor gozo era utilizar su cerebro; y ahora estaba atrapada en un ambiente creado para ignorar —mejor dicho, para desechar— este esfuerzo constante y valeroso, cuando lo único que se le debía a un ser humano —sí, desde el principio hasta el final— era que se honrara es esfuerzo. [...]

Lo único que importaba ahora era que —excepto cuando estaba leyendo— mi amiga había sido relegada a un exilio de la mente que equivalía a un encarcelamiento. Era como si Alice hubiera sido declarada culpable de vivir demasiado tiempo.

 

Vivian Gornick. La mujer singular y la ciudad

Trad. Raquel Vicedo. Madrid: Sexto Piso, 2018

Una de las páginas llenas de vida de Vivian Gornick es esa visita a una autora y amiga mayor que ella a quien valoraba mucho que vivía en una residencia.

Contribuye a este exilio o aniquilación mental del que habla, por ejemplo, que si eres vieja o lo pareces pueda ocurrir que vayas a una visita médica y te hablen en voz muy alta. Hace falta una determinada actitud y un determinado estado de ánimo para decir que ni estás sorda ni eres especialmente lela, que no es necesario que chillen; sobre todo si se tiene en cuenta que no eres tú quien tiene la sartén por el mango.

Una vez un médico me propuso participar en una prueba clínica. Le dije que sí y luego me explicó el procedimiento. Cuando llegamos a la administración de la medicina que ensayaban, de pronto dijo: «es posible que le den una medicina que no sea una medicina». «¡Ah!, un placebo», repliqué yo. El médico se quedó mirándome muy sorprendido.

¿Por qué te han de humillar considerándote por defecto una ignara (¡hala!) sólo porque eres vieja? Tanto cuesta decir: «quizá le darán un placebo» y, según la cara que pongas, te lo expliquen; o te pregunten directamente si sabes lo qué es.

¿Esto es un lunar nuevo o me estoy convirtiendo en un caballo pinto? ¿Hasta dónde puede ensancharse un nudillo sin convertirse en una rodilla? No quiero ver, no quiero saber.

Y, sin embargo, miro a los hombres y mujeres de mi edad, o más viejos, y sus cráneos y nudillos y manchas y protuberancias, aunque variados e interesantes, no inciden en lo que pienso de ellos. Algunas de estas personas me parecen muy hermosas, otras no. […] Tiene que ver con los huesos. Tiene que ver con quién es esa persona. Con creciente claridad, tiene que ver con aquello que las caras y los cuerpos nudosos transmiten.

Sé que es lo que más me preocupa cuando me miro en el espejo y veo a la mujer mayor sin cintura. No es el hecho de haber perdido la belleza: nunca tuve suficiente como para obsesionarme con ello. El problema es que esa mujer no se parece a mí. No es quien yo pensaba que era.

 

Ursula K. Le Guin. Contar es escuchar. Sobre la escritura, la lectura y la

imaginación. Trad. Martín Schifino. Madrid: Círculo de Tiza, 2018

Al final del fragmento, Le Guin habla de la extrañeza que ocasiona la vejez, y no por una cuestión de belleza y fealdad. Esta extrañeza y amedrentamiento aumenta a causa de la constante minusvaloración con que eres tratada, la presunción de que no sabrás qué es un placebo o la opinión generalizada de que la gente vieja es retrógrada.

En TV3 pasan un anuncio de un programa propio que se dedica —si hacemos caso a su propaganda— a desmontar tabúes sobre diferentes grupos sociales marginados por causas variadas. Pues bien, lo protagoniza el actor que lo conduce y de pronto para mostrar cómo están de arraigados los tabúes, se pone él como ejemplo y afirma que es joven y que considera que tiene una mente abierta pero a pesar de esto... Caramba, no es necesario que salga de su casa para empezar a desmontar tabúes y tópicos.

Cuesta creer que piense que Santiago Abascal o José María Aznar cuando eran jóvenes fueran la mar de progresistas y demócratas, y sea justamente la vejez o los años lo que les hace comulgar con una ideología tan carcamal y llena de carcundia. Que los compare con Dolores Ibarruri, Manuela Carmena, Federica Montseny, Clara Campoamor..., reflexione y a ver qué conclusión extrae el joven actor.

¿Por qué te han de humillar considerándote por defecto una ignara (¡hala!) sólo porque eres vieja?

Cuesta creer que piense que, por ejemplo, la fisiología Rita Levi-Montalcini, a medida que puso años fue transformándose en una reaccionaria corta de miras y estrecha de mente. O que pueda pensarse de las dos autoras que hoy brindan citas: Gornick publicó La mujer singular y la ciudad cuando tenía 84 años; Le Guin un texto escrito entre 1992 y 2004, por tanto, entre los 63 y los 75 años.

Un desafortunado titular —por más de una razón— reciente sobre la muerte de la espía británica Valerie Pettit ilustra que ser vieja es aún peor que ser viejo: «La pacífica abuela que ocultó su pasado como la gran espía del MI6 en la Guerra Fría, hasta su actual muerte». 

Pues mira, no, nunca fue abuela (y, aunque en el titular no se cite su nombre, tiene suerte que no hayan usado un diminutivo). ¿Se imaginan un titular así para despedir a Kim Philby o a Anthony Blunt?

Si difícil será dotar económicamente a las residencias para que la vida sea digna y no un trampolín hacia la muerte, no lo será menos romper el tabú de que la vejez es pura miseria intelectual y sentimental. Habrá que recordar la clásica atribución de virtudes como la sabiduría, la prudencia y la templanza a viejas y viejos.

Vieja dama indigna que soy, acabaré con un poco de humor —aunque se rumorea que la gente anciana es incapaz de él— parafraseando una sentencia de Agatha Christie: «Ves con un arqueólogo (o una arqueóloga). Cuanto más vieja te hagas, más encantadora te encontrará».

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