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11/05/2021 07:05 CEST | Actualizado 11/05/2021 07:05 CEST

Estaba escrito en las nubes

Los vencidos de las elecciones no fueron el metafísico profesor Ángel Gabilondo y la FSM, sino el propio Pedro Sánchez y La Moncloa.

Marta Fernández Jara / Europa Press News via Getty Images
El candidato del PSOE a la presidencia de la Comunidad de Madrid, Ángel Gabilondo, comparece tras la derrota en las elecciones.

Lee uno las columnas de opinión y parece que la catástrofe socialista del 4-M fue algo impensable, una absoluta sorpresa, algo que iba contra las evidencias, algo insensato, un desvarío, un sueño, una ficción… Sin embargo, estaba escrito en las nubes. Y en muchos análisis.

Aparte de las encuestas del CIS, cuya imagen ha quedado por los suelos, qué digo, por los subterráneos más hondos, la tendencia de las encuestas era clara: sea cual fuera la empresa, estuviera más cerca de los intereses de quien estuviera, se iba perfilando día a día la tragedia. Una flecha que ha hecho diana en el corazón del PSOE: Madrid y el cinturón rojo de la izquierda.

Parecía imposible que ganara Ayuso, y que lo hiciera tan contundentemente con su mensaje simplón y su nula gestión en Puerta del Sol. Ni presupuesto, ni eficiencia, ni conservadurismo compasivo en la crisis, que ponían en cuestión la presunta cualidad de “saber gobernar” de la derecha madrileña, un oscuro pozo sin fondo.

Pero el problema es que Pedro Sánchez —no sería totalmente correcto hablar del PSOE, porque el PSOE y sus glorias en la Transición y en el gran cambio español han pasado con el sanchismo al estado gaseoso— cada día es más cesáreo y no aprende por duro que sea el batacazo.

Pedro Sánchez cada día es más cesáreo y no aprende por duro que sea el batacazo

“Ferraz se ha convertido en un caserón sin alma”, me comentaba, entristecido, un viejo militante que añora aquellos comités federales “en los que hablábamos sin tapujos, y Felipe y Alfonso se fajaban en las discusiones. Hoy la Ejecutiva y el Comité Federal son asambleas decorativas y poco prácticas”. Los 49 miembros de la Ejecutiva, incluido un Tezanos en aparente excedencia corporal; y los casi 300 del comité federal, el órgano supremo entre congresos, hacen inviable el debate profundo. Si el canario de Izquierda Socialista Antonio Aguado pide la palabra, y le dan un minuto, solo en la enérgica protesta “por esta actitud antidemocrática” se gastaría media hora, por lo bajo.

Así, la conversación socialista ya no se hace dentro de las Casas del Pueblo y de la sede central, sino en la plaza más pública: los medios de comunicación y las llamadas redes sociales.

Para otro antiguo constructor del PSOE del cambio, más aparejador a pie de obra que arquitecto: “La clave del desastre está en las primarias, las primarias tienen la culpa. En realidad sustituyen la democracia interna, el poder del militante, por una monarquía absoluta. El líder elegido solo se entiende con la base. ¿Y qué es la base?, ¿cómo se articula?”.

Además, y a pesar del heroico sacrificio de José Manuel Franco, la culpa no es de él, secretario general de los socialistas madrileños, ni de la FSM, como confirma en un sensacional trabajo periodístico El País. Quien tomó las riendas para las elecciones autonómicas ni siquiera fue Ferraz, sinónimo del partido; fue Moncloa. Iván Redondo, “ese mercenario”, el segundo Iván, Iván García, y un tal Bolaños fueron los que decidieron por delegación de Dios la lista y la campaña. Algo insólito.

Iván Redondo, Iván García y un tal Bolaños fueron los que decidieron por delegación de Dios la lista y la campaña. Algo insólito.

La noticia, en condición presunta, de que la Ejecutiva podría abrir expedientes y expulsar a dos personajes críticos con la deriva de la organización, Nicolás Redondo y Joaquín Leguina, sería un inmenso error, que no taparía la vía de agua sino que la agrandaría. Redondo, Leguina, Page, Felipe González, Alfonso Guerra, Rodríguez Ibarra, Bono, Vargas Machuca, Vázquez, Saavedra, Rodríguez de la Borbolla… y cientos de históricos hablan en la calle lo que no pueden hablar en los órganos de la democracia interna.

Decía Felipe González que a la oposición hay que respetarla y que es la única actividad pública en la que se cobra por criticar. De la oposición además se puede aprender mucho y muy variado, si la soberbia está en niveles controlables.

Desde que tomó consistencia la posibilidad de que Pedro Sánchez formara Consejo de Ministros con Podemos y que gobernara apoyado por los votos de la investidura, los separatistas catalanes, protagonistas de un intento de golpe, muchos de ellos en prisión; los herederos espirituales de ETA, que siguen aplaudiendo la vuelta a casa de los asesinos; la galaxia de grupos antisistema, revolucionarios de pacotilla y demás corte de los milagros, muchos observadores pronosticaron el fracaso.

Europa Press News via Getty Images
El candidato de Unidas Podemos a la presidencia de la Comunidad de Madrid y secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, anuncia su dimisión.

Por una parte, el fracaso podemita. Esto ha salido desde su creación parasitaria del 15-M en esta columna: los españoles, en su inmensa mayoría, no comparten ni los delirios separatistas, ni las proposiciones antisistema. La gran mayoría de los madrileños —y de las demás regiones— “son españoles y muy españoles” que quieren a España según está dibujada en la Constitución: no quieren aventuras que conviertan en “a peor la mejoría”.

La mayoritaria clase media, con casa, coche y nevera, quiere conservar lo que tiene, incluidos sus salarios. Los discursos populistas que convierten en ricos a los que cobran sueldos normales en el mercado de trabajo siembran miedos. ¿Otra vez la crisis la pagarán los mismos? En la campaña, Podemos ha puesto el acento en más gasto y subida de impuestos. Sánchez también, metiéndose en campaña de once varas.

A pesar de que ahora Pablo Iglesias banalice las acusaciones de que tiene un “proyecto bolivariano” lo cierto es que no ha abjurado de sus primitivos amores con Chávez y Maduro. Ni él, ni Pedro Sánchez —¿o Iván Redondo?, ¿manda tanto este sujeto?— parecen haber considerado un par de factores clave: para que el PSOE pudiera ganar las elecciones de 1982 fue condición previa que Felipe González siguiera el camino trazado por la socialdemocracia europea, especialmente la del SPD en Bad Godesberg: para alcanzar el poder urnas mediante era necesario un mensaje de tranquilidad: abandonar el marxismo y sus tentaciones. Fue traumático, muchos lloraron, pero funcionó.

Podemos tiene esta asignatura pendiente, si no quiere ser IU con otro nombre. Mientras apoye a los enemigos de España, la España constitucional y de la España construida a lo largo de los siglos como una empresa común, será un movimiento residual con mucho ruido y pocas nueces. ¿Cómo puede votar la clase media y aún la trabajadora cuya aspiración es llegar a serlo a los que consideran la okupación un derecho democrático?

Frivolizar con este problema es inútil: está tan extendido en Madrid, en Galicia, donde ya se están okupando talleres de chapa y pintura, y de mecánica en general durante las vacaciones de sus dueños, en Cataluña… que es idiota tratar de disimularlo liando las estadísticas y abusando del doble lenguaje.

Lo procedente hubiera sido exigir a Isabel Díaz Ayuso que de una vez dejara de dar la tabarra con las cañas a la madrileña y cumpliera las sentencias que le obligan a rescatar las viviendas sociales entregadas de mala manera y a bajo precio a los fondos buitre por sus antecesores. Miles de familias perdieron la oportunidad de un techo asequible… y como dice el refrán, de aquellos polvos estas criaturas.

Moncloa creyó que las primarias es un elixir curalotodo. No es verdad. Erró cuando le siguió el juego a una bien asesorada candidata Díaz Ayuso y la ayudó a convertir unas elecciones autonómicas en una cuestión nacional. De esta manera asumió la responsabilidad de la derrota. Los vencidos no fueron el metafísico profesor Ángel Gabilondo, que iba a ser el viejo profesor, el Tierno Galván de hoy día, y la FSM, sino el propio Pedro Sánchez y La Moncloa, sea eso lo que sea.

Los vencidos no fueron el metafísico profesor Ángel Gabilondo y la FSM, sino el propio Pedro Sánchez y La Moncloa

Sin embargo el éxito apabullante del PP tiene fecha de caducidad: dos años.  Y si se tiene en cuenta que fue producto de una suma de factores, otra vez la tormenta perfecta o la alineación de planetas, en 2023, por ejemplo, las circunstancias serán muy distintas. Las vacunas habrán apagado la pandemia, aunque el virus siga entre nosotros, como sigue el virus de los extremismos del siglo XX, los fondos europeos para la reconstrucción empezarán a verse en obras o mejoras de las políticas sociales….

Los madrileños tendrán otras preocupaciones prioritarias, ya sin tinta de calamar gigante: el día a día, la atención primaria, la educación pública, las infraestructuras, hacer un Madrid igual para ciudadanos iguales…. Por cierto, y hay que dejar de usar las leyes de la memoria contra el propio espíritu de la Constitución, un tic freudiano que demasiadas veces adquiere tintes de esperpento en el nomenclátor.

En este bienio conservador tirando a trumpista el PSOE se la juega de verdad. Si no aprende de sus trastazos, el sanchismo acabará como un peluche roto.

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