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28/01/2020 06:41 CET | Actualizado 28/01/2020 06:41 CET

Esto no va bien…

¿Cómo se puede ser tan insolidarios con la tragedia de millones de españoles o de descendientes de españoles?

Europa Press News via Getty Images
Juan Guaidó, en la Puerta del Sol, Madrid. 

Hace unos años, creo que en 2005 o 2006, sostenía una acalorada pero educada discusión con el bueno de José Saramago tras una conferencia de alguien sobre el tema de la inmigración. Estábamos entonces abriendo las puertas a la era de las grandes migraciones. A la avalancha de africanos que llegaban a Canarias en pateras y cayucos, algunos desde lugares tan alejados como el Golfo de Guinea, se le unió en el coloquio el de los cubanos hacia Estados Unidos. 

El cóctel era muy fuerte como para no entrar al trapo. En un momento del debate argumenté que nunca a mi entender las emigraciones y los exilios se producen desde el paraíso al infierno, sino al revés, que era muy extraño que la gente huyera de los jardines del Edén, y que nadie corriera a pedir ayuda a Rusia. Se lió, naturalmente, pero es cosa pasada.

Ayer recordaba con José Segura, uno de los políticos españoles más incombustibles, trabajadores y dialécticos, en la forma y en el minutado, el episodio que vivimos juntos en el aeropuerto tinerfeño de Los Rodeos. Un chico, de veintitantos años se levanta de repente en la cafetería de Llegadas, como impulsado por un resorte, y abraza y cubre de besos a una chica de su edad. Él había venido primero a España para terminar su carrera; ella, no había podido seguirle hasta aquél día de marzo de 2018. 

Les preguntamos si eran venezolanos, como nos parecía. “Sí, lo somos, pero Venezuela ya no es lo que era. No podemos seguir viviendo en nuestra patria. Ni siquiera podemos estudiar. ¿Y saben? Enseguida nos vamos a casar en España, en la madre patria…”. Brillaba la esperanza en sus caras.

Unos días después, tras la milmillonésima idiotez podemita de alabanza al régimen ‘bolivariano’ fundado por el golpista Hugo Chávez, que ciertamente fue reelegido hasta que se murió, al que el inútil fantoche de su sucesor, Nicolás Maduro, ha hecho bueno, hablé del tema con Eligio Hernández, exfiscal general con Felipe González, socialista de raíz cristiana, e ilustre vecino de El Hierro. 

Hace unas décadas llegaron a haber más herreños en Caracas que en toda la isla. “Muchísimos han regresado con lo puesto, da pena verlos volver a empezar en el punto en que lo dejaron hace cuarenta años, cuando se fueron…”. Han retornado a sus casas, que han arreglado con sus manos, han vuelto a plantar “sus papitas, sus coles, a tener unas gallinitas que les dan huevos… Gracias a eso, a sus hijos, a sus familias… y a la pensión no contributiva de 400 euros están viviendo y no se mueren de hambre. Los que han logrado alguna pensión venezolana, como los profesores, no tienen con ella ni para el desayuno…”.

¿Cómo se puede ser tan insolidarios con la tragedia de millones de españoles o de descendientes de españoles, que forman parte de nuestra comunidad y de la responsabilidad nacional?

Estos venezolanos, como los que han llegado por el mismo motivo a Ortigueira (en A Coruña) y están trabajando duro y bien para ‘rescatar’ a su familia, son únicamente unos de los cientos de miles que buscan refugio en la ‘madre patria’, un término que es una cursilería sólo para los duros de corazón y cerrados de mollera. Madrid es la ‘gran capital’ del exilio venezolano. Por eso, contestar con un despectivo y altivo “ya tenemos aquí ‘lo’ de Venezuela” cada vez que surge la cuestión por alguna imbecilidad de los nostálgicos de la revolución bolchevique, que les ha resucitado vestida de chándal en América (en Cuba siguen con la gorra de béisbol del Imperio Yanki, qué cosas… los Castro y Trump con el mismo gusto) es una estupidez. O mejor, una marrullería. 

Lo que pasa en Venezuela es muy grave, en primer lugar para los venezolanos, más de dos millones se han exiliado para no morir o de hambre o por la represión y la criminalidad galopante. La crueldad de la izquierda comunista, populista y de las JONS, es también extremista, y ridícula y esperpéntica si no fuera trágica, cuando frivoliza sobre la situación que se vive en la  cuna del bolivarianismo transoceánico. 

¿Cómo se puede ignorar el dolor de millones de personas? ¿Cómo se puede ser tan insolidarios con la tragedia de millones de españoles o de descendientes de españoles, que forman parte de nuestra comunidad y de la responsabilidad nacional? Ellos son una cuestión de Estado que debe estar muy por encima de los compromisos ideológicos, de agradecimiento económico, o de intercambio de favores tácticos o estratégicos…

El Gobierno español, con Sánchez en funciones, funcionó correctamente. Lideró el reconocimiento europeo del presidente ‘encargado’ nombrado por la Asamblea  Nacional (la verdadera, no la cantinflada nicolasiana bis) de acuerdo con la Constitución, a la que no respetó Maduro para empezar su camino hacia la eternización presidencial.

Con España, y tras España, más de cincuenta países hicieron lo mismo. Y según han pasado los meses, y los años, el insospechado joven líder de la oposición democrática y esperanza útil de los desheredados y expoliados ha ido ganando derechos en paralelo a la pérdida de legitimidad del régimen que de tan ‘maduro’ ya apesta. 

Y se produce una gira internacional de Guaidó ( cuyo padre ha sido taxista en Tenerife) que ha sido recibido como jefe de Estado por Macron, Johnson… entrevistándose con destacados dirigentes europeos. Y cuando llega a España el Gobierno, que ya no está en funciones, no ha funcionado con coherencia. Secuestrado por sus socios (Pablo Iglesias es vicepresidente vigilante) ha hecho el ridículo internacional. Sánchez ha jugado al escondite. De estar en cabeza en la Unión Europea, se ha situado en la coleta, perdón, en la cola. Sólo falta por saber si es sólo un episodio aislado o la política exterior española irá acercándose a la apuesta populista peronista propia de la genética podemista. 

El pasado 9 de enero, en un episodio de Los misterios de Murdoch uno de los personajes preguntaba: “¿Cómo es posible pasar de católico devoto a espiritista devoto?”. Pedro Sánchez, de europeísta convencido, de socialdemócrata FSM avant la letre, de fiel aliado de la OTAN y la UE y los derechos humanos y el Estado de derecho… parece que ahora ha abrazado (una nueva pirueta en el alambre, sin duda) por la vía de la ambigüedad y el perfil bajo tierra el espiritismo de los acomplejados, resentidos y antisistema que han sido cómplices, materiales o espirituales, de la tiranía y la miseria venezolana. 

La política internacional no puede estar al albur de los equilibrios y traspiés coalicionales.

Las  primeras semanas del primer Gobierno de coalición desde la II República no son nada halagüeñas para el centro izquierda que desde el principio de la Transición ha representado el PSOE, y que tuvo su ‘primera comunión’ en el bloque socialdemócrata cuando Felipe González se empeñó en hacer lo que antes había hecho el SPD alemán en Bad Godesberg: renunciar al marxismo, con lo que ello implicaba en lo concreto, que las abstracciones son para los abstractos. 

¿Va a desandar el sanchismo el camino andado por el socialismo democrático español desde entonces? ¿Va a dejar de ser un socio fiable para el ‘disco duro’ de la Unión más necesitado que nunca de aliados convencidos de la misión?.

La política internacional no puede estar al albur de los equilibrios y traspiés coalicionales. Lo mismo que hay otras materias que no pueden reescribirse  como el menú diario de los restaurantes. Revisar el delito de sedición con la presumible intención de rebajar las penas a los sediciosos condenados en firme, abre un tobogán hacia el caos jurídico. Tanto el ejemplo como las consecuencias serían imprevisibles. Si la doctrina de la Sala de lo Contencioso del TS es clara cuando dice que una obra ilegal con orden de derribo (da lo mismo que sea en Barcelona, Las Palmas o Santa Marta de Ortigueira) no puede legalizarse por un cambio a la carta del Plan General, porque se pondría en duda la seguridad jurídica… cuánto más en el caso de los sediciosos, alzados o rebeldes… de la Generalitat y anexos.

Dice Zapatero, que no pierde ocasión para dar la razón los que dicen que parece que le falta un hervor político, que hay que ‘desinflamar’ el ‘conflicto’. Pero el conflicto no se ha inflamado por las penas del TS sino por el delito de la DUI y sus alzamientos colaterales.

La inflamación se produjo después de la desinflamación ‘definitiva’ del ‘caso catalán’ con la Constitución y el histórico Estatut. La ‘reinflamación’ ha sido como el ‘coronavirus’ chino; pero en este fascículo hay muchos que lo de ‘corona’ lo interpretan en sentido ‘republicano’, tipo Junqueras & Cía.

 

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