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14/04/2019 17:12 CEST | Actualizado 14/04/2019 17:12 CEST

Estuve tres días intentando dar a luz a mi hijo

Mi parto fue largo. Muy muy largo. Había planificado un parto en casa y me había preparado durante meses, y eso era lo único que quería. Un día, a las 9 de la mañana, cuando vi una mancha de humedad en mis pantalones, pensaba que ya estaba empezando mi parto soñado (aunque al principio creí que se me había escapado el pis sin darme cuenta).

La matrona llegó a mi casa pocas horas después y comprobó si había dilatado, pero por desgracia, aún nada. No sospeché que fuera a seguir así durante las siguientes horas. Y días.

Me quedé en casa con mi pareja y simplemente esperamos. Seguimos como si todo fuera normal. Comimos y esperamos. Vimos la tele y esperamos. Me dijeron que si transcurrían 24 horas y no pasaba nada, tendría que llamar al hospital para que me hicieran una revisión y me mantuvieran controlada. Lo que no pensé entonces es que si llegaba a ese punto, mi parto soñado se iría al garete.

Probé haciendo ejercicios, descansando, respirando de distintos modos, dando botes, pero no había resultado. Llamé al hospital y me dijeron que preparara la maleta para ingresar. “Solo me van a hacer pruebas”, pensé. Sin embargo, estaba diciéndole adiós al parto en casa.

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Cuando llegué al hospital, no quería de ninguna de las maneras que mi hija naciera ahí. Me había preparado muchísimo para un parto en casa y en el hospital no me sentía cómoda. Retrasé la inducción del parto lo máximo que pude, aún con la esperanza de tener un parto natural en mi casa, pero no dejaban de decirme que tenían que inducirme el parto.

En esos momentos, me sentí disgustada porque me empezaba a dar cuenta de que iba a quedarme en el hospital. Solicité un parto en agua, pero también me lo denegaron. Volví a pedir que esperáramos para ver si aún podía ser un parto natural, pero no cedían.

Salí a pasear con mi marido para calmarme y me puso la situación en perspectiva. Esto lo estaban haciendo por el bebé, nuestro bebé, para mantenerlo a salvo, y eso era lo único que importaba.

Volvimos adentro y empezaron a inducirme el parto. Me dieron un supositorio, pero ocho horas después, mi cuello uterino seguía sin responder. Así pues, pasamos a la segunda fase del proceso de inducción y me administraron oxitocina sintética. Sentí contracciones intensas y puse en práctica las técnicas que conocía de hipnoparto.

En mi vida había estado menos relajada, pero hice lo que pude por convertir esa sala en un espacio tranquilo. Encendí unas velas LED y puse música. Aún nada. Mi cuerpo no avanzaba nada. No podía dormir, pero permanecí durante horas en una especie de trance.

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A las 7 de la mañana siguiente, me subieron la dosis de oxitocina sintética. Empecé a tener contracciones de un minuto cada tres minutos, pero seguí así durante cinco horas y todavía no dilaté ni un centímetro. Perdí los nervios. Me puse a llorar. No sentía el apoyo de nadie. ¿Acaso había un plan? ¿Acabaría saliendo mi bebé?

Entonces, llegó el cambio de turnos y me pusieron otra matrona. Me bajó la dosis. Un especialista se sentó junto a mí y leyó mi plan de parto. “Usted quería un parto en casa. Lamento que no haya podido ser así”, me dijo.

Todavía no había dilatado. Mi cuello uterino aún no había respondido. Podría tardar otras 12 horas, me dijo. Yo no me veía capaz de aguantar otras 12 horas, así que sugirió la cesárea, pero que era decisión mía. Acepté.

Atenuaron las luces, pusieron música, mi marido permaneció junto a mí y a la hora, Gus ya había nacido. El equipo médico me apoyó tanto que aunque el parto no fue como había planeado, al final fue empoderante sentir que tenía el control. Pude tomar yo misma la decisión. 

Mi consejo:

Aplica las técnicas de hipnoparto cuando vayas a dar a luz. Mi parto no fue como lo planeé, pero al utilizar esas técnicas de relajación y respiración, logré que saliera bien, pese a todo.

Tahnee tiene 27 años y es la fundadora de la organización Bump And Mind Retreats, especializada en retiros de relajación para embarazadas.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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