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07/09/2019 09:42 CEST | Actualizado 07/09/2019 09:42 CEST

'Europe calling'

El modelo de la UE ya no aguanta mucho más sin encarar ambiciosamente sus propios problemas y contradicciones.

Zbynek Pospisil via Getty Images

A través de esta columna pretendo, periódicamente, encarar cuestiones relacionadas con Europa y con mi estancia en las instituciones europeas. Cuando me disponía a escribir, me percataba de lo simbólicamente oportuna que me ha sido una recientísima efeméride. Y es que el 1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas invadían Polonia y así daban comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Fueron seis años de conflicto, que se llevaron por delante millones de personas y casi también a la propia civilización europea. Fue ese un punto y aparte en el que quienes sobrevivieron, decidieron que nunca más. Y así nació la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, preludio de lo que hoy es la Unión Europea.

La idea de Europa como comunidad cultural trascedente es antigua, sostenida con vigor por el humanismo europeo. Es paradigmático cómo ya para ellos, los sangrientos conflictos que asolaban el continente eran más una guerra civil europea, que un conflicto entre diferentes “naciones” (concepto que también se va conformando en esos tiempos). La llama de los humanistas ha sido sostenida a lo largo de los siglos, siempre ha habido alguien dispuesto a sostener esa antorcha. Tal es así que, ante el comienzo de la Gran Guerra, en plena eclosión del nacionalismo salvaje, todavía hubo un puñado de intelectuales europeos que se negaron a sumarse al entusiasmo popular que suscitó la confrontación (con muy pocas excepciones, siendo este el gran fracaso de la Internacional Socialista entonces). Parias en sus propias tierras, siguieron abogando por la unidad europea y tachando este conflicto de guerra civil. El triunfo de intelectuales como Zweig se lo dio el tiempo, por más que éste se quejara ya en 1919 de la fragilidad de la memoria -no sin razón, visto lo que vino después-.

Hoy, más de 60 años después de la CECA y 26 desde el tratado de Maastricht, Europa es una construcción institucional extraordinariamente desarrollada y sofisticada. La Unión Europea es una confederación de 28 países (todavía) y es el producto de los más altos ideales de nuestro pensamiento, macerados por siglos en la redoma de la historia. Sólo con esta perspectiva del tiempo, podemos ser capaces de valorar la enorme complejidad de la tarea de su construcción institucional y, así, quizá observar con mayor comprensión las disfunciones que todavía arrastra. Lo cierto, es que la construcción europea ha establecido en su seno un espacio en el mundo, libre de guerras fratricidas; ha servido para impulsar el crecimiento económico común, la atemperación de las diferencias entre países, y ha plantado una bandera de civilización que alumbra con potencia en nuestro planeta. Todo ello a pesar de muchas equivocadas actuaciones -pensemos en el caso griego, o en lo palos de ciego del Banco Central hasta la llegada de Draghi-.

El modelo ya no aguanta mucho más sin encarar ambiciosamente sus propios problemas y contradicciones.

Lo que ocurre, a mi entender, es que el modelo ya no aguanta mucho más sin encarar ambiciosamente sus propios problemas y contradicciones. La Unión Europea avanzará sustancialmente en democratización interna y como instrumento útil para la ciudadanía, o languidecerá en la irrelevancia. Hoy la Unión, un club exclusivo para el que durante años tantos países han hecho cola para poder pertenecer, se encuentra en una tesitura inédita: la de que alguien quiere abandonarlo. No importan las razones, el que uno de sus miembros más antiguos y poderosos esté sumido en un contradictorio proceso para, teóricamente, abandonar la Unión, debería ser un terremoto de tal calado que nos obligara a reaccionar. Ese “gigante económico, enano político y gusano militar” (Eyskens dixit), se tiene que transformar en el coloso que puede ser en todos los terrenos. En este mundo completamente globalizado de 7.500 millones de personas, en el que hoy, en conjunto, los europeos somos apenas 500 millones, no hay alternativa. El camino seguido por el Reino Unido es un dislate, pero a largo plazo continuar como estamos no lo es menos. Incluso los países de más población poco podrán contar en el contexto internacional frente a China o la India (por solo poner dos ejemplos). El tiempo de las rentas del imperialismo se va terminando -y para bien-. 

Frente a la vuelta a los estrechos nacionalismos del XIX, frente a los ataques a la democracia parlamentaria desde el populismo, frente a la crisis de representatividad de la UE, la respuesta no es sino más Europa. Ésta necesita reforzar su campo de acción y eso significa necesariamente ser receptora de “donaciones” de soberanía nacional. Europa no puede seguir siendo un lejano y gris aparato burocrático del que solo se tienen malas noticias, sino resaltar mucho más su vertiente política; una vertiente política que debe ser acorde, al fin, con los altos principios de civilización que la instaron en su génesis. Y eso significa traspasar su vertiente de mercado común, resaltar más su papel en defensa de las libertades y el estado de derecho y, por fin, constituirse en un auténtico garante de los derechos sociales: armonización fiscal, Salario Mínimo Europeo, Seguro de Desempleo Europeo, radical lucha por la igualdad de género...La Unión debe ser un sujeto inflacionario en el aumento de la calidad de vida y la igualdad.

Para todo ello, Europa debe afrontar el reto de su propia democratización, también de la creación de una opinión publica europea real y no únicamente de élites. Esa debe ser la premisa necesaria para un progresivo repliegue del Consejo de Ministros de Europa en la toma de decisiones, y para la gestión de un abanico de competencias y de presupuesto cada vez mayor.  Este verano hemos vivido un debate alrededor del sistema del “candidato designado” o “spitzenkandidaten”, que ha acabado por alumbrar a Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. Von der Leyen no fue una candidata presentada como tal durante las elecciones europeas, y ha sido el fruto de un parlamento con dificultades para amalgamar mayorías y de un Consejo de Ministros de Europa con todavía un peso decisivo frente a aquel.

¿Por qué no plantear que, para las próximas elecciones, la mitad de los eurodiputados elegidos lo sean en circunscripción nacional y la otra mitad en una lista transnacional europea?

Hay a quien le ha parecido que este resultado es un drama para la Unión y la lucha por el reforzamiento de sus estructuras democráticas. A mí me parece una oportunidad. De esta crisis al menos salimos con un debate profundo sobre la necesidad de vigorizar las instituciones europeas y con un programa ambicioso en ese sentido por parte de la nueva presidenta de la Comisión (que ha sido necesario para acabar por convencer al Parlamento de desbloquear la elección). Ambas cosas son una novedad. Es ahora tiempo de velar por el cumplimiento de esas premisas y para no cejar en la ofensiva política. El sistema de “candidato designado” es un buen intento de comienzo, pero no puede ser un fin en sí mismo; al menos con estas condiciones. ¿Cuál era el nivel de conocimiento de los candidatos/as de los partidos europeos por parte de la ciudadanía? ¿De verdad se puede hablar de democracia real con un conocimiento tan bajo de candidatos y programas? Trabajemos en eso.

Y comencemos porque los partidos europeos sean algo más que agrupaciones de partidos nacionales. ¿Por qué no plantear que, para las próximas elecciones, la mitad de los eurodiputados elegidos lo sean en circunscripción nacional y la otra mitad en una lista transnacional europea? ¿No ayudaría eso a aumentar la conciencia de sujeto político europeo en la opinión pública y aun en los propios electos? Sé que no es un debate nuevo, pero deberíamos retomarlo.

En fin, mucho por hacer y muchos riesgos en el horizonte. Pero precisamente por todo ello, hacer política en Europa me resulta un reto estimulante.

 

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