Fui un alcohólico “funcional”. Esto es lo que hacía cuando me quedaba solo

Fui un alcohólico “funcional”. Esto es lo que hacía cuando me quedaba solo

Solo porque seas capaz de funcionar en muchas facetas de tu vida, no significa que no tengas un problema con el alcohol

El autorSAM THOMAS

La gente se suele quedar a cuadros cuando les digo que fui un alcohólico funcional. ¿Cómo es posible funcionar cuando dependes del alcohol? En mi caso, consistía en ser capaz de beber durante todo el día y, mientras tanto, ser capaz de vivir una vida completamente “normal”.

No empecé a beber hasta que cumplí 24 años. Todo empezó con unas noches de fiesta los sábados por la noche. Mi bebida favorita era el vino rosado. Empecé a tomar entre tres y cinco copas cada vez que salía de fiesta. Como era de esperar, acababa borracho, pero aun así me las apañaba para llegar al trabajo a las 10 de la mañana del día siguiente.

Ese patrón de beber y seguir funcionando caló hondo en mí durante la época en la que mi amigo y yo empezamos a salir de fiesta también entre semana. La noche estudiantil en nuestro bar favorito significaba alcohol más barato. Éramos los primeros en llegar al bar y los últimos en marcharnos.

A los 25 años, mi mundo cambió cuando me enteré de que mi madre había muerto por cáncer de ovarios. Como nos habíamos distanciado hacía siete años por una fuerte discusión, no tenía ni idea de que estaba enferma. Aunque en ese momento no me di cuenta, su muerte tuvo un gran impacto sobre mí. Sentía miles de emociones intensas a las que no les encontraba sentido ni mucho menos era capaz de procesar.

Fue por esta época cuando empecé a beber en casa. Hasta entonces, nunca había bebido solo. Ahora, los sábados por la noche compraba dos botellas de vino y alquilaba una película en el videoclub. Y, antes de que la licorería de la esquina cerrara a primera hora de la noche, bajaba y compraba provisiones. Como eran botellines pequeños, nunca se me pasó por la mente que eso fuera alcoholismo.

Dos años más tarde, a los 27 años, ya bebía dos botellas de vino casi todas las noches. En aquella época trabajaba a jornada completa en la organización benéfica que yo mismo había fundado, iba al gimnasio todos los días y bebía durante horas antes de dormir. Cuando los más madrugadores se tomaban el primer café de la mañana, yo me terminaba mi última copa antes de desmayarme. Con el tiempo, aprendí a vivir así, ya que me había dado cuenta de que tampoco necesitaba muchas horas de sueño para recuperarme.

En mi trabajo me consideraban una eminencia en cuanto a trastornos alimentarios en hombres y a menudo daba conferencias en eventos importantes. Los nervios escénicos los calmaba con alcohol.

El alcohol era muy efectivo a corto plazo para ayudarme a gestionar esas situaciones. Dios sabe cuántas conferencias he dado a primera hora de la mañana, aún bajo los efectos del alcohol de la noche anterior.

Cuando los más madrugadores se tomaban el primer café de la mañana, yo me terminaba mi última copa antes de desmayarme

Nunca llegué a cuestionarme mi alcoholismo. Nunca nadie sospechó que yo me emborrachara cuando me quedaba solo. Porque, en mi fachada, era una persona funcional. O, en otras palabras: conseguía que el alcohol no obstaculizara mi trabajo de ningún modo. Era muy bueno en lo mío, mis compañeros me tenían en alta estima, había ganado varios premios prestigiosos y tenía un cuerpo musculado. ¿Por qué iban a pensar que tenía un problema?

Irónicamente, rechazaba el alcohol cuando me lo ofrecían en situaciones sociales, ya fuera después de una conferencia o en una barbacoa en la playa. Cuando alguien me ofrecía una bebida, siempre rechazaba.

“Qué disciplinado”, me decían mis amigos y compañeros. Aunque era todo fachada. No bebía nada antes de ir al gimnasio, pero en cuanto llegaba a casa a eso de las 9 de la noche, empezaba a beber. Y siempre lo hacía solo, que fue, al fin y al cabo, el caldo de cultivo que permitió que mi adicción se agravara.

Habiendo sufrido bulimia durante mi adolescencia y hasta los veintipocos años, mi alcoholismo simplemente se convirtió en una adicción para sustituir otra adicción. Al igual que la bulimia, mi alcoholismo fue secreto. Hacía todo lo que estaba en mi mano por ocultar mis huellas, al igual que con la bulimia. Mis atracones solo ocurrían en privado, de modo que era como vivir una doble vida.

Durante muchos años, me aferré al gimnasio como un salvavidas para no pasarme también todo el día bebiendo. Por entonces, pensaba que si era capaz de ir todos los días al gimnasio, todo iba bien. Al final, las grietas empezaron a asomar.

Con 28 años, ya me bebía tres o cuatro botellas cada noche y me tenía que saltar el gimnasio para recuperarme de la resaca. Dormía durante el día siempre que podía y volvía a beber a partir de las 5 de la tarde en mis “días de descanso” mientras seguía trabajando en mi escritorio. Aunque me acabara de despertar en ese momento, me parecía un buen momento para beber. Ese fue el momento en el que abandoné por completo el gimnasio y empecé a beber durante todas las horas del día. Después de cinco años sufriendo un alcoholismo progresivo, estaba priorizando el alcohol por delante de mi salud.

La primera vez que me propuse dejar de beber, tenía 30 años y sufrí el síndrome de abstinencia. Por entonces, no sabía que los episodios tan severos que sufría eran por dejar el alcohol de forma tan abrupta. Tampoco conocía los peligros de la abstinencia del alcohol. De hecho, para entonces ni siquiera me había parado a pensar que era una persona dependiente del alcohol.

Echando la vista atrás, pienso que eso de considerarme un alcohólico “funcional” solo reforzó mi fase de negación. Fui inocente al creer que, por “funcionar” cuando iba borracho, no tenía ningún problema. En mis recuerdos de Facebook hay fotos mías sosteniendo una copa de vino, pero mi adicción era invisible.

Ahora estoy a punto de llegar a mi segundo año sobrio, tras varias recaídas y desintoxicaciones, y te puedo asegurar que no hay ninguna línea o señal que diga: “Bienvenido, acabas de cruzar al territorio del alcoholismo”.

Y lo más importante: solo porque seas capaz de funcionar en muchas facetas de tu vida y todo parezca que está bien superficialmente, no significa que no tengas un problema. Si eres incapaz de dejar de beber una vez que empiezas, si bebes para insensibilizar tus emociones negativas o si sigues bebiendo pese a conocer las consecuencias negativas, quizás tengas un problema de alcoholismo, independientemente de las veces que vayas al gimnasio a la semana.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.