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28/04/2021 10:39 CEST | Actualizado 28/04/2021 10:39 CEST

Ángel Gabilondo, el triunfo del hombre contradictorio

El candidato del PSOE el 4-M no apela al corazón, sino a la razón, en una época en la que la mayoría de sus rivales no dialogan, atacan.

LEDESMA
Ángel Gabilondo

Es inevitable ver a Ángel Gabilondo (San Sebastián, 1949) y pensar en El Ministerio del Tiempo. Más que como candidato a la Comunidad de Madrid, habría sido un secundario de lujo en la serie dada su envidiable capacidad para encajar en cualquier época de la Historia de España. Podría haber figurado como mano derecha de Torquemada, subido a bordo de la Pinta, la Niña o la Santamaría, o como director de escuela, da igual si en la II República o durante el franquismo. No cuesta nada imaginarlo, en fin, vestido de juglar que tañe el arpa en pleno medievo. Gabilondo no es un ser de esta época, aunque lo sea.

El gran problema de Gabilondo es, en consecuencia, que puede ser tanto político del siglo XXI como profesor en el Oxford de 1940 o dueño de una taberna en 1640. No encaja en ningún lugar porque encaja en todos y en ninguno lo hace del todo bien, pero tampoco lo hace nunca mal. Por eso gana las elecciones y no gobierna y por eso es el candidato que no entusiasma a los socialistas pero al que todos los socialistas votan con plena convicción. Así, tiene todo el sentido que Gabilondo sea un socialista que siempre ha rechazado el carnet del PSOE. 

Todo en la vida de Gabilondo tiene su cara y su envés. Es un vasco que quiere gobernar Madrid, un antiguo fraile que promueve políticas progresistas y un candidato que quiere llevar la política real a la calle con la experiencia acumulada como catedrático de Metafísica. De ahí que a nadie le extrañase que, en su primer vídeo de campaña, evocara a Loquillo con su “serio, soso y formal”. Haberse comparado con Mahler o Bach hubiera tenido mucho más sentido, pero es que pocas cosas en la vida de Ángel Gabilondo se rigen por la lógica. Con estos mimbres, ni Dios —con perdón— es capaz de imaginar qué cesta puede salir.

Gabilondo apela al razonamiento y a la coherencia —es asiduo a la máxima kantiana ‘atrévete a pensar’— en una época en la que el razonamiento se mide por la magnitud del insulto y en la que sale a renta decir una cosa y la contraria sin alterar el entrecejo. Uno ve a Gabilondo en el día a día y se pregunta con cierto desasosiego qué hace yendo a una guerra de trincheras vestido de frac. Pero es que luego esas personas son las que ni reciben balazos ni se miden en el cuerpo a cuerpo, aunque el día del armisticio presiden la mesa de negociación y cierran las cláusulas de la victoria.

Gabilondo es de esas personas que, en un mundo tan estridente, vale más por lo que no es que por lo que es. Nadie se lo puede imaginar gritando, alterado o insultando al contrario, pero sí afanado en hallar la palabra adecuada en un decreto sobre el soterramiento de un puente en Navalcarnero. Pretender, en fin, que el candidato socialista este 4-M genere algo de entusiasmo es tan absurdo como aspirar a la carcajada leyendo En busca del tiempo perdido. Ni busca ese entusiasmo ni quiere ruido ni hace el más mínimo intento de bajar al barro. Nada le resulta más ajeno a este hijo de carniceros que trinchar al contrario. 

Como intelectual, se limita a prometer gestión, seriedad y trabajo. No apela al corazón, sino a la razón, en una época en la que la mayoría de sus rivales no dialogan, atacan. Va tan a contracorriente que, si hace dos años ganó y no gobernó, este puede perder y gobernar. El triunfo del hombre contradictorio.

Lo bueno de una persona así es que puedes imaginarla en la victoria y en la derrota. El 4 de mayo, Gabilondo llegará por la noche a casa, se sentará en su sillón de orejas, cogerá un libro de Platón o Hegel y, ya sea el futuro presidente de la Comunidad de Madrid o el nuevo líder de oposición, emitirá un fuerte suspiro que culminará con un rotundo c’est la vie.

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