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05/09/2021 10:12 CEST

Hay gente a la que le gusta Abba

Debo aceptar que no todo en esta vida tiene una explicación y que a veces ocurren de forma obstinada fenómenos que parecen retar toda lógica

ABBA.
ABBA.

No puedo seguir escapando de la realidad. Tengo que asumirlo: hay gente a la que le gusta ABBA. Debo aceptar que no todo en esta vida tiene una explicación y que a veces ocurren de forma obstinada fenómenos que parecen retar toda lógica. Hay gente a la que le gusta ABBA y a la que la edición de dos nuevas canciones y la amenaza de un nuevo disco entero inminente les ha alegrado la semana. Están ahí. Son un hecho. Han entrado en la página web de ABBA Voyage y han mirado las fechas previstas para sus nuevos conciertos. Han imaginado lo felices que serían sentados en la fila doscientos ochenta y tres, mirando a una macropantalla de vídeo que recoge la señal de unas cámaras enfocadas sobre un escenario en donde unas figuras de efectos especiales cantan “Fernando”.

Durante décadas fui un negacionista de la gente a la que le gusta ABBA. Con una tiza y una pizarra hubiera podido demostrar científicamente que no existían. Estaba claro que sus ventas millonarias eran el señuelo de una conspiración mundial para conseguir que la humanidad tarareara “chiquitita dime por qué / tu dolor hoy te encadena / e-en tus ojos hay / una sombra de gran pena”. Que no digo yo que en Örnskøldsvik, un pueblo de la Escandinavia profunda que recibe hora y cuarto de luz diaria durante seis meses al año, no pudieran tener algún fan. Me remito a los conceptos de angustia y desesperación en Kierkegaard para explicarlo. Pero en el Mediterráneo… en la tierra de Bernini, de Camarón, en una zona en donde se cocina con aceite de oliva y no con mantequilla de caribú… no, imposible.

Pues sí, es posible. Y abundante. Se trata de personas absolutamente normales y funcionales. Su gusto por ABBA no parece tener relación con ninguna otra característica personal. Saludan en el ascensor. Sus relaciones personales son tan malas como las de todo el mundo. Han leído tantos libros como cualquiera. Ninguna característica externa permite identificarlos a priori. Pero un día, un día del montón, en la cola del supermercado tararean degüinerteiksitooool y yo siento como si les hubiera visto parpadear con un segundo párpado vértical que recorriera longitudinalmente el ojo. Miro a mi alrededor buscando un poco de complicidad en los demás clientes, pero nadie parece estar extrañado. Es más, dos puestos delante de mí, debido a alguna extraña empatía, alguien susurra yuardedansincuin

Como prueba de mi talante negociador, he escuchado las nuevas canciones publicadas esta semana. Mi abbafobia se ha recrudecido. Ese extraño atuendo con el que aparecen en la foto promocional no es el merecido homenaje a Parchís que parece, sino un dispositivo para captar sus movimientos, ya que durante sus próximos conciertos no se les verá a ellos, sino a abbatares digitales de Agnetha, Björn, Benny y Frida, eso sí, con las caritas de vecinos repipis de Pippi Långstrump que tenían a finales de los setenta. El pop nunca duda cuando hay que elegir entre una vejez auténtica y una falsa juventud. Si las canciones no tienen alma, ¿por qué han de tenerla los cantantes? Todo en ABBA fue siempre virtual. Menos la gente a la que le gusta ABBA. Ésa es real. He de asumirlo de una vez y vivir con ello.

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