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05/05/2019 11:37 CEST | Actualizado 05/05/2019 11:37 CEST

Juan Bonilla: "En el mundo editorial las herramientas son del siglo XXI pero lo demás funciona como en 1960"

Juan Bonilla. 

Juan Bonilla (Jerez, 1966) es uno de esos pocos autores que se dedican a abrir puertas al margen del canon literario habitual, y gracias a las invitaciones y al ingenioso juego de espejos y laberintos que aparecen en sus libros, uno descubre una retahíla de excelentes autores que hasta entonces le habían pasado desapercibido, como Julián Ayesta, Julio Mariscal Montes, José María Conget o Nicholson Baker, por poner solo unos ejemplos. En el año 2013 publicó la novela Prohibido entrar sin pantalones, una biografía novelada sobre el poeta ruso vanguardista Maiakovski por la que obtuvo la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Ahora, acaba de lanzar un ejercicio literario de parecida índole, esta vez basado en la desconocida pero deslumbrante poeta mexicana Carmen Mondragón, más conocida en el ambiente artístico de la vanguardia mexicana como Nahui Olin. La novela (o como él prefiere decir, el poema) se titula Totalidad sexual del cosmos (Seix Barral).  

 

¿Cómo y dónde diste con la figura de Nahui Olin y cómo fue ese proceso de descubrimiento?

Adriana Malvido le dedicó un reportaje biográfico que me abrió el apetito. Eso debió ser a finales de los noventa y ahí la descubrí. Lo que más me interesaba entonces, y ahora, era la poesía, su obra poética quiero decir, más que sus cuadros o su condición de artista ambulante, entendiendo por tal alguien que quiere llevar su obra a su vida y convertir su propia vida en obra en marcha.

¿Qué es lo que más te fascinó del personaje para decidirte a escribir esta historia?

A ver, yo no me hubiera planteado siquiera la posibilidad de escribir este libro -que me gusta considerar más poema que novela, aunque lo de los géneros me da un poco igual- si no hubiera descubierto la figura del restaurador Tomás Zurián, que es quien en 1978, poco después de morir ella, se propone sacarla del olvido y organiza -en 1992- su primera exposición. Digamos que mi relato consiente libertades que una biografía no, y en cualquier caso mi intención no era ni mucho menos reducir la trayectoria de Nahui Olin a relato biográfico -que eso ya lo hizo magníficamente Adriana Malvido- sino ahondar en sus andanzas, en su laberinto, a través de las investigaciones de un restaurador obsesionado primero con su belleza y después con su propia obra tanto pictórica como poética. Hacia 2010 me propuse escribir una especie -sé que va a sonar ambicioso- de historia del siglo XX a través de sus poetas, una serie de “vidas” de poetas. Tenía claro que el primero iba a ser Maiakovski y la siguiente Nahui Olin y el siguiente García Calvo... Me parecían vidas poéticas, más allá del peso y la importancia de las propias obras de cada cual. El texto de cada una de esas “vidas” debía contaminarse de la propia personalidad del protagonista. En el caso de Nahui, la presencia del restaurador que la saca del olvido, la restaura, la hace lucir de nuevo, se me imponía de manera clara, de ahí que contactara con él, pidiese su permiso para hacerlo narrador del libro y una vez conseguido todo viniera dado. No es que me parecieran insuficientes los libros o escritos que haya sobre Nahui Olin, es que me parecía que lo fundamental era contar la historia de amor fantasmal entre el investigador y el objeto de su investigación, que es lo que el libro cuenta esencialmente, el cuidado, la obsesión. Como en el propio libro se dice es la más imposible de las historias de amor.

¿A qué autores poco conocidos, que han estado al margen, destacarías en la literatura española?

No sé, muchos. Felipe Alaiz y su crítica a hachazos, la poesía sentimental y honda de Julio Mariscal Montes, la poesía tan moderna y potente de Agustín de Foxá, la de Rafael Lasso de la Vega: son poetas todos ellos que si haces una antología de veinte o treinta poemas están a la altura de los grandes poetas de nuestro siglo, y no exagero un ápice. En cuanto a Latinoamérica -aunque yo prefiero llamarla América sin más-, el arsenal de autores es tal que no acabaría en lo que dura esta entrevista. Por quedarme con uno citaré al peruano Alberto Hidalgo, un poeta mayúsculo, un prosista delicioso, autor de un libro espléndido que estamos a punto de reeditar al fin en la editorial Renacimiento: Diario de mi sentimiento.

¿En qué medida crees que Nahui Olin fue precursora del actual feminismo?

El feminismo de la época toma como lema esencial una frase de Virginia Woolf: un cuarto propio. Se elude casi siempre la otra parte de la frase: y quinientas libras al año. Bien, el feminismo de artistas como Emmy Hennings, fundadora del dadaísmo, o Nahui Olin era menos de cuartos propios y más de salir a la calle y convertirse en presencia y hacer de esa presencia  una herramienta de agitación para cambiar las cosas. Hay que decir que en la vanguardia, que no es un estilo sino una época y por lo tanto tan vanguardista eran los esteticistas como los poetas sociales, los fascistas como los comunistas, los del arte por el arte como los del arte para cambiar la vida, en la vanguardia, decía, la presencia de la mujer es muy patente. En América hay varios ejemplos clarísimos, no sólo Nahui Olin y Tina Modotti en México, también Blanca Luz Brum, y en Cuba Emma Pérez, una poeta espléndida,  y Mariblanca Sabas, autora en los años veinte de un libro titulado Feminismo, y Magda Portal y Maria Wiesse en Perú, y Edgarda Cadenazzi en Uruguay y Norah Lange en Argentina, por no venirnos a Europa donde además de Emmy Hennings está la gran poeta Claire Goll y Nancy Cunnard y la inmensa Rebecca West… Una de las pobrezas de la literatura convertida en Historia es que funciona como los castellets, en los que sólo se fija la atención en la criatura que sube hasta la cima, y pasan desapercibidos los cuarenta que están en el suelo y que son los que mantienen firme el castellet. En este caso, me temo que esa criatura de la cima ha sido Virginia Woolf, pero por debajo hay un montón de capas de artistas y poetas que también merecían atención y que ahora por fin parecen estar cosechándola.

¿El hecho de ser mujer la eclipsó en una época en que solo se reconocía como artistas a los hombres?

Era una de las batallas que tenía que dar. Su reivindicación del placer, del cuerpo, la sensualidad de sus cuadros, podía ser atacado por el sector más monjil del feminismo acusándola de dar satisfacción a la mirada del macho, pero era un evidente ejercicio de desafío que, por supuesto, la sociedad machista a la que dirigía trataba de desactivar o bien considerándola una “coqueta”, palabra de la época para calientabraguetas, o bien ignorándola. Pero ella reacciona con valentía y fuerza: hace suya la palabra coqueta, la da por buena, como diciendo, sí, ¿qué pasa?, es decir, se carga de la energía de los propios ataques que recibe, y por lo tanto sólo deja un camino para desactivarla: oscurecerla, ignorarla, considerarla una loca. Hay una reseña del poeta José Gorostiza en la que lo dice claramente: esta poeta, viene a decir, quizá no escribe con la corrección que tienen nuestros principales poetas, pero esa corrección que impide a tantos decir algo que importe, no puede hacer nada para contener la energía de los poemas de Nahui, por desastrados que parezcan.

¿Cómo conociste a Tomás Zurián? ¿Has estado en ese templo erigido a Nahui del que hablas en la novela que es su casa?

Lo conocí en Guadalajara después de contactar con él por email. En efecto, si no hubiese sentido fascinación por la figura de Zurián, por la del investigador, por la de quien decide dedicar una vida a sacar del olvido a alguien que está hundido en él, no hubiera podido escribir el libro. Se lo dije cuando nos conocimos: el protagonista real del libro que quiero escribir eres tú. Es un restaurador importante, se ocupó de restaurar y trasladar algunos de los principales murales de México. Y en efecto, su casa es un templo dedicado a Nahui Olin. Conté en todo momento con su permiso para escribir el libro y él fue el primer lector y minucioso corrector de los diferentes manuscritos que le hice llegar. Me afeó algunas libertades, pero ser obediente no es uno de mis fuertes.

¿Crees que la nostalgia es inevitable cuando se escribe una novela de un personaje así?

La novela -o el poema, si me lo permites- se monta sobre una estructura de letanía: es, como toda vida, una sucesión de “ahoras”, por lo tanto aunque el personaje sea el que es, en realidad hay tantos personajes como “ahoras”, pues en cada “ahora” las circunstancias pesan más que el “yo”, si damos por buena la fórmula de Ortega “yo soy yo y mis circunstancias”. No sé si hay nostalgia inevitable en el método, pero sí una coherencia porque la niña del pasillo del comienzo del libro y la anciana sola en su casa llena de fantasmas son y no son la misma, la anciana contiene desde luego a todas las que ha sido hasta llegar a ella en una especie de carrera de relevos, que es lo que viene a contar la novela, esa carrera de relevos que es una vida, donde diferentes seres con el mismo nombre se van pasando un testigo que es el presente, el “ahora” con que comienza cada una de las partes de la letanía hasta llegar más allá de la muerte, cuando el presente pasa a manos del investigador que se propone sacar del olvido toda esa sucesión de “ahoras”.

¿Tienes alguna primera edición de Nahui? Ahora parece que está revaloradísima…

Sólo me falta su primer libro, Óptica Cerebral, que sale a veces a precios imposibles. Conseguí por mis propios medios dos libros y Tomás Zurián me regaló los que me faltaban. Sí, sus libros, que son tipográficamente bellísimos todos ellos, se han puesto a precios disparatados porque las ediciones eran mínimas y como objetos se habrán hecho pocos libros tan cuidados y bonitos.

Se acaba de publicar un librito precioso que lleva por título La figura escurridiza (Editorial Libros Canto y Cuento) un homenaje a tu figura como escritor en el que hay textos y reseñas de escritores como Vargas Llosa, Javier Marías, Andrés Trapiello o Sara Mesa. ¿Qué te ha parecido esta iniciativa?  

Fue una idea de Ricardo Álamo, a quien yo ni conocía. Se le ocurrió recopilar las entrevistas que yo había respondido por escrito para hacer un libro, cosa que no me convencía mucho, y sin decirme nada pidió a algunos amigos perfiles literarios o textos personales para acompañar el libro de entrevistas. Cuando me enteré ya era tarde para pararlo porque muchos de ellos ya habían escrito sus textos y negarme a que salieran me colocaba en posición de desagradecido. Por suerte, José Mateos, con quien me inicié en esto de la literatura en el suplemento del Diario de Jerez, propuso hacer una edición confidencial de los perfiles y textos amigos y así ha salido. Naturalmente me ha ruborizado y estoy muy agradecido. Me lo tomo en efecto como un homenaje póstumo.

¿Es cierto eso de que estás reescribiendo Nadie conoce a nadie?

No es reescritura. Vivía entonces en León, no estaba escribiendo nada y vi en una librería de viejo mi primera novela. En vez de comprarla me dije: ¿por qué no la escribes otra vez? Es decir, me sabía la historia, los personajes, las situaciones… ¿por qué no escribirla de nuevo ya que no me satisfacía cómo la había escrito a los 29 años? Y me puse a escribirla otra vez. La idea era escribir tu primera novela otra vez veinte años después de haberla escrito, sin mirar el original. Y eso hice. Lo ideal sería que se titulara Nadie conoce a nadie, pero en la editorial opinan que el título hay que cambiarlo y por eso se titulará Nadie contra nadie, supongo que saldrá el año que viene. Me lo pasé muy bien escribiéndola de nuevo, teniendo en cuenta las cosas raras que pasaron con esa novela después de que Mateo Gil la convirtiera en su primera película.

Me gustaría que me contaras cómo fue tu experiencia de editor de revistas y de libros en Zut. ¿Qué aprendiste de ambos mundos?

Aprendí que estaba equivocado. Yo pensé que una revista con colaboraciones como las que tenía esa revista y con la calidad de impresión, papel y diseño de esa revista a diez euros iba a volar de las librerías. No contaba que ni siquiera la dejaran entrar en muchas librerías. Pensé que en la nueva era de internet, íbamos a poder saltarnos el problema de la distribución: qué va. Pensé que los periodistas culturales estarían encantados de informar de que por fin se editaban los poemas marinos de Melville, la primera novela de Rebecca West, los impresionantes poemas de Gottfried Benn, un libro inédito de Scott Fitzgerald… Nada. Eso es lo que aprendí. Que las herramientas que tenemos son del siglo XXI pero todo lo demás funciona como si estuviéramos en 1960.

Ahora se busca el impacto inmediato, si no lo tiene, un libro tiene una esperanza de vida que se acorta bastante.

¿Cómo ves el actual panorama para la literatura de calidad, de eso que se llama novelas literarias frente a las novelas comerciales?

En 1994 salió mi primer libro de relatos, El que apaga la luz. Salió en abril. La reseña de Ricardo Senabre en el ABC Cultural salió en octubre de ese año. La de García Posada de El País, en noviembre. La edición se agotó entonces y el libro se reeditó. Hoy no hay un crítico que agote una edición con una reseña. Los canales de comunicación son otros y la autoridad de la crítica es ninguna. Eso no tiene porqué ser malo en sí mismo, pero sin duda el vértigo de las publicaciones hace que todo sea más complicado. Me lo explicó el otro día Constantino Bértolo en Córdoba: a mediados de los noventa, con un pequeño gesto de un editor, cambió todo, lo que se guardaba en almacenes se contaba en positivo hasta entonces, y el cambio de signo -lo que está en almacenes se vuelve negativo y por lo tanto mejor es destruirlo porque el cero es más conveniente que el negativo- da al traste con un sistema que ya era de por sí disparatado. Ahora se busca el impacto inmediato, si no lo tiene, un libro tiene una esperanza de vida que se acorta bastante. De hecho, encontrar libros de 2010 es a veces hoy más complicado que encontrar libros de 1930 porque las trituradoras de papel no paran. Ese vértigo es un elemento negativo, sin duda, pero no nos engañemos, nunca hemos sido un país que destaque por su comunidad de lectores, y yo creo que esa comunidad crece, aunque es verdad que baje todo lo demás: las tiradas, el tiempo de estancia de los libros en las librerías, los adelantos a los autores, etc… De todos modos lo visible no es lo único que hay, cada cual se hace su propia ruta de lector, y según eso, se diría que el problema es el contrario para lo que llamas literatura de calidad -que habría que ver qué es eso, porque a mí Stephen King me parece literatura de calidad, por ejemplo, y muchos autores aplaudidísimos en los templos de los cultos no me dicen absolutamente nada-: no creo que haya habido muchas épocas en las que se pusiera ante sus posibilidades tantas cosas apetecibles para leer. ¿Que hay mucha basura? Pues claro, hay auténticos escoriales, pero con no mirarlos o no entrar en ellos, ya está. Pero tampoco ha habido muchas épocas en la que se publique tanto que de veras te apetezca leer. El hecho de que se haya abaratado tanto la producción de un libro ha ayudado bastante, sin duda.

Cuando eras un joven estudiante de instituto, ¿alguna vez llegaste a pensar que serías un escritor? ¿Era más o menos lo que imaginabas?

Yo quería ser poeta. Y eso no ha cambiado. Ser poeta es la ambición máxima entendiendo por poeta que un desconocido sepa unos versos tuyos sin tener ni idea de quién eres tú, sin recordar siquiera tu nombre. Es lo único que no ha cambiado en todos estos años.

 

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