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30/05/2020 09:18 CEST | Actualizado 30/05/2020 10:58 CEST

Kichi y la gordofobia

Por qué Kichi se equivoca al hablar de gordofobia siendo alcalde de la ciudad con más obesidad infantil.

Mi alcalde, José María González, Kichi, siempre fue un espigado comparsista, pero ha ido cogiendo kilos de más en el ejercicio de sus funciones y, claro, en Cádiz, donde se gasta tanto age como malaje, donde el menú del jurado del Carnaval fue siempre una cuestión de estado, se lo recuerdan todo el tiempo. “Te has jartao de phoskitos durante el confinamiento”, le dicen. No lo lleva bien, aunque diga que no le importa y tire por elevación contra la gordofobia. Parece incluso que se ha dejado el bigote para distraer la atención sobre su creciente perímetro abdominal, tornando de galán de izquierdas en Pablo Escobar.

Lo cierto es que los gaditanos estamos gordos y, especialmente los hombres, morimos antes que en el resto de España.

No siempre fue así. Cádiz se ha convertido en una ciudad de obesos en los últimos 30 años. Aunque José María González tenga razón en que haya que combatir todas las fobias, la obesidad de los gaditanos desde la infancia es una realidad dolorosa. El 40 por ciento de los niños de la provincia tienen sobrepeso. El zumito para merendar, y los bollos son moneda corriente en una ciudad con un número desproporcionado de tiendas de chucherías. A Kichi y a mí nos separa solo un año. Ambos fuimos a la escuela en un mundo muy diferente. En cada clase estaba el gordo, el cabeza, el chino, el nariz y el oreja. Es cierto que todo bullying debe ser combatido pero... ¿Quién es hoy el gordo cuando la mitad de la clase sufre de obesidad? Hemos visto engordar a varias generaciones de gaditanos ante nuestras narices. De comparsistas fuertesitos a chirigoteros entraítos en carnes en un suspiro. Somos la provincia con menor esperanza de vida de toda España. Cádiz tiene siete municipios, incluyendo la capital, entre los 15 menos longevos del país

La percepción que tiene el gaditano de sí mismo, como gordo, ha ido calando incluso en el mundo del carnaval. Pocos captan la idiosincrasia de la ciudad como El Selu, cuya chirigota Ahora es cuando se está bien aquí, de 2015, pinta una mujer de mediana edad, bañista de La Caleta, con obesidad mórbida, creando un tipo de los que perduran. Es más, unos años antes, en 1995, el popurrí de Las Marujas ya criticó con sorna la autoindulgencia a la hora de comer: “yo tengo una dieta muy estricta que ahora mismito te la voy a explicar. Me tomo unos bocadillos asín de grandes, pero con pan integral, me tomo cinco o seis bollos mojaos en leche, pero leche desnatá. Y los cubatas de whisky yo me los tomo… yo me los tomo sin preguntar”. Nuestro deseo por la comida se transmite incluso a través de nuestra pronunciación. Cuando un gaditano habla de la carne, así en general, no es lo mismo que cuando dice:“¡Qué buena estaba la canne!”, tornando la aséptica erre en una ene doble cargada de deseo culinario.

La  metamorfosis corporal del Kichi nos muestra quién somos y qué comemos.

La comida basura aterrizó realmente en Cádiz a mediados de los 90, con la apertura del primer restaurante de comida rápida en el mismo local que ocupaba la cervecería El Barril. La dieta americana que causa diabetes, el cáncer y las enfermedades cardiovasculares que asolan a los gaditanos se extendió como la pólvora, animada por unos años de bonanza económica. En EEUU existen los llamados desiertos alimentarios,manzanas, siempre en distritos pobres, cebándose especialmente en las minorías como negros e hispanos, en los que el acceso a alimentos frescos es prácticamente imposible. No es el caso de Cádiz con, uno de los mercados de abastos, la plaza, más económicos de España, con abundancia de carne, pescado y vegetales y en pleno corazón de la ciudad. Aunque el crecimiento de las franquicias de fast food ha sido imparable, quizás haya que estudiar los aspectos socioeconómicos y culturales del problema.

La ciudad de Cádiz solo se puso en serio con el carril bici en junio de 2018, cuando inauguró el primer tramo del paseo marítimo. Lo hizo con 15 años de retraso sobre Sevilla, una de las mejores ciudades del mundo para la bicicleta, y contra el criterio de un buen número de detractores. Desde entonces, se han añadido kilómetros y usuarios, aunque sorprende el número de padres que han optado por comprar a sus hijos menores de edad patinetes eléctricos, en una ciudad que se recorre de punta a punta en bicicleta en un máximo de 30 minutos. 

La  metamorfosis corporal del Kichi nos muestra quién somos y qué comemos. Ser alcalde de Cádiz es un trabajo a tiempo completo, un horror de horarios y comidas desordenadas a través de reuniones y compromisos en los que, posiblemente, sea difícil rechazar una cerveza o una copa. Esto acaba pasando factura. Ahora, José María González, tiene ante sí una oportunidad de oro para mostrar a todos cuánto cambia el cuerpo con una alimentación saludable y un poco de constancia en el ejercicio físico y para iniciar una auténtica campaña de prevención de la obesidad a través de la alimentación. Eso, o seguir hablando de gordofobia.

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