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24/08/2020 10:07 CEST | Actualizado 24/08/2020 10:07 CEST

La boda de Rosa: una revolución propia

Un movimiento de tripas y emociones que, imagino, muchas mujeres habrán sentido como una revolución propia

Cuando las compañeras feministas reivindican la necesidad de que haya más mujeres contando historias en la gran pantalla, no solo lo hacen por una simple cuestión de justicia numérica, que también, sino que en esa vindicación late la búsqueda de otros relatos, la iluminación de esas partes de la realidad que nuestra mirada androcéntrica nunca ha querido ver, el protagonismo de quienes han ocupado siempre un lugar accesorio y secundario en narraciones hechas a imagen y semejanza de los héroes masculinos. Porque solo mujeres, comprometidas además con la construcción de un mundo en el que finalmente acabemos con los binomios jerárquicos del patriarcado, pueden contar una historia como La boda de Rosa. Solo ellas, desde la experiencia vivida en carne propia y desde la conciencia de ser sujetos en lucha contra unas estructuras empeñadas en reducirlas a objetos, entienden a la perfección y así puede contárnoslo qué significa “ser para otros” y vivir una subjetividad heterodesignada, en la que el cuidado, la ternura y la empatía se convierten en virtudes privadas que, sin embargo, apenas cotizan en el espacio público.

La boda de Rosa: una revolución

Con una luminosidad mediterránea, y con un cierto punto berlanguiano que tanto se agradece en estos tiempos de sombras y penumbras, Icíar Bollaín vuelve a su mejor cine, a ese que, sin abandonar el compromiso que la caracteriza como cineasta, enfoca esas zonas aparentemente pequeñas de la vida y unos personajes en los que inevitablemente acabamos descubriendo buena parte de nuestras miserias. El guion de la propia Bollaín y de Alicia Luna no se deja llevar por el drama, sino que con un tono de comedia, de tragicomedia a ratos, como la vida misma, nos permite entrar no solo en el corazón de la protagonista sino en el de toda una familia cuyos miembros se escuchan poco y en la que ella, la Rosa del título, es el sostén de los vínculos y los afectos. La siempre dispuesta, la siempre entregada, la esclava en nombre del amor y de las virtudes. La resignada mujer concebida para satisfacer los deseos y necesidades de los otros. En este contexto, que es el de tantas mujeres que por ejemplo yo he conocido en mi familia, y que me temo que sigue siendo el de otras muchas que en pleno siglo XXI son víctimas de toda las artimañas que el patriarcado teje en lo simbólico y en lo material, la liberación de Rosa, su ruptura de los barrotes de la jaula se convierte en una celebración. Una especie de epifanía en la que solo caben, frente al espejo, la autoestima y los propios sueños. Esos que con frecuencia son hurtados, sin ir más lejos en nombre del amor, a tantas mujeres que todavía se sienten, o mejor, son obligadas a sentirse, dignas continuadoras de la esclava del Señor.

Un movimiento de tripas y emociones que, imagino, muchas mujeres habrán sentido como una revolución propia.

Este renacimiento, esta fiesta que finalmente es la película, es posible porque Candela Peña encarna a Rosa con la verdad que es propia de esas actrices que, de alguna manera, han atravesado callejones similares al de su personaje y han salido al fin victoriosas, más grandes que al principio, como si le hubieran crecido unas alas enormes en las espaldas. La interpretación de la actriz, y de todo un reparto que está a la misma altura de autenticidad y emoción –enormes Nathalie Poza, Ramón Barea, Sergi López–, consigue que la historia, que podría haberse quedado en lo anecdótico o haber derivado hacia una comedia tontuna, alcance una tensión dramática incluso en aquellos momentos en los que, paradójicamente, las vidas de la familia protagonistas parecen más cercanas a la comedia. La luz de Benicassim, la banda de música y la siempre hermosa metáfora de la costura hacen el resto para que La boda de Rosa, una película aparentemente sencilla, solo aparentemente, no solo nos arranque sonrisas sino que también nos remueva esa parte profunda en la que cada cual se resiste a asumir las evidencias. Un movimiento de tripas y emociones que, imagino, muchas mujeres habrán sentido como una revolución propia que espero las haga mucho más fuertes y libres para decir que no.  Más felices que nunca ante el horizonte de nunca más rematar la costura que otros habían dejado a medio hilvanar.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor. 

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