La crisis climática después del covid, volver a la casilla de salida

El coronavirus ha agravado problemas como el del plástico y ha sido una oportunidad perdida para transformar la movilidad en las ciudades.
Una mascarilla en el fondo del mar.
Una mascarilla en el fondo del mar.

Cuando estalló la pandemia y se implantó el confinamiento estricto, muchos vieron en ese parón obligado una ‘oportunidad’ para resetear el planeta. Las imágenes de aguas cristalinas se viralizaron, los niveles de polución ambiental se desplomaron ante la ausencia de desplazamientos y algunos animales regresaron a pueblos y ciudades.

Un año después, a simple vista parece que la pandemia se ha llevado por delante la lucha contra la crisis climática que parecía por fin calar en la opinión pública y, en las grandes ciudades españolas, los niveles de calidad de aire ya están en cifras pre pandemia. Aunque, como recuerda Carlos Jiménez, catedrático de ecología de la Universidad de Málaga, la “conciencia ambiental en España siempre ha sido pobre” y la educación en las escuelas, deficitaria.

Desde las organizaciones ecologistas insisten en no hablar de dos crisis diferentes, la climática y la sanitaria parten de una crisis sistémica que “en parte”, tiene la culpa de la pandemia. Lo explica Cecilia Carballo, directora de programas de Greenpeace, que avisa de que si no se hacen cambios estructurales sobre el sistema de producción, el coronavirus será sólo “la antesala de las pandemias”.

“Las primeras medidas supusieron la práctica prohibición de los desplazamientos y eso trajo consigo una reducción de las emisiones derivadas del transporte. Eso fue bueno para el planeta, pero también ha crecido el comercio online, que genera una enorme huella de carbono y grandes emisiones”, explica Carballo.

Lo que parece claro es que la crisis climática ha quedado “relegada” por la pandemia en la agenda mediática, pero la experta es optimista de cara al futuro. “Parte de las soluciones de los impactos negativos de la crisis sanitaria pueden ayudar a solucionar la climática, porque el origen es el mismo. El planeta y los recursos naturales tienen sus límites y hay que terminar con el tráfico de especies y la ganadería y agricultura intensivas”, sentencia la portavoz de Greenpeace.

Jiménez no se muestra tan seguro. “Nos va a quedar miedo, pero volveremos a las costumbres y los niveles de polución se mantendrán iguales. ¿Qué aprendimos de la crisis económica de 2008? Creo que muy poco, nos olvidamos muy pronto”, sentencia el catedrático e investigador. “La gente ha tenido otras preocupaciones que se han puesto por delante a las cuestiones ambientales y partimos de un problema de educación que es muy difícil y lento de cambiar”, añade.

El plástico, el gran drama

“Durante el confinamiento tuvimos datos que decían que el parón había supuesto una mejora a nivel ambiental, pero a nivel plásticos lo único que hizo fue agravar la situación”, cuenta Ethel Eljarrat, investigadora del CSIC, sobre uno de los grandes dramas ambientales derivados de la pandemia.

La crisis sanitaria llegó cuando se había logrado un mayor grado de concienciación en la sociedad sobre el consumo de plástico y de envases de un solo uso. El coronavirus echó por tierra esos avances. “Se empezó a notar cómo aumentaba el consumo desde que estábamos confinados, alrededor de un 15%, en parte por las compras online que inevitablemente implican un sobreempaquetado. Después con la desescalada llegaron las mamparas que vemos en oficinas, supermercados o comercios. A pesar de que su vida útil es de unos diez años, no dejan de ser plástico y lo que hay que plantearse es qué va a pasar con ellas cuando esto termine se generarán muchos residuos”, explica la investigadora, que también alude a las monodosis de aceite o vinagre que han aparecido en la hostelería frente a las botellas de cristal. Más plástico.

“Nos va a quedar miedo, pero volveremos a las costumbres de antes y los niveles de polución se mantendrán iguales”

- Carlos Jiménez, catedrático de ecología de la Universidad de Málaga.

Aunque si algo ha aparecido de la nada y para quedarse, es la mascarilla. Como explica Eljarrat, parte de su composición es plástico y el problema que presenta es que, como posible vector de transmisión del virus, no puede reciclarse, sólo enviar al vertedero o incinerar.

“Hay datos que dicen que si la mitad de la población española se pone una mascarilla quirúrgica al día, se generan 700 millones de mascarillas al mes. Eso son 2000 toneladas de residuo al mes, sin contar el residuo hospitalario”, sentencia la experta del CSIC, que también da datos a nivel mundial. Se utilizan unos 10 millones de mascarillas al día, que como indica Eljarrat, “se van a ecosistemas terrestres o acuáticos, tardando entre 300 y 400 años en descomponerse”. El problema que eso trae consigo es que se deshace en partes hasta convertirse en microplásticos, que acarrean problemas de salud no sólo ambiental, sino también personal. Esas partículas minúsculas pueden ser ingeridas por la fauna marina y de ahí, a nuestro intestino.

Para Eljarrat, estos cambios de hábitos de consumo como la compra online, los productos desechables se mantendrán al menos un par de años, por lo que la situación no cambiará demasiado, aunque este 2021 entre en vigor la prohibición europea de algunos plásticos de un solo uso. Aunque para ella, lo más difícil será recuperar la concienciación. “No va a ser fácil eliminar el miedo, va a ser más lento recuperar los viejos hábitos que el fin de la pandemia”, sentencia.

Concienciación y cambios de hábitos

La crisis del coronavirus ha supuesto un antes y un después en todo, también en la forma de consumir. “Se ha demostrado que no necesitamos consumir al ritmo que consumíamos. Esto tiene que suponer una enseñanza que nos lleve por el camino por el que veníamos cuando estalló la pandemia”, sentencia Carballo.

La experta de Greenpeace explica que en el futuro a medio plazo se verán dos tendencias: “En primer lugar está el gran consumo, donde previsiblemente habrá un efecto rebote y se consumirá más que antes, mientras que hay un grupo de personas concienciadas que han implementado una serie de medidas con la pandemia que mantendrán”.

Entre esos nuevos hábitos están el consumo local y de proximidad, así como la relocalización de los servicios en lo que se ha llamado ciudades de 15 minutos, que han implantado en algunas capitales europeas como París. Eso favorece el mantenimiento de estos cambios en los patrones de consumo y favorecería por ejemplo, a los mercados tradicionales y comercios de proximidad, que han crecido dos puntos desde la desescalada después de años de pérdida de cuota de mercado.

“La gente también está demandando volver al espacio público, disfrutar de las zonas verdes, los parques públicos y la proximidad a la naturaleza”, cuenta Carballo. “Existen estudios que demuestran que hay una correlación entre un buen medio ambiente y la felicidad. Las condiciones ambientales, el aire limpio y el acceso a la naturaleza van a determinar la calidad de vida de la gente”, explica Carlos Jiménez, que habla del término ‘justicia social ambiental’.

Esto quiere decir que las condiciones ambientales son mejores en unos barrios que en otros y que las clases más desfavorecidas son quienes más sufren las consecuencias de la emergencia climática, igual que sucede con la crisis del coronavirus, que se ha cebado con las clases más bajas. “No es lo mismo vivir pegado al Retiro que vivir en Vallecas”, explica el profesor.

Un grupo de personas hacen deporte en el Parque del Retiro de Madrid.
Un grupo de personas hacen deporte en el Parque del Retiro de Madrid.

En cuanto a la movilidad, especialmente a las ciudades, hay una de cal y otra de arena. “Ha aumentado el tráfico rodado y no hemos aprovechado la oportunidad de apostar por el transporte público”, explica Carballo, que valora positivamente que haya aumentado el número de personas que se desplazan en bicicleta o a pie. “Eso es gracias al imaginario colectivo y ha salido de las personas, con lo cual se mantendrá en un futuro, porque además tiene beneficios en la salud de cada persona, algo que ahora preocupa más”, sentencia la experta.

Jiménez aclara que, teniendo en cuenta que cuando termine la pandemia volveremos a la casilla de salida, el gran reto de España como país —además de la gestión de aguas, la protección del litoral y la desertificación— es la educación ambiental desde la infancia hasta la clase política. “Es la pata fundamental, sin eso, no tendremos nada”, sentencia.

Marcha por el Clima en Madrid