La gran mentira del cine

“Ojo, Benito, que esto está lleno de trampas”.
Rodaje de J.L. Romero Marchent.
Rodaje de J.L. Romero Marchent.

“Ni los besos son de verdad, ni los puñetazos tocan la cara. En el cine todo es mentira”. Este es el mantra que escuchaba una y otra vez en mi infancia.

Mi padre no era de la industria del cine, pero como muchos españoles que vivían en las zonas de rodajes de exteriores, trabajó una y otra vez en las películas de género, las extranjeras y las de coproducción, como caballista o como figurante. Suponía aquello un sobresueldo importante, y la participación en un mundo exótico, y divertido, sin ningún tipo de vocación. Tan divertido, que le llegaron a echar del rodaje de El bueno, el feo y el malo, por descojonarse.

Las múltiples peripecias de esos años, y sus anécdotas, que si con Sophia Loren, que si con Robert Taylor, que si con el otro Robert, Shaw, más adelante caza-tiburones para Spielberg, nutrieron mi infancia de indios, vaqueros, soldados y gladiadores, siempre todo aderezado con aquel mantra desmitificador, “todo es mentira en el cine”. Un mantra que terminó por provocar un efecto rebote en mi, tanto, como para decidir dedicarme a la industria donde se creaban las mentiras.

En estos tiempos en los que Wes Anderson rueda en Chinchón, y España acoge el rodaje de series foráneas western como The English, que se está grabando en Tembleque o el Espinar, quienes participaron en aquellas otras filmaciones pretéritas, recuerdan aquel fenómeno como singular. Algunos de esos rodajes fueron con Joaquín Luis Romero Marchent, Tato, uno de los hombres que introdujeron el western en España de forma continuada, desde los años cincuenta, con El Coyote y La justicia del Coyote, aunque pionero anterior había sido Eduardo García Maroto, con su Oro vil en 1941. Pues bien, este año se cumplen cien años del nacimiento de Tato Romero Marchent, el director con el que el italiano Alberto Grimaldi se inició en la producción, y uno de los realizadores que inauguraron el poblado del oeste de Eduardo Manzanos en Hoyo de Manzanares, el primero estable en España. En ese decorado se rueda Por un puñado de dólares, que otros italianos deciden financiar animados por los éxitos de Romero Marchent. Y gracias también a los beneficios que Grimaldi obtiene con las películas con Romero Marchent, puede cofinanciar La muerte tenía un precio, el gran éxito, incluyendo la construcción del esplendoroso poblado del oeste de El Fraile en Tabernas.

Si conversabas con Romero Marchent, reivindicaba con vehemencia, no sin parte de razón, que aquello del spaghetti western, término que detesto, se había iniciado gracias a él, y no a Sergio Leone. Si y no. No lo creo en la cuestión de la iconografía definitiva, que realmente inventa Leone de forma más o menos consciente, con más o menos azar. Pero sí que con las películas de Tato se inicia y establece toda una factoría estable de eurowesterns, para la que hubo que construir decorados, elaborar vestuario, atrezzo, diligencias. Y, finalmente, cierto es, que el nombre del romano eclipsó al del madrileño, y de alguna manera, se estableció la leyenda. Como se decía en El hombre que mató a Liberty Valance, cuando la leyenda se convierte en realidad, publica la leyenda. Las mentiras del cine, o las verdades a medias.

Se cumplen también este 2021, cincuenta años del rodaje de uno de los exponentes del llamado landismo, ambientado en este caso en ese mundo de los rodajes de eurowesterns, Vente a ligar al oeste, de Pedro Lazaga. Un documento visual absolutamente interesantísimo, protagonizado por Alfredo Landa, que se rodó con el título de Vente a ligar a Almería. Pero, salvo un par de planos, la película no se rueda en Almería si no en Madrid, y en este caso el supuesto poblado western de Tabernas es sustituido por el de Colmenar Viejo, y aquel desierto, por el de Ciempozuelos. Como ocurrió otras veces, la mentira del cine.

Póster de 'Vente a ligar al Oeste'
Póster de 'Vente a ligar al Oeste'

En Vente a ligar al oeste, dejando a un lado la moralina de ese tipo de cine de la época, se retratan, me temo que de forma fidedigna, personajes y circunstancias comunes al rodaje de aquellas películas: las falsas promociones en prensa; el maltrato a los figurantes y especialistas; el jefe de casting que hace sus corruptelas para colar a los suyos; la starlet que está liada con el productor, y por tanto es uno de los motores, quizá el más importante del proyecto; el actor español alcoholizado, que fue alguien en el teatro en Madrid, pero que en aquella Almería sólo actúa de figurante con frase; y el mundo propio del llamado por algunos “europudding”, es decir la mezcla de nacionalidades en el equipo, en el que cada uno habla su idioma en escena, o a falta de diálogos, se dicen frases inconexas o números, todo al tótum revolútum… “Ojo, Benito, que esto está lleno de trampas”, se dice a si mismo Landa, al abrir una puerta y descubrir que un decorado es solo fachada. Un mundo muy curioso, pero también terriblemente cruel. Bajo la ilusión de un mundo despampanante, la cutrez…

Vente a ligar al oeste hablaba de aquel cine… Bueno, ¿Sólo de aquel cine…? Porque a mi me suenan, oigo, como vigentes, las demostraciones de poder de todo tipo, los pisotones, las traiciones y puenteos, los esnobismos y los egos, tanto en la producción, como en la distribución, como en los festivales. Eso parece, eso se dice, eso se comenta ahora, como realidad o leyenda, mientras hablamos siempre de la gran familia del cine. Quizás no tan diferente a lo que ocurre en otros colectivos u otras profesiones de este país. Fernán Gómez decía que, más que la envidia, el desprecio era el pecado capital nacional. Quizás.

Sí papá, a ti cada vez te cuesta más recordar aquello, pero ahora te lo digo yo. Tenías razón. Ni todas las peleas, ni todos los besos son de verdad. O eso parece. Quizás son parte de la trampa, de la gran mentira del cine.

Pero, mientras… “The show must go on”.