El horror pide paso

Entrevista con Darryl Jones.
Darryl Jones, autor de 'La inquietante historia del horror'.
Editorial Alianza
Darryl Jones, autor de 'La inquietante historia del horror'.

El terror tiene mil caras… y una de ellas es el horror. Son dos conceptos cercanos, pero no idénticos. El teórico de la literatura Darryl Jones ha publicado La inquietante historia del horror (Alianza, 2021), un breve ensayo dedicado a entender la perturbadora naturaleza de este género literario y cinematográfico. El terror y el horror van de la mano, aunque el horror pide paso y se reivindica como un hermano menor olvidado.

Distingue entre terror y horror: el primero trata sobre la naturaleza de la realidad y la percepción, algo que lo acerca a la noción de lo fantástico, mientras que el segundo aborda los límites de nuestra tolerancia física y moral. ¿El terror es un concepto metafísico y el horror una categoría ética?

Esa es una forma de verlo, sí. Pienso en el terror como algo metafísico, como una mirada al interior de la experiencia que resulta inexplicable desde una visión materialista y racional; de hecho, en ocasiones se vislumbra una visión numinosa que nos ofrece una experiencia sobre lo sagrado desde una perspectiva tan lejana a la experiencia humana que tenemos que llamarla sobrenatural.

Por su parte, el horror es una categoría ética, sobre todo cuando trata sobre una experiencia del cuerpo y la vulnerabilidad, la fragilidad de la carne y el dolor (conforme me hago mayor, comprendo mejor la sensación de que mi cuerpo ya no es mi amigo). Ese horror del cuerpo también es de alguna forma una categoría estética que expande nuestras ideas sobre lo bello. Tengo muchos desacuerdos intelectuales y filosóficos con el escritor Clive Barker, pero creo que eso es lo que él busca. Por otro lado, el interés en la morfología tentacular e inhumana tan característica de la ficción weird también es estética. Si quieres una obra que reúna todas esas inquietudes, es decir, el problema del dolor, las transformaciones del cuerpo, los límites de lo humano y la ética de la vivisección, te recomendaría que leas La isla del Doctor Moreau de H. G. Wells.

Medea es una historia de horror más que de terror. Y la catarsis que provocaban obras como Medea para ti resulta problemática. ¿A qué se debe?

Creo que no me convence la catarsis por su dudosa evidencia empírica. Mathias Clasen y otros autores han publicado recientemente buenas investigaciones sobre la neurociencia del miedo. He tenido algunos debates muy interesantes con Mathias sobre esto y no siempre estamos de acuerdo. Sin embargo, una de las cosas que he descubierto es que las neurohumanidades nos ofrecen a quienes nos dedicamos al horror nuevas perspectivas desde las que explorar el tema. Mi colega Simon McCarthy-Jones, del Trinity College, es un neuropsicólogo y ha escrito hace poco sobre el atractivo de la violencia en la pantalla. Él cree que esa exposición podría tener efectos adversos en el espectador, que la catarsis no se sostiene con la evidencia. Cuando la gente está enfadada y ve contenido violento, se vuelve más iracunda.

Dicho esto, no quisiera dejar de ver la experiencia del horror y del arte extremo como una especie de liberación psicológica. Desde luego que es una expresión de algo profundamente integrado en lo que significa ser humano. Por eso tiendo a pensar en términos culturales y artísticos sobre el horror. Lo veo como una forma de arte vanguardista que hace preguntas difíciles, pero importantes. Sé que mucha gente no estará de acuerdo con esta forma de entender el arte.

La alternativa a esto a veces es mucho peor: la censura y el pánico moral. Mis ideas en este aspecto han estado muy influidas por la obra de Martin Barker y Julian Petley. En los años ochenta y noventa, estos autores se hicieron preguntas sobre quiénes exactamente estaban expuestos a los efectos del horror… y hay un prejuicio de clase evidente. No es gente como yo, la clase media educada, quienes son vulnerables al horror. Son “ellos”, dicho en este contexto en referencia a la clase trabajadora. Nadie ha intentado jamás que me resista a ver una película como El ciempiés humano por miedo a que pueda hacer daño a mi psique o cause daño a mi alrededor. En cualquier caso, estoy preocupado, como mucha otra gente, por la forma en que la anti-censura y la libertad de expresión se han convertido en un tema de la derecha política en los últimos años, las maneras en que esos términos han sido redefinidos y renegociados al otro lado del espectro político.

'La inquietante historia del horror'.
Alianza
'La inquietante historia del horror'.

Stephen King es como un monopolio dentro del mercado literario porque domina el género de terror. Clive Barker es muy poco conocido a su lado, y no veo tanta hegemonía en la fantasía o en la ciencia ficción. ¿No cree que Stephen King eclipsa a otros autores de género?

Estaría totalmente de acuerdo contigo hace diez años y bastante de acuerdo hace cinco. Hace diez años, las secciones de terror y horror estaban desapareciendo de las grandes librerías, lugares como Waterstones en Reino Unido. Cuando esas librerías mantenían esa sección, es verdad que estaban dominadas por Stephen King. Clive Barker, ya que le mencionas, no triunfó en los noventa como un autor de masas, y su posición radical en temas políticos y sexuales estaba condenada a alejar a los lectores más conservadores. Evitar eso, como bien sabe King, es en parte la clave de su gran éxito: él es un conservador subversivo, un demócrata tradicionalista, así que tiene cosas que decir sobre la polarización política. Bueno, eso era así antes de que llegara Trump, ya que de repente no había forma de salirse de esa confrontación.

No obstante, creo que las cosas han cambiado en los últimos años. Un escritor como Paul Tremblay tiene algunas cosas interesantes e inteligentes que decir. Del género new weird han aparecido varios tentáculos interesantes y se ha reivindicado (y reescrito) a Lovecraft, ese vil racista, en la obra de Victor LaValle, o en la serie de televisión Lovecraft Country. También veo un regreso de las viejas historias de fantasmas, particularmente en escritoras como Michelle Paver o Helen Grant. Aquí debería enarbolar una bandera en defensa de las pequeñas editoriales como Tartarus, Ash Tree o Swan River Press, sellos especializados en el horror que mantuvieron viva la llama después de que las grandes editoriales dejaran de publicar a nuevos escritores. En este sentido son iniciativas heroicas.

Las malas películas de terror se vuelven comedias involuntarias y eso se nota cuando el público se ríe en lugar de gritar. Últimamente veo películas de terror que son comedias voluntarias, como Scare me y Werewolves within. Películas de terror convencional como Malignant, en cambio, me parecen agotadas y sin interés.

Como todo el que está interesado en el terror sabe, la frontera entre gritar y reír es muy fina. El público que ve historias de horror se ríe tanto como grita, o grita y se ríe al mismo tiempo. Algunos géneros (pienso concretamente en el cine gore) siempre han jugado en esta línea. Así que me parece perfecta la combinación de comedia de horror.

Estoy de acuerdo con la sensación que tienes de que el terror de las grandes películas está exhausto en la actualidad. De eso va el capítulo final de mi libro. Tenemos que mirar más allá de la cultura hollywoodiense, que lo absorbe y lo esteriliza todo. El horror necesita su mala reputación, su peligrosidad y su marginalidad. Necesita ser sucio y contundente.

En su libro comenta el caso de Slender Man como un ejemplo de pánico moral. En España, salvando las distancias, ha ocurrido algo así con El juego del calamar en las escuelas. Me da a mí que este miedo social no es más que un buen marketing dirigido.

Han pasado muchas cosas con El juego del calamar y no me fío del todo. El capitalismo ha mercantilizado la propia disconformidad y ahora está produciendo arte anti-capitalista o lo que se puede vender como tal. La serie nos cuenta un montón de cosas que ya sabemos, como que la desigualdad económica es mala y que el capitalismo moderno no es la buena vida. ¿Qué se supone que deberíamos hacer? ¿Acaso desea Netflix que destruyamos nuestras tarjetas de crédito y que nos demos de baja o que demos la espalda al mundo moderno? No lo creo. ¿Por qué distribuir entonces un tipo de arte que aparenta creerse todas esas cosas? El libro Folk Demons and Moral Panics de Stanley Cohen me resultó muy influyente cuando lo leí hace años y todavía creo que el pánico moral existe para distraernos de las cuestiones reales: no mires aquí, sino allá. Siempre ha sido un dispositivo publicitario útil.

Recuerdo llevar a los estudiantes a ver El proyecto de la bruja de Blair en 1999 y algunos de ellos estaban convencidos de que estaban viendo una película real. Tuve que explicar que, si la película era real, lo que habíamos visto era una snuff movie, donde alguien muere en pantalla para nuestro entretenimiento. Las películas snuff pueden existir o no, pero si existen, puedo garantizar que no se estrenan en grandes salas como ocurrió con esta película.

Una cosa más sobre la serie El juego del calamar. La encuentro fascinante por su concepto elevado en torno a la maldad y por su capacidad para el shock. Lo que me hizo seguir viendo la serie fue, en cambio, un conjunto de virtudes bastante anticuadas, como un grupo de personajes bien dibujados, lo que hace que la gente se sienta involucrada con sus vidas.

No me despido sin confesar que veré la nueva de Scream (2022) por pura nostalgia.

Yo la veré también por una cuestión de nostalgia, y no me causa pudor decirlo. Para terminar, insistiré en algunos autores que he mencionado: Paul Tremblay es genial, así como Michelle Paver, Victor LaValle y otros. Hay algunas historias de horror moderno verdaderamente increíbles. Aunque ya tiene algunos años, hay una película que creo que todo el mundo debería ver (y lo digo porque no la ha visto suficiente gente): The Borderlands (2013) de Elliot Goldner. Si eso no te asusta es que probablemente ya estás muerto.

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