La música amansa el confinamiento

La música amansa el confinamiento

No cabe duda de que la música es un dopaje de lo más recomendable para el cerebro y para amansar los males del confinamiento.

Un hombre toca la trompeta desde su balcón. JOSE JORDAN via Getty Images

Por Salvador Martínez Pérez, profesor de Anatomía y Embriología Humana. Director del Instituto Neurociencias (UMH-CSIC), Universidad Miguel Hernández:

Mirando a través de las ventanas, hay que reconocer que todos nos encontramos cada día un poco más perdidos por la falta de libertad y de interacción social. La información minuto a minuto sobre la epidemia del coronavirus, repetida en cada emisora de radio, medio online y canal de televisión, no ayudan mucho. Incluso parecen hacer más lento el paso del tiempo.

Nos ayudan bastante a sobrellevarlo las propuestas de conciertos y festivales que generosamente proponen los artistas a través de las redes sociales. Ellos nos sincronizan con su música en directo, y nos alejan un rato de las ruedas de prensa y tertulias infinitas.

Además, cada día, a las 20:00 en punto, un ritual tribal llena el espacio de aplausos. Es la manifestación diaria de que somos sociedad y aún capaces de hacer algo juntos, un respiro para el instinto social. Entre esos aplausos suenan canciones llenas de mensaje y emoción, como acompañamiento musical de la danza de las manos y de los deseos. Después, el rito y toda esa “música” cesa y volvemos al confinamiento.

La neurociencia respalda la idea de que, en el confinamiento, la música es un buen aliado. Por las razones que se exponen a continuación.

¿Por qué la música nos resulta tan gratificante? En primer lugar, por su estructura. Las características de cada uno de los elementos que componen una obra musical han sido fruto de la evolución biológica y, por lo tanto, seleccionados entre otros muchos sonidos accesibles en el ambiente. Los sonidos sin información selectiva quedaron categorizados como “ruidos”. En cambio, nos quedamos con los sonidos que transmitían información. Esto es, la música y el lenguaje.

Todo apunta a que el cerebro ha primado los sonidos que se asocian a conductas adaptativas. Un claro ejemplo son las llamadas animales al apareamiento, con composiciones a veces muy complejas formadas por repeticiones ordenadas en forma de melodías. Estos sonidos ancestrales se fueron incorporando al desarrollo de las áreas cerebrales encargadas de procesar e interpretar estímulos sonoros, que han permitido al ser humano generar las complejas estructuras del lenguaje y la música. Fonaciones que se reforzaron asociándolas a la activación de circuitos implicados en sensaciones placenteras.

A nivel químico todo eso se traduce en un incremento de la dopamina (neurotransmisor de la recompensa) en los centros cerebrales del placer, similar al que provocan la mayoría de las sustancias adictivas, la comida o el sexo. Valorie Salimpoor y Robert Zatorre, del Instituto Neurológico de Montreal (Canadá), han demostrado con imagen funcional del cerebro que escuchar música activa los centros de recompensa del cerebro anterior, sobre todo el núcleo acumbens (NAc). Incluso antes de que empiece a sonar.

De hecho, una buena canción nos pone los vellos de punta, puede hacernos sentir escalofríos, acelera el corazón y provoca otros cambios fisiológicos propios de la excitación emocional. Dice Zatorre que la suya es la primera investigación que demuestra que una recompensa abstracta como la música provoca la liberación masiva de dopamina. Un neurotransmisor que, dicho sea de paso, juega un papel fundamental a la hora de establecer y perpetuar comportamientos que son biológicamente necesarios.

En suma, si cuando suena la música se ponen en marcha los circuitos cerebrales que van asociados al placer, aumenta el bienestar y crece la la confianza psicológica, obtenemos una felicidad momentánea muy valiosa en la actual situación de confinamiento.

El instinto social está muy presente en la especie humana. No en vano nuestro calendario viene marcado por fiestas con rituales multitudinarios en los que la música forma parte esencial (bandas de música, repicar de tambores, etc). La situación de confinamiento nos genera mucho estrés por no poder desarrollar ese instinto de forma plena y, sobretodo, por la incertidumbre de cuándo podremos volver a “la normalidad”.

El estrés es un mecanismo de defensa que nos prepara para afrontar una amenaza, hipotética o real. De regularlo se ocupan el hipotálamo (en el cerebro), la hipófisis (en la base del cráneo) y la glándula suprarenal (sobre los riñones). Ante un peligro, la amígdala cerebral y la corteza prefrontal ponen sobre aviso al hipotalamo para que se ponga a la defensiva.

Eso implica activar el tono simpático de alerta (incremento de la frecuencia cardiaca y respiratoria, y del tono muscular), pero también los procesos metabólicos destinados a producir energía, que es de lo que se encarga el cortisol, la hormona del estrés, secretada por las suprarrenales, que mantiene esta alerta fisiológica todo el tiempo que sea preciso. Si se perpetúa demasiado tiempo y/o no es proporcional a la amenaza, el estrés se convierte en un problema de salud en sí mismo.

Pues bien, volviendo a la música, se ha demostrado que a ritmo lento tiene la capacidad de reducir todos los parámetros asociados al estrés, sobretodo cuando los sujetos analizados son los que escogen las melodías que escuchan. Esto puede ser debido a que la música relajante contiene tonos que evolutivamente han sido asociados a ruidos producidos en circunstancias relajantes, mientras que las músicas trepidantes o épicas se asocian a problemas o amenazas.

Por si fuera poco, al escuchar una melodía se generan estados emocionales que reemplazan temporalmente a los sentimientos provocados por el momento presente. Y eso convierte a la música en una excelente válvula de escape del presente incierto y frustrante.

Otra propiedad asombrosa de la música es que tiene la capacidad de cambiar cómo percibimos el mundo que nos rodea. De demostrarlo se encargaron hace unos años Jacob Jolij y sus colegas de la Universidad de Groningen (Holanda). Según pudieron averiguar, una canción alegre tiene un efecto tan potente sobre la sesera que nos hace “ver” caras sonrientes donde no las hay. Y lo mismo se puede decir de las canciones tristes.

En otras palabras, escuchar música no solo cambia lo que sentimos, sino también lo que vemos. Las notas musicales tiñen de colores el cristal con que se mira.

El cuarto factor que hace que la música “nos mueva por dentro” es, precisamente, que la música evoca movimiento. Al escucharla se activa el sistema motor que reconoce los ritmos y se siente impulsado a realizarlos, es libre para moverse. Entonces, en cierto modo, salimos del confinamiento.

El cerebro es una máquina que funciona generando ritmos de actividad cerebral en sus neuronas y circuitos. Quizás por eso también busca la estructura rítmica en el entorno, los patrones de las cosas. Cuando los identifica obtiene una sensación muy placentera. Se debe a que, al reconocerlos, puede hacer predicciones de las canciones y emocionarse cuando “acierta” en sus vaticinios o sorprenderse cuando lo que suena resuelta inesperado.

A estas alturas, no cabe duda de que la música es un dopaje de lo más recomendable para el cerebro y para amansar los males del confinamiento.

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