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31/05/2019 07:22 CEST | Actualizado 31/05/2019 07:22 CEST

Las despedidas de soltera

Las ciudades son fábricas de consumo y los monumentos sus centros nodales de intercambio.

Efe
Imagen de archivo de una despedida de soltero. 

Si como sostenía El Roto en una viñeta de hace unas semanas “en las catedrales se celebran las misas por el rito turístico”, las despedidas de soltero/a, con más razón, entran de lleno en el ámbito social de los ritos de consumo asignados al turismo, en los que las escapadas para oficiar la pérdida de la condición de solteros constituyen un segmento más de un mercado en auge. La materia es objeto de estudio, -como pasa con las bodas, bautizos, peticiones de mano, graduaciones y comuniones-, porque explica las pautas globales para hacer profesión de fe en el ocio social ritualizado; es una manera estereotipada de digerir la iconografía del entretenimiento, desde el símbolo primigenio que constituye la formación de parejas. La reproductibilidad mercantil asumida por el sistema para auto-reproducirse aúna fórmulas en los que lo religioso, lo civil y las costumbres de ocio integran la necesidad de acumulación y apropiación de beneficios del capitalismo. Ocurre desde los orígenes culturales más enraizados a los usos urbanos más recientes, como sucede con la celebración de Halloween.

El “rito de iniciación”, como expresión definida por el antropólogo francés Arnold van Gennep en 1909, alude a la designación de un conjunto específico de actividades que simbolizan y marcan la transición de un estado a otro en la vida de una persona; ahora de miles y millones de personas. Van Gennep señalaba que en su desarrollo social un individuo llevaría a cabo numerosas transiciones entre la juventud y la edad adulta, entre la soltería y el matrimonio, entre no pertenecer y pertenecer a un grupo en particular, entre viajar y retornar. En su momento estos ritos iniciáticos no estaban directamente enlazados al consumo, pero ahora son parte inseparable del mismo y se asocian a la vida cotidiana de los centros urbanos hasta para establecer de por vida sus formas actuales y futuras de intercambio con la ciudad.

Las ciudades son fábricas de consumo y los monumentos sus centros nodales de intercambio. Argumenta el filósofo y profesor Michael J Sandel,Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018, que hay relaciones sociales que no se pueden transformar en mercancías, aún perdiendo todo o parte de su sentido, como el amor o la amistad. En cambio, defiende que otras pueden transformarse en vínculos mercantiles a costa de cambiar su naturaleza. Adoptando una templada posición ecléctica, afirmamos que los ritos de iniciación podrían entrar  en esa categoría de lo transitorio que pasa a ser consuetudinario, porque mediante el ceremonial se formalizan pautas que se transforman en valores/mercancías, asumidos socialmente como emblemas de comportamiento del sujeto transeúnte.

Las ciudades son fábricas de consumo y los monumentos sus centros nodales de intercambio.

En realidad, estamos ante ancestrales ritos de iniciación, pero ahora reconvertidos en procesos de proporciones gigantescas, porque fenómenos que antes afectaban a ciudades turísticas o litorales ahora se promueven y expanden a ciudades de interior; como el caso prototípico de Albacete en despedidas de soltera, o los espacios emergentes del turismo rural. Lugares que buscan revitalizar su economía mediante ofertas que disparan su transformación industrial en destinos turísticos, aprovechando nichos de demanda que fomentan nuevas experiencias de viaje, emocionales, o de aventuras, humorísticos o eróticos, transformando valores culturales en utilitarismos mercantiles. Y están destinados a españoles, completando un espectáculo de éxito diverso. De estos nuevos “nichos de negocio”, a lo sumo se habla de limitar sus consecuencias molestas o de masificación, salvando economías de escala con rentas diferenciales redistribuidas en otro reparto, por su crecimiento, su temporalidad o su impacto local. España recibió en enero de 2019 a un total de 4,2 millones de turistas internacionales, un aumento del 2,2% con respecto a enero de 2018, con un gasto un 3,6% mayor, hasta los 4.689 millones de euros, según los datos provisionales de las encuestas de Movimientos Turísticos de Frontera (Frontur) y de Gasto Turístico (Egatur). Como inversión, deberíamos hacer sostenible su gestión para beneficio de nuestra sociedad y nuestro clima, pero no están, en la discusión ética, otros modelos alternativos.

En cuanto a los valores culturales y comunitarios que las despedidas de soltera o de soltero amalgaman y proyectan, la cuestión se vuelve más espinosa, porque la transmisión de  la experiencia del consumo global es un proceso complejo que no se analiza debidamente. El río de sucesos del consumo de socialización cultural debería perseguir objetivos de mayor nivel comunitario y no de mero utilitarismo distributivo. Ahora se mantiene la costumbre de las bodas y del regalo de bodas, aunque se disfracen de donaciones a ONGs u otros eufemismos biempensantes, para mantener intocable la cadena de consumo. Si se consiguiera introducir entre los hábitos sociales más extendidos algunas de las reivindicaciones contra el cambio climático, por la desaparición de los plásticos o contra el calentamiento global, estaríamos ante el rito políticamente correcto, pero eso de momento, no sucede.

Saber lo que estos paquetes de viaje tienen de mercancía, protocolo y despilfarro ayuda a comprender como mercantilizamos todo.

Bajo ningún concepto se trata de poner en cuestión la libertad de disponer de los ritos iniciáticos de cada uno, dentro de la esfera de la comunidad en que se desenvuelven, pero eso no nos exime de saber que la sociedad de consumo se ha desarrollado hasta ahora gracias a la expansión de los modelos “fordistas” de producción y, desde ahora, sigue desarrollándose imparable bajo los paradigmas del consumo neoliberal del espectáculo. Entretenimiento, ocio, viajes y la conversión de la experiencia en mercancía son el fundamento de todos los procedimientos más generalizados que tienen algún significante particular en la vida colectiva de las personas. Más aún si, como las despedidas de soltera, tienen ese aire pícaro, rompedor, liberador o transgresor, que ocultan lo que viene después de la despedida pseudo-libertaria, sea religioso o civil: La dependencia forzada de los estereotipos de las bodas que acaban con la libertad de ese postrer viaje al hedonismo, sin más reglas que las ceremoniales, ni más programa que el de la agencia de viajes y el low cost.

Saber lo que estos paquetes de viaje tienen de mercancía, protocolo y despilfarro ayuda a comprender como mercantilizamos todo, en cada edad, para hacernos más llevadero el coste social y ambiental de consumir la vida como si fuera una ruta de peregrinaje en la que nos tiene que poner una cruz en cada etapa del camino. Para confirmar, con “selfies” vitales, que hemos pasado por ella y pagado la cuota por el correspondiente rito civil de paso.

 

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