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29/10/2020 11:05 CET | Actualizado 29/10/2020 11:06 CET

Los límites planetarios y los millonarios

Cuando se trata del bienestar humano lo que realmente importa no es crecer sin freno (al menos no en los países ricos) sino la distribución de los ingresos y recursos.

Mukhina1 via Getty Images

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Vivimos inmersos en una economía que se organiza alrededor del crecimiento perpetuo y que medimos con el PIB. Durante muchos años se ha dicho que necesitamos avanzar para mejorar la vida de las personas. Pero el aumento del PIB está provocando un colapso ecológico; los datos sobre la brutal sacudida ecológica son tan claras que los expertos están pidiendo a los gobiernos que abandonen el crecimiento como un objetivo económico.

Cuando se trata del bienestar humano lo que realmente importa no es crecer sin freno (al menos no en los países ricos) sino la distribución de los ingresos y recursos. Y ahora mismo están repartidos de una manera escandalosamente desigual. En Estados Unidos, por ejemplo, el 1% más rico tiene casi el 40% de la riqueza de la nación. El 50% inferior no tiene casi nada: sólo el 0,4%. A nivel mundial es peor: el 1% más adinerado tiene alrededor de la mitad de toda la riqueza del mundo. En término de ingresos, acapara casi una cuarta parte del PIB mundial: más que el PIB de 169 países, una lista que incluye Argentina, Noruega, Suecia, Suiza, todo el Oriente Medio y todo el continente de África.  También el 5% más rico está en posesión de no menos del 46% del ingreso global. En otras palabras, la mitad de toda la actividad económica planetaria (todas las fábricas, industrias, centrales eléctricas, minas, transportes... con todo el impacto ecológico asociado) beneficia a los ricos. Una pequeña parte de la humanidad se carga la atmósfera de la que todos dependemos. Sin ir más lejos, debido a estas emisiones, la contaminación del aire causa un millar de muertes al año en Barcelona.

Es de cajón que tanto los multimillonarios, como los millonarios, no sólo consumen más cosas sino que estas cosas chupan mucha más energía: casas enormes, coches grandes, jets privados, negocios... vuelos en primera clase, vacaciones de larga distancia, importaciones  de lujo, etc. Y hacen inversiones en industrias expansivas que a menudo son ecológicamente destructivas, como los combustibles fósiles y la minería. Como dice Thomas Piketty, uno de los expertos mundiales en desigualdad y clima, los multimillonarios, y los millonarios, son incompatibles con los límites planetarios. Por otra parte, el exceso tiene otra parte sutilmente perversa, destructiva: crea presión psicológica en las personas para ganar y comprar más; y no por necesidad, sino porque quieren acercarse a los hábitos de consumo de las más adineradas sólo para sentir que también ellas gozan de estatus.

Cuando se trata del bienestar humano lo que realmente importa no es crecer sin freno (al menos no en los países ricos) sino la distribución de los ingresos y recursos.

Un estudio de la Universidad de Warwick dice que la gente que vive en sociedades muy desiguales compran más marcas de lujo, más que la que vive en sociedades más igualitarias. Compran compulsivamente para sentirse mejor con ellas mismas; una verdadera trampa puesto que el punto de referencia siempre quedará lejos de su alcance. Esta cadena de consumo inducida por la ansiedad genera un daño ecológico extraordinario. En cambio, a medida que las sociedades se hacen más igualitarias, las personas se vuelven más felices, menos ansiosas y están más satisfechas con sus vidas. Son más solidarias con sus vecinos y compañeros y se sienten menos presionadas para buscar ingresos cada vez más altos y bienes de estatus glamoroso.

La igualdad ayuda a liberar a las personas de la carrera eterna del consumismo. Es por eso que los investigadores encuentran que las sociedades más igualitarias producen un impacto ecológico significativamente inferior. Dinamarca es un ejemplo. Debido a que este país es más igualitario que la mayoría de los otros países de renta alta, la gente compra menos ropa y la conserva durante más tiempo que sus homólogos de otros lugares. Y las empresas gastan menos dinero en publicidad ya que la gente no está tan interesada en compras de lujo innecesarias. Una sociedad con grandes desigualdades acaba produciendo un perjuicio ecológico, una “tormenta perfecta” consecuencia de la suma de los excesos de los que tienen mucho y no les viene de aquí y los que tienen muy poco pero se quieren “poner a la altura” de los  ricos. Y al revés, una sociedad más igualitaria permite conservar la Tierra en los límites ecológicos sostenibles.

Nada de lo que he dicho es, evidentemente, sencillo de abordar y resolver, y no quisiera parecer una radical dogmática, pero tendremos que empezar a pensar dónde está el límite de todo. Podríamos empezar por definir el concepto de “ingresos excesivos” (ya que destruyen la ecología de la que depende nuestra civilización). Y para determinar en qué punto hay que pulsar el pedal del freno.