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03/07/2019 07:19 CEST | Actualizado 03/07/2019 07:19 CEST

Me quedé embarazada pese a tener un DIU y casi me muero

El dispositivo intrauterino (DIU) tiene una eficacia de más del 99%, pero ese 1% es alguien como yo, cuya vida puede correr peligro.

ERIKA NICHOLS-FRAZER

“Estoy en un congreso y mi útero está intentando matarme”, le escribo a una amiga. Estoy sangrando más de lo que suelo sangrar con la regla y los calambres me tienen retorcida de dolor. No me puedo concentrar en las estrategias de recaudación de fondos y apenas puedo tomar un par de bocados del postre que nos han servido.

Nunca había sufrido calambres y, desde que me introdujeron el DIU, casi ni he tenido la regla, así que esta es una experiencia novedosa e inquietante. ”¿De esto se han estado quejando mis amigas desde los 13 años?”, me pregunto. ”¿Cómo es posible que la gente se levante y vaya a trabajar soportando este dolor?”.

Después de casi dos semanas, aún no han remitido el sangrado ni los intensos calambres, de modo que pido cita para mi ginecóloga a la semana siguiente. El administrativo que coge el teléfono me pregunta si mi problema es una urgencia y le digo que no, que solo tengo una regla que no se acaba. Doy por hecho que habrá acabado cuando llegue el día de la cita.

Unos días antes de la cita, me encuentro bien al salir de casa por la mañana (o todo lo bien que he llegado a estar durante las últimas semanas), pero para cuando llego al trabajo media hora después, tengo náuseas y mareos. Decido que adelantaré alguna tarea y me iré pronto a casa. Estoy al teléfono cuando todo empieza a dar vueltas y se me nubla la vista. Pido disculpas por tener que colgar y me dirijo al despacho de mi jefe para tumbarme un minuto. De repente me fallan las piernas y me caigo. No me golpeo la cabeza con la esquina de la mesa de milagro.

Creo que me desmayo unos segundos y cuando despierto tengo que ir corriendo al baño para vomitar. Me voy a casa y descanso, pero cada vez que intento levantarme, me mareo y tengo que volver a sentarme. El mundo está borroso. Pienso que es un virus o algo así, además de los despiadados calambres. Siento mi cuerpo como si estuviera muriendo. Estoy hecha polvo, débil y me recorre un dolor palpitante y punzante.

De repente me fallan las piernas y me caigo. No me golpeo la cabeza con la esquina de la mesa de milagro.

Llevo tres años con un DIU de tipo Mirena dentro de mí y nunca he tenido problemas. Me resulta práctico lo de no tener que tomarme una pastilla todos los días y los DIU son de los métodos anticonceptivos más efectivos (o los más efectivos) del mercado. Se me ocurre que quizás haya ido algo mal con mi DIU, pero la intensidad del dolor va variando e imagino que si el DIU se me hubiera soltado de algún modo y estuviera clavándose en las paredes de mi útero, el dolor sería constante.

La ginecóloga me dice que si hay una hemorragia importante con el DIU tienen que hacer pruebas de embarazo, solo por si acaso. Asegura que es extremadamente raro e insiste en que el test de embarazo es una mera precaución.

El test da positivo. ”¡Eres mi primera paciente con DIU que se queda embarazada!”, exclama, pero añade que el sangrado no es buena señal. Es posible que haya sufrido un aborto espontáneo y me tienen que hacer una ecografía para ver si el feto es viable, pero el administrativo me dice que hay una lista de espera de ocho semanas. La idea de no saber qué le pasará a mi cuerpo durante dos meses y de tener que soportar este dolor más tiempo hace que me eche a llorar ahí mismo en el mostrador de recepción y la doctora me promete que me verá lo antes posible.

Llamo a mi prometido, Dylan, porque estoy conduciendo en círculos, llorando histérica y no encuentro la salida del aparcamiento. Como siempre, lo racionaliza y me tranquiliza. “Todo va a ir bien”, me dice. Estoy en el trabajo al día siguiente cuando me llaman para decirme que la médica tiene un hueco libre esta misma mañana. Mi coche está en el taller, así que me tiene que llevar Dylan. Mi perra está conmigo, como es bastante habitual en mi trabajo, así que Dylan se la lleva a pasear al parque mientras yo espero.

La técnica que me está haciendo la ecografía no sabe qué es lo que me pasa, así que llama a un médico que a su vez llama a otro. Se amontonan en torno a mí, intentando descifrar ese lío grisáceo de la pantalla. Parecen dibujos animados en blanco y negro. Pasa casi media hora hasta que llegan a la conclusión de que tengo un feto en la trompa de Falopio izquierda y que es muy tarde para tratarlo con medicamentos. Me tienen que operar hoy. Uno de los residentes me dice que un embarazo ectópico, que significa que el óvulo fecundado no ha anidado en el útero, es una “bomba de relojería”. Todavía no saben que ya lo he perdido.

Dylan deja a mi perra en casa de unos amigos, viene para estar sentado a mi lado y vemos capítulos repetidos de The Daily Show y de South Park en la pantalla pequeña que hay en mi habitación. Me conectan una vía intravenosa porque no puedo comer ni beber antes de la operación. Tengo la boca seca y áspera. Siguen llegando enfermeros y médicos para ver cómo me encuentro y para traerme mantas. Me preguntan varias veces si pueden hacer algo por mí y al final les suelto que a no ser que puedan traerme un vaso de agua o meterme ya mismo en el quirófano, lo único que pueden hacer por mí es dejar de preguntar. Ya tengo suficientes mantas.

Pasa casi media hora hasta que llegan a la conclusión de que tengo un feto en la trompa de Falopio. Me tienen que operar hoy.

Un médico viene de vez en cuando a explicarme que la máxima prioridad ahora es un señor mayor, pero que me atenderán en cuanto terminen con él. Me toca esperar 13 horas hasta que por fin me llevan al quirófano a medianoche. Dylan se mantiene despierto mientras espera con café malo de hospital. Son casi las 5 de la mañana cuando me despierto de la operación y Dylan está a mi lado con un ginger ale en la mano.

Me han quitado la trompa de Falopio izquierda, pero me dicen que no afectará significativamente a mi capacidad de concebir en el futuro. Antes de la operación, me han hecho firmar un consentimiento informado para quitarme el ovario si hubiera sido necesario, pero por suerte no ha hecho falta.

Al día siguiente de la operación estoy en casa viendo telebasura desde el sofá cuando me llama el cirujano para pedir disculpas. No se habían dado cuenta de que mi trompa de Falopio ya se había roto y de que la hemorragia estaba vertiéndose en mi estómago. Por eso tenía náuseas, y la gran pérdida de sangre era lo que me provocaba mareos. Lo detectaron justo a tiempo, me dice, porque un embarazo ectópico con desgarro de la trompa de Falopio es potencialmente mortal. He tenido suerte, según me dicen. Los embarazos ectópicos son la principal causa de mortalidad materna en el primer trimestre del embarazo. Entre 1980 y 2007, los embarazos ectópicos han acabado con la vida de 876 mujeres en Estados Unidos. No reaccionar de forma inmediata, que fue mi error, puede provocar la muerte.

El cirujano admite que deberían haberme llevado al quirófano en cuanto llegué y me explica que ese es el problema de las escalas de dolor. Me recuerda de forma acusatoria que dije que no me dolía mucho, como culpándome por no haberme quejado suficiente. En ese momento no me dolía tanto como durante las semanas anteriores. Había normalizado ese dolor insoportable; ya estaba acostumbrada por entonces. Me comenta que él pensaba que cualquier persona que tuviera una trompa de Falopio rota y semejante hemorragia estaría en el suelo retorciéndose de dolor. Como si supiera cuánto dolor puede soportar una mujer.

Después de la operación, no me puedo mover mucho y cada vez que me giro me duele la tripa. Solo tengo tres pequeñas cicatrices en la cadera y en el ombligo, que se queda con costra dura durante varias semanas, pero por dentro estoy hecha pedazos. Una enfermera me señala que han tenido la consideración de hacer la incisión en la cadera izquierda para respetar el tatuaje que tengo de la mano de Fátima en la derecha.

En estados como Georgia, Ohio y Alabama impiden que los médicos realicen las operaciones necesarias en caso de que una mujer sufra un embarazo ectópico.

No me permiten hacer ejercicio intenso durante al menos un mes, lo que significa que no puedo hacer snowboarding ni jugar a hockey. Nada de sexo. Aunque pudiera hacer todo eso, no tengo ganas. Estoy cansada en todo momento y me siento exprimida. Me quedo en el sofá o me apoltrono en el sillón reclinable que tengo enfrente de la estufa de leña casi todo el rato. El dolor físico lo puedo soportar (tal y como me ha dicho el cirujano, tengo mucha tolerancia al dolor), pero el sufrimiento emocional me incapacita.

No sé explicar por qué me siento tan vacía, tan perdida. Ni siquiera quiero tener un bebé y tal vez no habría querido quedármelo si hubiera podido decidir. Y aun así, noto que me falta algo. Me entra una fuerte depresión. Apenas consigo recomponerme durante las primeras semanas para salir de casa. Siento una pérdida que no logro explicar.

Las leyes que han aprobado recientemente Estados como Georgia, Ohio y Alabama impiden a los médicos realizar las operaciones necesarias en caso de embarazo ectópico, poniendo así en peligro la vida de la madre, y pueden ser incluso motivo de una investigación penal para el médico que las practique. Estas leyes también impiden que los seguros médicos cubran estas operaciones. Y, pese a lo que puedan pensar los defensores de las leyes de Ohio, “reimplantar” el feto en el útero no es la solución.

Mi vida corrió peligro por un embarazo ectópico y no me puedo imaginar qué habría pasado si no hubiera tenido acceso a la operación requerida (o dinero para permitírmela). Por suerte, obtuve la atención sanitaria que necesitaba y, aunque fue muy doloroso física y emocionalmente, me recuperé e incluso puedo tener hijos en el futuro, si así lo decido.

No estoy en contra del DIU, pero sí quiero que las mujeres conozcan el riesgo para que identifiquen los síntomas mucho antes que yo y reciban la atención médica que necesitan para sobrevivir. El DIU tiene una eficacia de más del 99%, pero ese menos del 1% es alguien como yo cuya vida puede estar en peligro sin saberlo.

 

Erika Nichols-Frazer es escritora y trabaja para la Children’s Literacy Foundation. Tiene un máster en escritura creativa por el programa Bennington Writing Seminars. Su trabajo ha aparecido en OC87 Recovery Diaries, Runaway Parade, Please Do Not Remove: A Collection Celebrating Literature and Libraries, entre otros medios.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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