Mi familia vive en cuatro países, pero el coronavirus nos ha unido más que nunca

Qué tiempos aquellos cuando decíamos: '¡Deberíamos vernos más!'.

Estaba sentado hablando con mi padre cuando las noticias dijeron que el coronavirus ya no estaba contenido en China. La principal preocupación que me cruzó la mente fue sonrojantemente vulgar: ¿cómo iba a esquivar la tormenta Ciara para volar de Londres a mi casa, en Barcelona? ¿Qué le iba a comprar a mi pareja por San Valentín?

Dos meses después, mis preocupaciones son más profundas. Papá vive a miles de kilómetros de distancia y, tras su operación de riñón (le doné mi riñón izquierdo el año pasado), vive solo y está que se sube por las paredes.

Mis dos hermanas mayores se mudaron al extranjero hace años y han formado su propia familia en Francia y en Estados Unidos. Fueron decisiones repentinas que nos hicieron plantearnos cómo íbamos a vivir esta situación de emergencia; todas las noches, nuestro último pensamiento es cómo llegaríamos al Reino Unido si enfermara nuestra abuela, que tiene 96 años y vive en una residencia, o peor, nuestro padre.

“Soy consciente de que no podré ver a mi padre hasta que no termine el confinamiento, así que ya no me corto y le digo siempre que le quiero”

Antes del coronavirus, nuestro plan original era volver a casa en el Reino Unido para cerebrar nuestra reunión familiar anual: mi hermana mayor y su bebé iban a acudir desde Los Ángeles, y mi hermana mediana y su hijo iban a acudir desde París. Tenemos una relación cercana, pero perdimos a nuestra madre hace años por un cáncer y desde entonces no nos hemos visto mucho por vivir en continentes distintos y zonas horarias radicalmente diferentes.

Mi padre cumplirá pronto 75 años y mi sobrino pequeño está a punto de celebrar su primer cumpleaños. Como tantas y tantas familias en estos momentos, vamos a celebrarlo por videollamada, sin la cercanía de los seres queridos. Siendo siceros, no somos una familia muy dada a los achuchones, somos más de lanzarnos chistes de humor negro e indirectas a todas horas.

Papá y yo hablamos por las noches, unas veces con más alegría que otras, pero soy consciente de que no podremos vernos hasta que no termine el confinamiento, así que no me corto y le digo siempre que le quiero. Lo sorprendente es que él, siendo una persona acostumbrada a reservar sus sentimientos, corresponde a mis palabras. La otra noche, se me desgarró la voz cuando le decía: “De no ser por ti, no estaría aquí”. Me eché a llorar en silencio cuando él me respondió: “Y yo no sé dónde estaría sin tu ayuda”.

“Esta pandemia nos está uniendo más, desde la Costa Oeste de Estados Unidos hasta el Poble-sec de Barcelona, donde vivo yo”

Siempre me gusta buscar el lado positivo de las cosas y me doy cuenta de que esta pandemia nos está uniendo más a mi familia, desde la Costa Oeste de Estados Unidos hasta el Poble-sec de Barcelona, donde vivo yo. Nos hemos movilizado de formas que nunca habíamos hecho cuando lo teníamos más fácil. Mi hermana mayor se ha encargado de que el supermercado le lleve la compra a casa a mi padre y les pidió a sus amigos que le enseñaran a manejar el portátil. Mi hermana mediana lo inscribió al servicio de ayudas alimentarias del Gobierno y yo le he pedido a un antiguo amigo de la Universidad que vaya a verle de vez en cuando para ver qué tal está y para recordarle que es muy importante que permanezca en casa.

Estoy lidiando con la culpabilidad por no estar con él. Mi decisión de no volver a Londres no fue sencilla, pero ya no tengo casa allí, mi pareja es francesa y, aunque regresara, no tendría permiso ni para cruzar el porche delantero de mi padre. No hay decisiones sencillas cuando reina el caos.

Para transformar la culpabilidad en algo más productivo, le hablé a mi padre de mis recuerdos favoritos de mi infancia cuando nos íbamos de vacaciones, como cuando íbamos en coche a Southend (Inglaterra) cuando teníamos fiesta y cantábamos Fernando, de Abba. He chillado de emoción al ver a mi sobrino reptar y dar sus primeros pasos (en vídeo, claro) y he jugado a Scrabble por videollamada con mi sobrino en París (flexibilizando las reglas para que no se enfade ni él ni su madre). Los tres hermanos nos hemos reunido por Zoom para celebrar la pascua judía, que es siempre una época para reflexionar seriamente, pero este año también ha sido motivo de celebración, ya que hemos compartido la receta secreta de mamá de su sopa de pollo con dumplings.

“He chillado de emoción al ver a mi sobrino reptar y dar sus primeros pasos (en vídeo, claro) y he jugado a Scrabble por videollamada”

Con el resto de mis familiares también me siento más cercano que nunca, ya que me he obligado a hablar con ellos por teléfono con más frecuencia. Hasta ahora, nunca le había mandado un WhatsApp a mi tío. Soy un friki de la genealogía, de modo que después de una exhaustiva investigación de mi árbol familiar, estoy hasta disfrutando mis conversaciones con un primo de Toronto que descubrí hace poco.

Antes decíamos en broma que nuestra familia solo se reunía en los funerales y que teníamos que hacer un esfuerzo para reunirnos en ocasiones más felices. No sé si esto cuenta como tal, pero aunque haya surgido por el miedo o por la emoción que sea, a partir de ahora, me comprometo a unir de verdad a mi familia. Si no pueden ser reuniones animadas, por lo menos que sean sinceras.

Al fin y al cabo, nadie sabe cuándo o cómo acabará esta situación.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.