Life

Mi hijo y yo visitamos a una médium y nos hizo un regalo inesperado

"Me siento desfallecida. Esa sesión ha sido más de lo que esperaba y estoy al borde de las lágrimas".

Mi hijo de 20 años, Cameron, y yo llegamos temprano al despacho de la médium. El aparcamiento tiene muchas plazas, pero escojo una alejada de la entrada. Estoy temblorosa. Me sudan las manos.

Mi madre murió cuando yo tenía 11 años y mi padre, cuando tenía 35, ambos de cáncer. Desde que perdí a mi madre, he pensado en visitar a un médium para asegurarme de que aún sigue conmigo de algún modo y de que está orgullosa de mí. Aun así, jamás he buscado una cita. A menudo les he dicho a mis amigos que no quería ir porque no quería que me timara un charlatán con mensajes ambiguos sin sentido, pero hay más motivos. Me da miedo que se aprovechen de mí, pero me asusta más que no haya nada que oír y que mis padres no estén ahí.

Ahora tengo 43 años, la edad que tenía mi madre cuando murió. He hecho cambios en mi vida con motivo de esta fecha: he adoptado un estilo de vida más sano, por fin me he hecho la mamografía que llevaba 8 años aplazando y cuando una buena amiga me habló de su buena experiencia con una médium, respiré hondo y me apunté a la lista de espera.

“¿Entramos?”, me pregunta Cameron.

“No tengo muchas esperanzas en esto”, le digo. “Probablemente sean un montón de datos que valen para todo el mundo”.

“Es lo que pienso yo”.

Una vez dentro, Cameron y yo nos sentamos el uno al lado del otro. La habitación está escasamente decorada. Las paredes y los muebles son de color pastel, hay música relajante de fondo y el olor del incienso flota en el ambiente. Así es como me imaginaba que sería la habitación de una médium.

“Cameron se inclina hacia delante y su mirada pasa de la médium a mí. Puedo leer una pregunta en su rostro estupefacto: ¿Esto es real?”

La médium se sienta frente a nosotros. Tiene un carácter seguro y tranquilo, melena rubia a la altura de los hombros, viste con una blusa de color crema y pantalones ajustados y muestra una sonrisa amable. No nos pregunta con quién nos gustaría contactar. Sabe mi nombre porque consta en mi reserva y sabe que mi acompañante es Cameron.

“Solicito a cualquier ser querido que manifieste su presencia para que sepamos que están aquí”, dice con los ojos cerrados. Me tiemblan las manos y el estómago se me retuerce.

“Jo”, prosigue. “¿Has perdido a tus dos padres?”.

“Sí”, respondo.

“Están los dos aquí con otro familiar que se llama John”. Abre los ojos.

“Es mi abuelo”.

Me quedo sorprendida. No esperaba que supiera ningún nombre. Tampoco me esperaba a mi abuelo.

“¿Tus padres no estaban juntos?”.

“No, se divorciaron cuando yo era pequeña”, contesto.

Miro a Cameron, que tiene los ojos muy abiertos y llorosos, como yo. Me pregunto cuánta de esta información se puede conseguir por internet.

“¿Tu madre era profesora?”.

“Sí”.

“Cameron, tu abuelo quiere recordarte la vez que fuisteis a pescar juntos. Tú tenías 7 años”, dice la médium.

Cameron se inclina hacia delante y su mirada pasa de la médium a mí. Puedo leer una pregunta en su rostro estupefacto: ¿Esto es real?

Asiente lentamente. Tiene en su cuarto una foto enmarcada en la que sale pescando con mi padre en julio de 2006. Hago las cuentas en mi mente y, efectivamente, tenía 7 años.

“También quiere recordarte el cochecito que te enseñó a conducir”.

Asentimos. Mi padre le construyó a Cameron un cochecito utilizando un motor de cortacésped cuando era muy pequeño y disfrutó mucho enseñándole a conducirlo.

La médium me mira con un gesto de confusión.

“Tu madre me pide que te diga ‘canguro’, que te recuerde dos cosas sobre canguros. ¿Entiendes algo?”.

Lo entiendo. Lo entiendo perfectamente, y Cameron también. Como madre soltera, mi madre ahorraba todo lo que podía de su sueldo de profesora y nos llevaba de mochileo todos los veranos. Nuestro viaje favorito fue a Australia. Nos hizo una foto a mi hermano y a mí en el Santuario Lone Pine de Brisbane, y en la foto salimos fingiendo que le tirábamos de la cola a un canguro. Años después, mi marido y yo hicimos con nuestros hijos el mismo viaje a Australia, visitando todos los lugares en los que habíamos estado con mi madre. Quedamos con mi hermano en Brisbane y recreamos la foto en el Santuario Lone Pine fingiendo que le tirábamos de la cola al canguro.

“Sí, llevé a mis hijos a Australia a los sitios a los que fui con ella”.

“Ella estuvo contigo en ese viaje”, me dice.

Asiento. Las manos ya no me tiemblan. Cameron y yo hacemos los mismos gestos. Estamos inclinados hacia la médium y de tanto en tanto nos miramos con incredulidad. La médium tiene más cosas que decirnos. Muchas más cosas, también mensajes detallados para mis primos de parte de mi padre y mi tío. Más nombres, más recuerdos y más detalles que es imposible que sepa esa mujer. Es emocionante. Entre toda esa información precisa me da un dato más general al que no le encuentro sentido. La médium dice que mi madre me quiere decir que los arcoíris son importantes para mí. No sé a qué se refiere y se lo digo a la médium.

“Quizás lo entenderás más adelante, o quizás nunca lo hagas”. Esa clase de mensajes vagos son los que me temía que habría en esta sesión de espiritismo. Es la primera vez que dice algo general y la primera vez que no sé por dónde cogerlo.

“¿Conoces a algún Danny o Dan?”.

“Sí”, le digo. “Es mi hermano”.

“Tu padre dice que es un espíritu libre, un aventurero. Está planeando un cambio importante en su vida para los próximos años. Tu padre me indica el número 50. Tienes que decirle que lo haga. Debe seguir su corazón. Vivirá mejor aunque su novia no esté de acuerdo todavía”.

Mi hermano lleva un tiempo diciéndome que le gustaría mudarse a Francia o España en los próximos años, alrededor de su 50 cumpleaños. Su novia está mucho menos segura. No sé cómo sabe lo que sabe esta médium, pero lo que dice es muy sorprendente. Echo un vistazo por la habitación. ¿De verdad estáis ahí? ¿Mamá, papá?

La sesión termina y Cameron y yo salimos. Entornamos los ojos por el brillo del sol. No hablamos. Me siento desfallecida. Esa sesión ha sido más de lo que esperaba y estoy al borde de las lágrimas. Cameron me da un abrazo enorme, que es justo lo que necesito.

“¿Qué piensas?”, le digo.

“Increíble, no me lo esperaba para nada”, responde.

“Yo tampoco”.

“¿Cómo ha podido saber todo eso?”, pregunta Cameron, mirándome en busca de respuestas.

“Cam, no lo sé, de verdad”.

“Tiene que ser real. Sabía demasiado. Tiene que ser real”, repite.

“Supongo”.

Cameron me lleva a casa en coche y pasamos la siguiente hora y media sin parar de hablar.

“Me ha gustado cuando ha dicho que tu madre tenía una personalidad más fuerte que la del abuelo. Así me la imaginaba yo por cómo la describías”, comenta.

“Sí, ha acertado de lleno”.

“¿Cómo ha podido saber que a los 7 años fui a pescar y lo de que el tío Daniel se quiere mudar?”, se pregunta Cameron en voz alta.

“No lo sé”, le digo. “Es increíble”.

Pasamos el resto del viaje hablando de lo que recuerda Cameron de su abuelo y su tío. Comentamos nuestro viaje a Australia y le hablo más de mi madre. Con Cameron al volante y sin que ninguno de los dos mire el móvil, tenemos una conversación larga y profunda. Nos pasamos buena parte de ese rato riéndonos entre lágrimas.

A la mañana siguiente llamo a mi hermano Daniel. Lo pillo en el aeropuerto de Saigón (Vietnam) justo después de una de sus carreras de bici. Ha perdido el vuelo a Singapur. Sí, es un espíritu libre. Sí, es un aventurero. Le cuento lo que ha dicho la médium y lo que papá supuestamente piensa sobre ese viaje. Se produce un silencio más largo que el típico retraso por interferencias en la línea.

“Solo te lo dije a ti y quizás a dos personas más”, me contesta. Le cuento lo del canguro, las dos veces, y su reacción es la misma que la mía: “¿Cómo es posible?”.

Paso las siguientes horas en Facebook e Instagram, decidida a encontrar todo lo que haya podido averiguar la médium antes de nuestra visita. Hay datos sencillos: está el nombre de mi hermano y a través de sus fotos se puede deducir que viaja mucho y que hace carreras de bicicleta. También aparecen los nombres de mis primos. Hilando un poco más fino, también se puede ver que mis dos padres murieron y que mi madre era profesora.

De lo que no hay ni rastro en Facebook ni en ninguna otra red es de los viajes a Australia y los canguros. Yo no tenía Facebook cuando fui con mis hijos y aunque la médium hubiera visto las publicaciones privadas de Daniel en 2012, no publicó nada al respecto. De forma similar, la excursión de pesca de Cam cuando tenía 7 años tampoco aparece en ninguna red social, ni tampoco el plan de Daniel de mudarse, ni los detalles que nos dio en los mensajes para mis primos ni muchos otros datos que nos dio la médium. Soy una persona muy emocional, pero también soy lógica. ¿Qué pasa cuando mi proceso de razonamiento deja como única explicación la que en apariencia es más irracional?

“Quiero creer que mis padres han estado ahí conmigo siempre, pero me resulta difícil. No soy capaz de acallar esa parte escéptica de mí, por mucho que quiera”

Llamo a mi amiga Caitlin, mi fuente de conocimientos para todo lo relacionado con lo espiritual y lo psíquico. Está alucinada con la cantidad de detalles que nos ha dado la médium.

“Puedes creértelo, estaban ahí”, asegura. “De todas las personas que conozco, si a alguna le deseaba esto es a ti”.

Estoy emocionalmente agotada. Ya no sé qué pensar. Quiero creer que mis padres han estado ahí conmigo siempre, pero me resulta difícil. No soy capaz de acallar esa parte escéptica de mí, por mucho que quiera.

Mi mayor esperanza con esa sesión de espiritismo era oír que mis padres están ahí cuidando de mí. Me lo dijeron, pero aún hay algo en mi interior que me impide creer en su presencia sobrenatural. Mi mayor temor era ser una ingenua y que alguien quisiera aprovecharse de mi sufrimiento para ganar dinero.

Cuando nos fuimos, la médium dijo: “Si quiere volver, le rogaría que esperara un año por lo menos”. Vale que tiene lista de espera, pero no parece el comentario de una persona que busca maximizar sus beneficios a partir de mi pérdida. Volveré, quizás dentro de un año o dos, quizás a otro médium, siempre que tenga tan buenas valoraciones. Quiero saber más. Quiero creer.

En los días siguientes a nuestra visita, Cameron y yo nos mandamos mensajes sobre la médium. Le digo que me alegro mucho de que haya venido conmigo. Él dice que también se alegra. Cameron, mi hijo mayor de 1,83 metros, ya no es mi pequeñín. Ya no me hace compañía a todas horas. Ya no se queda quieto donde lo dejo: en la cuna, en el colegio, en el entrenamiento de lacrosse... Ahora tiene su propio mundo, una relación seria con su novia, su vida universitaria, sus triunfos, sus problemas y sus esperanzas. Sin embargo, cuando estuvimos con la médium y después en el coche, fue simplemente mi hijo, y su compañía fue un alivio y un apoyo.

Lo sepa la médium o no, nuestra sesión con ella me dio un regalo que no me esperaba: no fue la oportunidad de conectar con mis difuntos padres (algo que igual sucedió o igual no), sino la oportunidad de conectar con mi hijo.

Cameron está dando sus primeros pasos como adulto y nuestros caminos se están separando. Todos andamos distraídos por lo que nos sucede, por los móviles y por nuestras preocupaciones. Independientemente de lo que pasara con la médium (algo sobrenatural o no), nuestra sesión fue un modo de darle al botón de pausa y de centrarnos en la familia, en los seres queridos y en nuestros recuerdos compartidos.

Conectar con Cameron a este nivel emocional tan profundo fue una forma de recordarme que tengo que hacerlo más a menudo, da igual lo ocupados que estemos. Por mucho que me pregunte qué es lo que vivimos en aquella sesión, estoy segura de que mis padres habrían querido que recibiera ese mensaje.

Jo Varnish es editora de X-R-A-Y Literary Magazine. Ha trabajado dos años de escritora para L’Atelier Writers y está estudiando un máster. Puedes contactar con ella por Twitter en @jovarnish1.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.