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07/06/2020 08:29 CEST | Actualizado 07/06/2020 08:29 CEST

#MicroEnCasa, tres comedias confinadas de 15X15

Solo cuesta un euro cada función, valor de mercado que no es su valor real, ni de lejos, pero así de precaria es la normalidad vieja y nueva del teatro.

Las condiciones en las que se puede exhibir teatro hasta que haya una forma efectiva de prevenir y tratar la infección por covid seguramente determinarán mucho el futuro de salas como Microteatro por dinero. Un teatro que convirtió las habitaciones de un prostíbulo de la calle de la Ballesta madrileña en pequeñas salas de exhibición de obras muy breves. Obras de 15X15, es decir, obras de 15 minutos hechas en 15 metros cuadrados. Cuya vida dependía de que tuvieran éxito y de los compromisos que les surgiesen a sus equipos artísticos. Un espacio de flexibilidad. Tuvo tanto éxito que no solo les copiaron, sino que abrió franquicias en España y también se expandió por toda Hispanoamérica, sobre todo por México. Y ahí sigue.

Fiel a ese espíritu, ofrece un programa en streaming que ha llamado #MicroEnCasa. De nuevo se presentan piezas breves que suceden en habitaciones pequeñas. Esta semana ofrecieron tres comedias: Cocinaitor 3000 de Inma Garzía, SES, Servicio Estatal de Suicidios de Fernando López Acosta y Julián Salguero, y El covid me mata de Carmen Mayordomo e Iván Ugalde. Tal vez, no les suenen mucho, pero si se fijan los habrán visto como secundarios o actores de reparto de muchas series y películas y con roles más importantes en el teatro. Sobre todo, Carmen Mayordomo, que siempre es un reclamo para la crítica y el público especializados.

Tres obras que juegan el denominador común de la comedia, del chiste y la risa. Habitualmente creadas a partir de una feliz idea alrededor de la que se crean pequeños sketches simpáticos, graciosos. Curiosamente, en todas ellas hay al menos un momento en el que estalla la risa de forma espontánea. Ya sea por lo qué dicen o por cómo lo dicen, o por ambas cosas. Es donde más se echa en falta esa risa colectiva y en comunión que se produce en las salas teatrales por pequeñas que sean.

En Cocinaitor 3000 se asiste a la presentación de un robot de cocina de apariencia humana programado para conocer bien a su dueña. Una presentación comercial en el que se van a mostrar todas sus capacidades y donde los protocolos de la robótica fallan por la aparición del amor y el deseo. Algo en principio imposible que Inma Garzía y Agustín Osses bajo la dirección de Tomás Cabané hacen creíble, verosímil, en la confinada y mínima cocina en la que sucede la obra esta parodia de las reuniones en las que se venden robots de cocina. Entre los tres consiguen una breve comedia romántica, fresca, ágil, simple y sin complicaciones.

También SES, servicio estatal de suicidios se representa en una cocina mínima. En ella, un hombre está a punto de suicidarse. Tiene derecho. Pero como todo derecho en toda sociedad democrática está regulado y burocratizado. Esa burocratización absurda que en manos de Kafka se convirtió en un drama, una novela casi de terror, aquí es una comedia que juega el conflicto entre la desesperación de un tipo que quiere suicidarse y una funcionaria que tratando de facilitarle el proceso solo pone en el camino trabas burocráticas. 

Solo cuesta un euro cada función, valor de mercado que no es su valor real, ni de lejos, pero así de precaria es la normalidad vieja y nueva del teatro.

De nuevo tenemos a dos actores que se apropian de un texto, lo hacen suyo, y parece que lo que hacen no tiene misterio. Pero no es tan fácil. No es fácil tener presencia y moverse en ese espacio mínimo de forma orgánica. No es tan fácil hacer que funcione el conflicto de dos personajes que se mueven en registros distintos. No es tan fácil ser esa funcionaria tópica pero que Estefanía Rocamora hace, desde ese registro, reconociblemente atípica.

Por último, El covid me mata, también juega a la comedia. Título que parafrasea Madrid me mata, el famoso lema de los ochenta del siglo pasado que se convirtió en título de una revista y todo. Es ese espíritu de la movida el que alienta la obra. Sobre todo, en el personaje de Iván Ugalde, nen@, tan cercano al Fabio McNamara que se podía ver en las películas de Almodóvar de aquellos tiempos.

Esta obra sitúa a dos amigos en una video conferencia, en la que esta larga situación de confinamiento, nena le hace revelaciones a nen@. La primera cree estar viviendo un poltergeist. Y el segundo, que ante tal revelación no puede dejar de medicarse y tomar otras sustancias (otra característica del cine de la movida madrileña) acaba proponiéndole un exorcismo. Una obra que, quizás, necesite cierto ajuste sobre todo en su transición hacia el final. Pero que, de nuevo, tiene esa naturalidad que a pesar de lo absurdo de lo que se está viendo, al espectador no le extrañará, como si pudiera ser posible.

Tal vez la clave se encuentre ahí. En que estas comedias absurdas parecen posibles, que sus paródicos y teatrales personajes parezcan ciertos, de verdad, a ojos de la audiencia. Trabajos que seguramente no pasen a la posteridad, tampoco es de creer que lo pretendan. Pero que permiten a sus equipos artísticos, dentro de lo relativamente convencional, el juego y afinar el oficio, conocerlo aún más. Pues suelen ser los que escriben, dirigen, hacen la escenografía, elijen el vestuario e interpretan.

Encima lo hacen para regocijo del público que ya dio el espaldarazo a la propuesta física y, es de suponer, que lo harán a la propuesta virtual. Máxime cuando solo cuesta un euro cada función, valor de mercado que no es su valor real, ni de lejos, pero así de precaria es la normalidad vieja y nueva del teatro.