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19/09/2021 09:55 CEST | Actualizado 19/09/2021 09:55 CEST

Mis tirabuzones

Los falsamente autodefinidos garantes de la libertad son los que señalan cómo me tengo que vestir o peinar.

TELECINCO
Mónica García, en 'El Programa de AR'.

Es tan esperpéntico que no sé ni cómo empezar la columna. A ver, imaginemos que estamos viendo una película de romanos y sale una imagen de sus senadores en el parlamento. O una película sobre cualquier momento de la historia donde, tras una crisis mundial, véase guerra, véase epidemia, aparece una imagen de su sede soberana donde se van a decidir los destinos nacionales y el futuro de la reconstrucción social. Empieza una música épica y subimos el volumen a la espera del magno discurso que nos ponga la piel de gallina y nos haga sentir el orgullo patrio. En ese momento escuchamos al presidente o presidenta recién electa decir: “porque usted, un día se presenta en Ana Rosa con look pepero, con tirabuzones, y al día siguiente va a perrear a la Cadena SER diciendo que es la más moderna y que está en contra de mis políticas sanitarias y económicas…” (aplausos, risas y vítores por parte de la bancada popular). Tras los primeros instantes de gatillazo patrio e incredulidad, inmediatamente pensamos que, o estamos en un programa de humor enlatado, de esos que dobla las películas con fragmentos absurdos, o la película era de serie C sin presupuesto para guionistas ni para directores.

Bien, pues esto, que ni Berlanga vio venir, ocurrió el pasado jueves en la Asamblea de Madrid en el primer pleno tras la mayor epidemia de la historia reciente. La protagonista, nada menos que la recién elegida presidenta de la Comunidad de Madrid que va a decidir nuestros destinos. El contexto, una respuesta a una pregunta de control al Gobierno donde se preguntaba por los problemas de los y las madrileñas. Redoble de tambor.

A ver si ahora vamos a tener que pedir permiso a los señoritos del PP para defender la sanidad pública, la justicia social o la equidad porque vamos bien vestidas o peinadas con tirabuzones

Todavía bajo los efectos anestésicos de la estupefacción, no sé si lo más grave fue el uso de un parlamento como escenario de la bajeza política o el uso de la política como herramienta de difamación y descalificación personal del oponente, en este caso yo misma. Como todo el mundo comprenderá, a mis 47 años, las opiniones personales sobre cómo soy, dónde vivo, desde dónde hago política, cómo bailo o cómo me peino, me importan más bien poco y mucho me temo que tampoco están entre las principales preocupaciones de los ciudadanos. Lo que sí me llama la atención es que sean los falsamente autodefinidos garantes de la libertad los que señalan cómo me tengo que vestir o peinar, dónde tengo que vivir, cómo tengo que votar, cómo debo de comportarme y qué valores debo defender en base a mi estatus social. Pues no, señora. Precisamente la libertad consiste en vestir, votar, bailar, amar, pensar, morir, vivir y tener tirabuzones como te dé la gana. Y criticar sus políticas sanitarias y económicas, faltaría más. Y defender los principios y valores que consideres desde donde te dé la gana sin que nadie utilice prácticas propias de los abusones de clase para coartarte. A ver si ahora vamos a tener que pedir permiso a los señoritos del PP para defender la sanidad pública (de sus garras), la justicia social o la equidad o vamos a tener que dejar de criticar sus políticas sanitarias y económicas o vamos a amilanarnos por denunciar sus tropelías porque vamos bien vestidas o peinadas con tirabuzones.

Tras la anécdota berlanguiana se esconde un profundo desprecio a la política y una incapacidad preocupante para elevar los discursos que deberían traslucir algún respeto por las instituciones y por la ciudadanía. Debería preocuparnos cuando al preguntar a un gobierno por los niños y niñas desatendidos en atención temprana o los servicios de urgencias de atención primaria cerrados encontramos jocosas referencias a mi persona y mis tirabuzones, aplaudidas por toda una clá como si de una barra vikinga se tratase, dispuesta a reír cualquier falacia ad hominem que espete su presidenta. Porque luego vienen los suspiros por la baja calidad de la política y sus consecuencias.

Tras la anécdota se esconde un profundo desprecio a la política y una incapacidad preocupante para elevar los discursos que deberían traslucir algún respeto por las instituciones y por la ciudadanía

Pero nosotros a lo nuestro, que nos gusta Berlanga pero sólo para deleitarnos culturalmente. Por eso desde Más Madrid vamos a seguir haciendo Política con mayúsculas, centrándonos en una oposición constructiva, cotidiana y contundente. Y nuestros aplausos y vítores seguirán yendo hacia todos aquellos que quieran mejorar la vida de la gente y hacer de este mundo un lugar mejor y menos zafio.

Termino con una canción popular que decía: “con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones”. Pues eso, con los ataques personales de la señora Ayuso me seguiré haciendo tirabuzones.

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