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12/04/2019 07:30 CEST | Actualizado 12/04/2019 07:30 CEST

No quiero ir a clase (I)

Elva Etienne via Getty Images

Seguramente habréis oído hablar del bullying o acoso escolar, pero ¿sabéis realmente qué es? No me refiero a las definiciones que os podemos dar en tutoría, o en algún vídeo que hayáis visto o en cualquier folleto de esos que ojeáis y tiráis a la basura. Yo me refiero a saber lo que es en primera persona, o bien sufriéndolo, o bien ejerciéndolo, o bien siendo testigo.

Las películas no valen, son una mera proyección externa a nosotros y, por mucho que veamos o nos digan, jamás podremos saber qué se siente en tu interior cuando estás siendo objeto de acoso escolar.

Yo he tenido alumnos que no querían ir a clase. Alumnos que se inventaban cualquier enfermedad con tal de no venir al instituto: un dolor de cabeza, de barriga… ¿y sabéis lo peor? Que era tal su estado de ansiedad que lo terminaban somatizando, es decir, las enfermedades que usaban de excusa se les convertían en reales y les comenzaba a doler la cabeza o la barriga de verdad. Vomitaban de verdad. Lloraban de verdad (la somatización es algo frecuente en medicina, ya lo comprobaréis con la edad).

Lo hemos comentado ya, pero en muchas ocasiones pensamos que los demás son como nosotros y se toman las cosas que les suceden igual que nosotros. Y eso no es para nada así. El que a ti te dé igual que te digan cabezón no quiere decir que a todos nos pase lo mismo.

Puede que tú tengas un carácter más abierto o que encajes mejor las bromas, por lo que te resbala lo que te digan o, es más, les respondas con otro insulto mayor.

Pero hay personas a las que eso mismo, aunque no digan nada, les afecta mucho. ¿Que para ti es una tontería? ¡Vale, pero para ti! Para el otro no. Lo mismo que para ti es mejor un equipo de fútbol que otro o te gusta más una comida que otra, a nuestros compañeros pueden sentarles fatal cosas que a ti te pueden parecer hasta divertidas.

Así un día tras otro, un día tras otro… hasta que llega un momento en que, en el mejor de los casos, se inventan excusas para no ir a clase. Y en el peor de los casos… se suicidan.

Y ese insulto tuyo, esa broma, ese comentario, esas risitas después de mirarlo se le quedan dentro y se le clavan hasta hacerle daño. Y así un día tras otro, un día tras otro… hasta que llega un momento en que, en el mejor de los casos, se inventan excusas para no ir a clase y verte y soportar tus burlas. Y en el peor de los casos… se suicidan.

¿Te imaginas ser responsable de la muerte de alguien? Es muy duro, pero imagina que alguien se termina quitando la vida por las bromitas que le gastáis en clase. ¿Qué vais a decir después? ¿Que no queríais que se suicidara? Hombre, eso está fuera de toda duda pero, una vez que la víctima ha dado el paso, ya no hay vuelta atrás

Y pasan… estas cosas pasan. Los seres humanos somos tan tontos que pensamos que nada de lo que ocurre en la vida va con nosotros. ¿Cáncer? Bah, en mi familia no. ¿Accidente de tráfico? Bah, en mi familia no. ¿Problemas económicos? Bah, en mi familia no. ¿Que un alumno lo esté pasando tal mal que llegue, incluso, a quitarse la vida antes de terminar la ESO? Bah, en mi instituto no.

¿Y cuando pasa, qué? Se nos corta la respiración, se nos agarra un nudo imposible de deshacer en el estómago y llegan las lamentaciones: pero si solo eran bromas, si no iba en serio, si estábamos de cachondeo, si…, si… si se ha suicidado tu compañero.

Debemos tener mucho, mucho cuidado con cómo tratamos a los demás porque no sabemos cuál de nuestros compañeros puede estar viviendo un infierno en silencio.

Si alguien no te cae bien, o te parece estúpido, o lo que sea… no te juntes con él. Así de fácil. Pero no gastes energías en humillarlo. Es mucho mejor, más fácil y más reconfortante hacer el bien que el mal.

Abordaremos en las próximas semanas una serie de entregas sobre el acoso escolar, tan tristemente de actualidad, íntegramente extraídas de mi obra ¡Espabila, chaval!, recientemente reeditada por Booket (Grupo Planeta).

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