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27/06/2019 07:21 CEST | Actualizado 27/06/2019 07:21 CEST

Nuestro bibliotecario

Dougal Waters via Getty Images

Todo lo que sé se lo debo a los libros, lo reconozco. Estos han llegado a mí a lo largo de toda mi vida, pero, los que más recuerdo, los que más me han influido, son los que descubrí a partir de mi etapa universitaria. 

Y es que no ha pasado un solo día, desde hace miles, que no haya agradecido el haber sido admitida en la facultad de Ciencias de la Información. Aunque desde que tengo memoria había ansiado ser arquitecta, lo cierto es que sentí que me desgajaban parte del alma cuando, por un error informático, no di con mi nombre en el listado de admitidos en Comunicación. Mientras maldecía mi mala fortuna, el ordenador reaccionó y así, entre la K y la M, apareció mi nombre auspiciando un futuro que jamás podría haber imaginado. Ahora sé que no podía haber sido de otra forma.

Como la ingratitud me espanta y en nuestra sociedad es un vicio, reconozco que ni una sola vez he conseguido un logro sin acordarme de aquel día en el que creí que lo había perdido todo. Cada artículo que publico, cada proyecto que acabo, cada libro que escribo se lo encomiendo a mi alma mater, a aquel lugar del que obtuve más de lo que pude soñar. Pero no es al edificio, ni al conjunto de pasillos laberínticos que lo componen, a quienes estoy agradecida, sino a la grandeza de algunas de las personas que me acompañaron en mi viaje de estudiante, investigadora y profesora durante más de una década. En especial a Javier, un bibliotecario cuya diligencia y generosidad no olvidaré jamás.

“Qué pérdida tan absurda es morirse ¿verdad?”, reflexionaba un día mientras en mis manos pendían docenas de libros que me permitía ojear: “Cada persona se pasa la vida adquiriendo conocimientos y, justo cuando más sabe, es cuando toda esa información se pierde”, cavilaba con razón y cierto pesimismo. “Debería poder extraerse toda esa información del cerebro; y por eso es tan necesario que la gente lea, para que todo pase de generación en generación”. 

A él le preguntaban alumnos y profesores y, por eso, cuando Javier se retiró, la gran biblioteca quedó huérfana de conversaciones.

Escucharle siempre ha sido como conversar con un hombre-libro de Ray Bradbury, de sabiduría y paciencia infinitas. Estudiaba yo con becas, y por eso siempre recurría a la biblioteca para obtener los manuales de las asignaturas que, en nuestros estudios, se contaban por veintenas. Libros y páginas y letras desfilaron por mi mente, conformando quien soy ahora. Libros con fechas de caducidad que Javier siempre condonó, sabiendo que yo era responsable, pero no infalible. Cuando entregaba volúmenes con retraso él, sabio y cómplice, exponía en alto: “Muy bien, todo entregado en fecha, puedes llevarte otros seis”, y sus compañeros jamás sospecharon de mi incumplimiento. 

Javier localizó para mí signaturas rebeldes que se negaban a ser encontradas; con él podía acceder a los libros de depósito que rara vez emergían de su placentero descanso. Javier me buscaba películas, cambiaba los plazos de vencimiento, me ponía al día en las novedades de la universidad. A él le entregué mi primer libro, dedicado a aquel lugar casi sagrado al que he encomendado tantos días y meses y años. En sus pasillos reposa mi tesis y una docena de libros más. 

Con su humildad y su cariño conversamos sobre letras y autores; sobre filósofos y cineastas. A él le preguntaban alumnos y profesores y, por eso, cuando Javier se retiró, la gran biblioteca quedó huérfana de conversaciones.

Javier transgredió lo transgredible por auxiliarme y, como a mí, ayudó a varias generaciones de licenciados, graduados, doctores y postgraduados. Con su complexión menuda, su rostro amable y sus manos ágiles, dejó en nosotros lo que somos ahora.

De no haber entrado nunca en aquella facultad, jamás podría haber conocido a una persona tan extraordinaria.

Hace dos semanas, cuando regresé a la Feria del Libro con mi editor, Guillermo Balmori, y me vi envuelta por tantos volúmenes de cine, por lectores que deseaban un ejemplar firmado, y por tantos amigos acercándose a por su dosis lectora, me sentí conmovida por formar parte de ese engranaje que genera y consume lectura, de esa que nos hace más felices, más preparados y más nosotros.

Por eso el pasado viernes, cuando asistí al programa de cine de Moisés Rodríguez, Secuencias 24, para hablar de nuestro libro de El Mago de Oz, miré desde los pies de Torrespaña y pensé en Javier; le agradecí que hubiera colocado en mis manos tanta lectura y, con ella, tanta libertad. 

De no haber entrado nunca en aquella facultad, jamás podría haber conocido a una persona tan extraordinaria. 

A veces, que un antiguo ordenador frene en seco y ponga indecisión en nuestras certezas, nos permite saborear el dolor de perder lo que no sabemos que vamos a lograr. 

 

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