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24/06/2021 07:06 CEST | Actualizado 24/06/2021 07:06 CEST

Perdonar a Casado

Ni la pírrica recogida de firmas ni sus intervenciones monotemáticas en cualquier espacio del Congreso parece que hayan tenido efecto alguno.

EFE
Pedro Sánchez y Pablo Casado.

“El Gobierno de España ha decidido afrontar el problema, buscar la concordia. Por eso, pensando en el espíritu constitucional de concordia, propondré al Consejo de Ministros conceder el indulto a los nueve condenados en el juicio del ‘Procés’ que están en prisión”. Con estas palabras, el presidente Pedro Sánchez anunciaba desde el Liceu de Barcelona una decisión valiente, inteligente y coherente con la voluntad que las y los socialistas siempre hemos expresado: frente a los problemas, diálogo y soluciones.

Y no hay otra forma de abrir una nueva etapa entre catalanes y catalanas y entre Cataluña y el resto de España que anteponer la esperanza de un futuro mejor por encima de los agravios del pasado. Sin duda, una decisión, la de los indultos, que no es compartida por todos, pero que supone un gesto claro y decidido del gobierno de Sánchez para hacer política y para empezar un nuevo tiempo de reencuentro.

El apoyo a esta medida de gracia no ha parado de crecer en las últimas semanas. Todos los partidos del Congreso menos las dos derechas y lo que queda de la tercera, Ciudadanos, así como multitud de colectivos y agentes sociales como los sindicatos, el presidente de la CEOE o incluso los obispos, se han mostrado favorables en sus declaraciones. No es fácil unir a tan diversos grupos de interés en una misma forma de ver las cosas, y lo que parecía un terremoto político que podría hacer peligrar las futuras expectativas electorales de los partidos del Gobierno de coalición ha acabado siendo algo de sentido común. 

Común para casi todos, menos para las minorías extremistas. Resulta curioso, aunque no sorprendente, ver como coinciden en la oposición a estos indultos en el PP y en la CUP, en VOX y en la ANC. Suele decirse que los extremos se tocan, pero creo que en este caso más bien es que hay quien lleva años viviendo de una bronca constante que han acabado convirtiendo en la fuente de la que beben en cada convocatoria electoral. 

No es de extrañar las posiciones estrambóticas de la ultraderecha de Abascal y de los presuntos anticapitalistas de la CUP. Pero mención aparte merece el papel desempeñado por el presunto líder del Partido Popular. Del primer partido de la oposición cabría esperar que criticara todo lo que le parece mejorable de la acción del gobierno de turno, pero también una cierta altura de miras y respeto a los valores constitucionales que entre todas y todos nos hemos dotado.

Los de Pablo Casado se frotaban las manos hace unas semanas. Pusieron toda la carne en el asador con su estrategia para exprimir al máximo el posible descontento con estos indultos y alargar durante meses su pretendido desgaste al Gobierno. Pues bien, Casado ha fracasado. Ni la pírrica recogida de firmas ni sus intervenciones monotemáticas en cualquier espacio del Congreso, incluso cuando se hablan de cuestiones que nada tienen que ver, parece que hayan tenido efecto alguno.

Lo que sí ha tenido efecto fue el pinchazo en Colón 2, una manifestación mucho menos concurrida que la anterior y en la que el protagonismo absoluto se lo llevaron los ultras de VOX. Tampoco parece que más allá de Madrid, en “los PP’s” del resto de España la estrategia de Casado haya despertado grandes pasiones. Ni tan siquiera los obispos y los empresarios han seguido al presidente popular. Y es que cada vez es más difícil creer que Casado va a llegar a la presidencia del gobierno.

Cada día cuesta más ver en él un político capaz de elegir sus batallas y salir del no a todo. Alguien en quien poder confiar en los grandes momentos para el país. Cuando el presidente Sánchez peleaba por los fondos europeos, Casado enviaba cartas a la UE desprestigiando a España y poniendo palos a las ruedas ante la llegada de la mayor inversión recibida nunca para poder paliar los efectos de la pandemia sin que nadie quede atrás. Cuando el gobierno de Sánchez diseñó un plan de vacunación nunca antes visto y que está resultando muy exitoso, Casado se dedicó a intentar minar la moral colectiva diciendo que ni en varios años podríamos vacunar a toda la gente que ya está vacunada. Y cuando por fin hay un gobierno en España que apuesta por la integridad territorial y por un proyecto colectivo esperanzador, Casado apuesta por la España pequeña y por la confrontación aunque sabe que con ello lo único que hace es dividir a su país.

No, el miedo electoral a VOX o la ansiedad por alcanzar la Moncloa no sirven de excusa cuando hablamos de momentos clave para nuestro país. Y en todos esos momentos, Casado ha abandonado a España. No sabemos si se arrepentirá, ni tan siquiera si sabe lo que hace, pero lo que cada vez resulta más evidente es que algún día a quien también habrá que perdonar es al líder de la oposición.

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