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Por qué deberías fijarte en si tu maquillaje se vende en China

Si te importan los derechos de los animales, atento.

El mercado de la cosmética y el maquillaje mueve millones, y al consumidor ya no le llega con un buen producto al mejor precio. Ahora también busca identificarse con los valores de la marca y revisar minuciosamente los ingredientes que se pone en la piel. Las tendencias eco y cruelty-free cotizan hoy al alza, y las marcas dirigen ahora su estrategia hacia ese mercado, aunque algunas han cimentado su crecimiento haciendo de esa filosofía su seña de identidad.

Es el caso de Lush, la marca de cosmética natural británica, que desde su creación se ha posicionado en contra del testado en animales, algo que la ha colocado como marca de cabecera para muchos. “Cuando empezamos nos dimos cuenta de que no teníamos el dinero suficiente para marcar la diferencia, pero podíamos usar nuestra voz con clientes y se nos daba bien explicar las cosas, así que ese es el rol que cogimos”, comenta Karl Bygrave, director de Lush e impulsor del premio de investigación Lush Prize, en una entrevista con El HuffPost.

Entrar en sus tiendas es como trasladarse a una especie de taller donde no solo se puede aprender sobre cosmética, también sobre cómo nuestra rutina y los productos que utilizamos afectan al planeta. Ha sido así desde que Lush dio sus primeros pasos, y ahora utilizan su posición a modo de plataforma para cambiar las cosas. “A medida que hemos crecido hemos ido teniendo más dinero para poder desarrollar alternativas y apoyar a grupos que están haciendo un buen trabajo”, comenta Bygrave.

Un ejemplo es la ONG Humane Society International, que trabaja sobre el terreno en varios países y que ayudó a escribir la legislación que prohibe el testado animal en India. “Cualquier ayuda que podamos proporcionar, la damos”, explica Bygrave que cuenta que han donado fondos e instalaciones para facilitar su trabajo en diferentes partes del mundo.

Bygrave y su equipo también han trabajado en China, donde está permitido testar en animales en el ámbito de la cosmética—motivo por el que algunas firmas del sector, como Lush, no venden allí— y donde impera la producción en masa a bajo coste. El gigante asiático es terreno peliagudo para las ONG, que tienen muy difícil trabajar debido a restricciones y permisos.

“A pesar de todo está habiendo cambios”, sentencia el británico. “Las autoridades chinas están reorganizándose y buscando alternativas, porque no solo tienen que querer hacerlo también tienen que aprender cómo hacerlo, cómo cambiar”, explica, y apunta que lo más probable es que monten una infraestructura propia, sin coger algunas de las opciones “que se han hecho en Occidente”. Pone como ejemplo el conocido modelo de las 3R (reducir, reutilizar, reciclar), algo que para él estaba muy bien hace treinta años, pero que no sirve para las necesidades actuales del planeta a día de hoy, ya que deberíamos centrarnos en “reemplazar todo”.

El cofundador de Lush apunta a que el modelo chino irá más en ese camino, aunque para él debería ser “más radical”. “Pero está claro que lo radical no es para todos”, comenta entre risas mientras explica que las autoridades chinas son “muy cuidadosas”. Bygrave opina que esa forma de hacer las cosas se debe a una obsesión por la seguridad de los ciudadanos, una seguridad que, según él, no se consigue con estos tests en animales en la industria cosmética. “Por eso el desarrollo de nuevas tecnologías es tan interesante, porque te pueden dar otra perspectiva y puedes aprender más sobre seguridad de tus productos”, insiste.

El “peligro” de exportar a China

El movimiento crece contra el testado en animales cada vez más y los consumidores buscan marcas que respeten esa ética. Por eso la etiqueta cruelty-free suma cada vez más adeptos, aunque en torno a su validez hay un amplio debate. La Unión Europea prohibe las prácticas de testado que se llevan a cabo en China, por lo que todo producto que se venda dentro de las fronteras europeas, está libre de crueldad animal. El problema viene cuando marcas que se cuelgan la etiqueta de bienestar animal, venden en el país asiático. Puede que ellas decidan no testar sus productos pero las autoridades chinas pueden decidir hacerlo unilateralmente después de producirlo.

“Cada empresa y cada consumidor tienen que pensar lo que producen y lo que compran respectivamente”, comenta Bygrave, que apunta que ellos siempre han optado por “no comprar materia prima o ingredientes de empresas que sí testan”. Tampoco venden en China. “Es un reto, obviamente, pero esta es nuestra posición y siempre la mantendremos. Vendemos en Hong Kong y sabemos que hay clientes que compran online. Y aunque sabemos que se están moviendo y que quizás en cinco años la situación haya cambiado, todavía no están donde nosotros queremos”, defiende el fundador de Lush que, además es consciente de que adentrarse en el mercado chino “es complicado porque muchas cosas de la filosofía de la marca no están muy en consonancia con la forma de pensar de la sociedad china”.

Su política de transparencia ha conseguido que tengan una base de fans leales, la pregunta ahora está en si el grueso de consumidores “está preparado para pagar más por la diferencia”. Para ello apuesta porque sepan qué hay detrás de lo que compran: “Cuanta más información disponible, mejores decisiones tomarás. Tanto en cosmética, como en moda, como con productos de limpieza para la casa”.

“Yo que soy consciente de las medidas que tomamos para comprobar cada ingrediente sé que lleva tiempo, y cuesta dinero. Si quieres que la gente reciba un sueldo decente y que todo se haga bien, para eso hacen falta personas, recursos y tiempo, y eso tiene un coste”, defiende Bygrave, que espera que los consumidores se den cuenta de que “no debería girar todo en torno al precio más bajo”. En países como China el problema es todavía peor y, según él, se están dando cuenta: “El coste que producir cosas baratas para Occidente tiene en su población, como la contaminación, es peligroso y está matándolos”.

“No debería girar todo en torno al precio más bajo"”

Precisamente el siguiente paso de Lush es centrarse en explicar de dónde vienen sus productos y cómo funciona toda la cadena desde la materia prima hasta la tienda. “Tenemos otros 20 años para aprender de dónde vienen los ingredientes y sus propiedades. Tenemos que intentar saber explicar a la gente todo esto y esperamos que aprendan y sean conscientes del coste que hay detrás de todo lo que compramos”, sentencia Bygrave.

Para demostrar que se puede innovar sin necesidad de utilizar las pruebas con animales lanzaron el Lush Prize. Se calcula que se utilizan 115 millones de animales en laboratorios alrededor del mundo y los científicos que han sido galardonados con esta beca han allanado el camino para que deje de ser una realidad.

Bygrave, impulsor de esta beca, está especialmente orgulloso de dos cosas. “Del reconocimiento a los científicos que trabajan durante años y que muchas veces no tienen el reconocimiento que se merecen”, explica mientras insiste en que también busca apoyar a los talentos más jóvenes. “Que sepan que hay una comunidad de personas haciendo lo mismo que ellos, que no están solos. Creo que este premio puede ayudar a presionar a gente con más experiencia y responsabilidad y demandar más fondos para proyectos”, defiende Bygrave.

El galardón, que ya ha repartido casi dos millones de euros, va más allá de la industria de la cosmética, que fue donde comenzó el debate. La ambición es que se convierta en una iniciativa cada vez más global, ampliándola al Spring Prize, para cuidar el planeta. “La sostenibilidad no es suficiente, tenemos que hablar de regeneración”, insiste.

Y, ¿cuáles son los siguientes pasos para Lush? Igual de sencillo a la par que ambicioso: “Deberíamos crecer para ser una empresa más grande. Si lo que hacemos es la forma correcta de operar, me gustaría ver más esta forma de trabajar. No solo para la compañía, también para la industria”.

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