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04/01/2021 15:00 CET | Actualizado 04/01/2021 15:00 CET

¿Por qué el Princesa de Asturias para Francisco Ibáñez?

Como en cualquier personalidad artística, su obra trasciende a las bondades y miserias humanas del propio autor.

Quim Llenas via Getty Images
Imagen de archivo de Francisco Ibáñez. 

Este pasado diciembre, treinta diputados/as europeos españoles firmamos una adhesión para impulsar la candidatura de Francisco Ibáñez para el Premio Princesa de Asturias de las Artes. Como impulsor de la iniciativa, confieso que no me fue difícil sumar a miembros de PP, Podemos, Ciudadanos, PNV o PSOE, antes bien su suma fue casi automática en todos los casos. Y sé que no se han adherido más por el poco tiempo en el que reuní los apoyos y porque a veces es complicado desbrozar nuestras cuentas de correo, más allá de las muchas urgencias diarias. 

Una de las cosas que más me satisfizo y que por su dimensión me sorprendió muy gratamente es que cuando hice pública la propuesta en redes sociales se produjo una auténtica avalancha de mensajes de apoyo. Quien utilice una red tal cual es Twitter, en la que solo hace falta que constates que por la mañana sale el sol para que recibas desde refutaciones automáticas hasta directamente insultos, será consciente de lo que supone no tener más que apenas un puñado de respuestas negativas o invectivas. Y es que se hace evidente que Ibáñez es patrimonio común de todos y todas, no importa ideología, procedencia geográfica o extracción social.

Una de las características que tiene el arte es su naturaleza bidireccional, interactiva, no solo es importante el emisor sino cómo el receptor recibe y traduce el contenido. Eso es lo que hace que nuestra experiencia ante la observación de un cuadro o la lectura de una novela sea absolutamente única, multiplicando mágica e infinitamente las dimensiones de una misma obra. Pero también la experiencia artística genera lazos y elementos compartidos entra quien crea y quien experimenta esa creación, y a su vez entre los mismos receptores. Esto es lo que hacemos generaciones y generaciones que hemos crecido leyendo a Ibáñez y a su pléyade de personajes. No solo son Mortadelo y Filemón, sino 13 Rue del Percebe, Rompetechos, el botones Sacarino… Cada cual de nosotros los hemos experimentado de una manera particular, pero nos hermanamos sensitivamente en territorios en los que nos reconocemos. Su proyección internacional o la adaptación de sus personajes al cine, habla también a las claras de la dimensión de la que hablamos.

Como en cualquier personalidad artística, su obra trasciende a las bondades y miserias humanas del propio autor

Particularmente aprendí a leer con mi madre señalándome lo que significaban aquellos signos del Mortadelo, antes de hacerlo en la misma escuela. Me emocionó mucho leer a varias personas en redes sociales diciendo lo mismo y señalando que fue a través del cómic como se aficionaron a la lectura -lo que es mi misma experiencia-. Estos días también he podido hablar con muchas personas, que me comentan su adhesión personal a la iniciativa, cómo somos deudos de Ibáñez en la conformación de una parte de nuestra misma personalidad. En mi caso mi sentido del humor, la percepción en la misma realidad de gags propios de “historieta”, el reírse para uno mismo con analogías que se referencian a elipsis que solo uno puede entender, es absolutamente tributario de la mente de Ibáñez. Como lo es la existencia de latiguillos automáticos adquiridos muy tempranamente y que que se han quedado conmigo para el resto de mis días; solo por poner unos ejemplos:  “O limpiada con bayeta o limpiada con estropajo su ropa lucirá más limpia con detergente Cascajo”, cada vez que veo una Olimpiada; “ese señor del bigote tiene cara de hotentote”, cada vez que veo a alguien con bigote; ese anciano japonés que se tiraba por la ventana tarareando una “vieja canción kamikaze”, cuando leo kamikaze;  ese delantero que era expulsado “por golpear con el ojo la rodilla del defensa contrario”, que anticipó una forma de hacer periodismo que vino después; o esas rompetechianas ocarinas en lugar de las “ocas finas” del cartel, no bien veo a una oca.

Hablando del estilo del humor de Ibáñez, solo hace falta darse un paseo con cierta madurez por el Quijote para darse cuenta de las magnas fuentes en las que bebe el maestro barcelonés (imperdible su Mortadelo de la Mancha). Y sí, Ibáñez es hijo de su tiempo y de la forma de ver la vida de su tiempo, es un anacronismo juzgar determinados sesgos muy evidentes con los ojos de hoy, porque sus sesgos son reflejo de una España que tanto ha avanzado desde el siglo XX y que reflejan con idéntica maestría otros/as grandes relatores del mundo de la novela o del periodismo. Y, obviamente, como en cualquier personalidad artística, su obra trasciende a las bondades y miserias humanas del propio autor (al que, por cierto, siempre le recuerdo de cada entrevista por una risa permanente que solo transmitía buen rollo). 

Dar el Princesa de Asturias a Ibáñez es también dárselo a una generación de humoristas geniales y nunca bien ponderados

Tampoco sería justo no valorar cómo desde el humor Ibáñez era capaz de sortear a la zafia censura del franquismo, incluso caricaturizando una dictadura militar en los mismos años 60 en El Sulfato Atómico (con su genial “presidente Bruteztrausen”, víctima más de “un golpe de garrote” que de un golpe de estado). Debemos también recordar su plante, junto con otros historietistas, cuando la extinta Bruguera les “robó” sus derechos de autoría y cómo gallardamente comenzaron a publicar aquella revista Guay con personajes nuevos; de allí salieron cosas magníficas como los Chicha, Tato y Clodoveo del propio Ibáñez, o el absolutamente genial Mirlowe del maestro RAF (mi favorito de aquella publicación).

Enlazando con esto último, dar el Princesa de Asturias a Ibáñez es también dárselo a una generación de humoristas geniales y nunca bien ponderados, muchos de los cuales nos han dejado ya, como el Escobar de Zipi y Zape, la Purita Campos de Esther y su mundo, o el propio RAF de Sir Tim O’Theo. El Princesa de Asturias de las Artes para Ibáñez sería también una dignificación del arte del cómic (o el más español “tebeo”) y situarlo como lo que es, un arte mayor de edad al nivel de todos los considerados ya así.

Me gustaría para terminar agradecer su esfuerzo a todas las iniciativas paralelas que hay con el mismo objetivo y pedir el apoyo expreso de quien se quiera sumar. Estoy seguro de que esta vez no iremos “todos juntos en unión hasta darnos el morrón”, sino que lo conseguiremos. 

Y con todo el cariño del mundo, pedirles a los y las miembros del jurado del Princesa de Asturias, que no sean “merluzos” ni “lepidópteros estrábicos” y hagan este año justicia, haciendo con ello felices a millones de conciudadanos.

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