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25/02/2021 07:14 CET | Actualizado 25/02/2021 07:14 CET

Por qué nadie quiere oír que estás liado

La carga de trabajo es una experiencia subjetiva.

www_slon_pics / Pixabay
Un trabajador estresado.

Digan lo que digan, la carga de trabajo es una experiencia subjetiva. Sobre todo porque depende mucho de la capacidad de quien ejecuta ese trabajo. Hay quien responde a un email complejo en unos minutos mientras que otra persona necesita el doble o el triple de tiempo. Bien porque tarda en enfocar la respuesta, porque no se concentra o simplemente porque escribe más despacio o sale a fumar cada dos por tres. Es cierto que las empresas han tratado de nivelar perfiles y, al menos en la teoría, personas con capacidades similares deberían acometer tareas similares.

Muchas empresas son templos del presentismo: llenos de gente muy liada

Pero todos sabemos que no es así. Por muchos motivos, entre los cuales están no solo la eficiencia, sino por ejemplo la personalidad de cada uno. Hay trabajadores más sociales que otros y aquellos invierten más tiempo en las relaciones que estos. A algunos otros les cuesta dejar en casa los problemas de casa y constantemente reviven escenas domésticas que les impiden poner foco en la tarea. También están los grandes inconvenientes creados por el principio de Peter, según el cual cada uno asciende hasta llegar al nivel de su propia incompetencia. La lista de motivos es interminable. Así que, salvo que se trate de poner tornillos, escoger lentejas o etiquetar botellas, la carga de trabajo siempre va a ser subjetiva.

Sin embargo, todos estamos igualmente liados, o sea muy liados. Incluyendo los que no salen de las redes sociales, los que se pasan la jornada fabricando memes, los asiduos al rincón del café, los que invierten una sospechosa cantidad de tiempo en el baño después de comer, los que siempre aprovechan para contar las monerías de su hijo a cualquiera que pase por su despacho, los que están como ausentes, que diría Neruda, los que estiran cualquier reunión hasta la caricatura y así sucesivamente.

No sería la primera persona que hace lo imposible por permanecer en su puesto de trabajo las horas que haga falta con tal de no ir a su casa, porque allí se aburre. Ni la segunda que aprovecha cualquier excusa para que su jefe vea lo ocupado que está y lo importante que es su presencia, sea la hora que sea. Y así ocurre que muchas empresas son templos del presentismo. Eso sí, llenos de gente muy liada.

Cada uno en su vida hace lo que quiere, pero es un error encarecerse ante los demás

Como también pasó en la anterior crisis, con el avance de las dificultades económicas asociadas a la pandemia veremos florecer todavía a más liados. Por el simple motivo de que todo el mundo querrá sacar brillo a su desempeño para evitar estar en la lista de los potenciales despedidos. Y la mejor manera es sin duda evidenciar en cualquier momento la gran cantidad de trabajo que cada uno padece. Es innegable que habrá profesionales que de verdad tendrán que asumir lo que les toca y lo que no, pero a su lado habrá otro grupo igual de numeroso que lo pretenda sin ser cierto.

Cada uno en su vida hace lo que quiere, por supuesto, pero es innegable que es un error encarecerse ante los demás. Mucho más si ese feo gesto también se extiende al entorno familiar. Estamos tan liados que solo podemos dedicar unos minutos a alguien que asoma en nuestro despacho, que tenemos que abandonar la reunión prematuramente para ir no se sabe dónde, que cortamos las llamadas en apenas segundos porque siempre tenemos otra más urgente, que no llamamos a nuestros seres queridos porque estamos muy liados y que ya ni siquiera les devolvemos las llamadas.

Nadie quiere que pongan en su epitafio “aquí yace fulano, que siempre estaba liado”

Estar liado se ha convertido en el nuevo símbolo de estatus: si estás liado eres responsable, comprometido, imprescindible. Pero como se te ocurra decir que tienes tiempo libre o que tu mañana está bastante despejada serás víctima de las miradas de los liados, es decir, de la secta del presentismo. Por tanto es mejor no decir nada, o proclamar a los cuatro vientos eso, que estamos muy liados. No vaya a ser.

Así, de manera lenta pero segura, y sin apenas darnos cuenta, nuestra actitud va lentamente alejándonos de los demás. O, mejor dicho, va alejando a los demás de nosotros. Porque siempre llega ese momento en el que alguien decide resolver sus problemas por su cuenta porque no los puede resumir en esos dos minutos que le damos. O que evita llamarnos para una reunión o proyecto porque hemos dicho que no una y mil veces. O que ya no nos invita a una celebración familiar porque nunca estamos disponibles. Porque estamos muy liados. Y con el tiempo nos vamos quedando un poco más solos. Y en paralelo, cada vez que decimos que estamos liados, otras voces a nuestro alrededor repiten lo mismo, en una patética escalada para ver quien lo está más. Y suma y sigue.

Quien siempre está liado es porque no se organiza bien

Seguro que nadie quiere que pongan en su epitafio “aquí yace fulano, que siempre estaba liado”. Y seguro que, con el corazón en la mano, todos reconocemos el valor de eso que se llama tiempo de calidad, que hoy se explica fácilmente diciendo que es el que pasamos haciendo cualquier cosa sin mirar el teléfono móvil.

Así que tal vez la próxima vez que esa cabeza aparezca por el despacho prometiendo contarnos algo en tres minutos convenga decirle que no se preocupe, que se siente y que use el tiempo que necesite. Y empezar a gestionarnos mejor porque, salvo muy raras excepciones, quien siempre está liado es porque no se organiza bien. Diga lo que diga. A ver si así, poniendo cada uno un poco de su parte, empezamos a dedicar a los demás el tiempo que necesitan. Con la enorme recompensa de que los demás también nos harán un poquito más de caso, que falta nos hace. Digamos lo que digamos.

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