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31/05/2020 10:11 CEST | Actualizado 31/05/2020 10:11 CEST

'Programa 2', teatro hecho con las ideas menos buenas

En un mundo capitalista que coge una neumonía económica y se colapsa por apenas dos meses de pandemia, ¿tendrían lugar de exhibición pensando en su rentabilidad económica?

El título de este artículo es la traducción directa del nombre del centro que el conocido artista William Kentridge ha fundado en Johannesburgo, Sudáfrica. Un centro que persigue el mestizaje de las artes, la colaboración intercultural de diferentes disciplinas y artistas para hacer teatro. Con un objetivo performativo. Un centro del que sale su Programa 2. Una serie de trabajos pensados en dicho centro para la temporada 2020 y que se muestran en la recta final The International Online Theater Festival (IOFT). Festival que dirige Maria Delgado, profesora de Speech and Drama de la Universidad de Londres. Evento alojado en la revista The Theater Times de abril a mayo.

El programa incluye 3 inquietantes piezas que se han construido a partir de la técnica del fantasma de Pepper (en inglés: Pepper’s ghost). Una sencilla técnica usada en la magia y el teatro para hacer aparecer y desaparecer cosas y fantasmas. Basada en un cristal que por un lado, el que da al público, funciona como un espejo, refleja lo que se pone delante del mismo. Y y por el otro, cuando se ilumina lo que hay en detrás, funciona como un cristal.

Con esta técnica tan sencilla que permite la mezcla de actores y acciones en directo con otras rodadas y proyectadas. Con un escenario oscuro que a penas cambia. Consistente en una mesa llena de libros antiguos y de una negra máquina de escribir, antigua también. Y con Kafka, Mayakosky y Shakespeare, este centro ha montado un fascinante programa de poco más de 30 minutos.

La primera de estas piezas, Odradek, está basada en el cuento Las preocupaciones de un padre de familia de Kafka. Un cuento muy corto que, de creer a Wikipedia, su primer párrafo siempre atrajo el interés de distintos pensadores de varias disciplinas. Su protagonista es un padre que cavila en la escalera de su casa sobre odradek. Descrito, en principio, como un objeto, pero que a medida que pasa el cortísimo relato, se va convirtiendo en un ser vivo con sus ritmos, sus ritos, su personalidad y su intrigante tiempo vital.

Relato que este montaje ha convertido en una pieza para una actriz, vestida como un ama de casa americana de clase media de los años 40 ó 50. Ella interpreta el texto diciéndoselo al auditorio. Mientras la proyección de un bailarín en un pequeño tamaño y vestido con un traje hecho a base de hojas de papel baila una música que suena a contemporánea sobre los libros que hay en escena. Poniendo al espectador frente a lo que podría ser y cómo podría moverse ese ser vivo, que a la vez es un objeto, que la madre/actriz cuenta a sus interlocutores. Una pieza intensa cuya sencillez llena de poesía, misterio e interés atrapa la imaginación de los espectadores.

En un mundo capitalista que coge una neumonía económica y se colapsa por apenas dos meses de pandemia, ¿tendrían lugar de exhibición pensando en su rentabilidad económica?

La segunda pieza, Mayakovsky: A Tragedy, la más larga, es un controvertido texto dramático del poeta futurista ruso Mayakosky. Pieza protagonizada por un actor negro que interpreta el texto en inglés jugando con esa forma que tienen de cargar las erres y otros vocablos ingleses los africanos y los espías que venían del otro lado del Telón de Acero durante la Guerra Fría. Lo que dificulta la comprensión de un texto ya de por sí difícil pues a primera vista no tiene sentido. 

Una obra que parece construida a partir de frases y situaciones inconexas que se significan unas a otras simplemente por la asociación que se produce al ponerlas juntas. La historia de un poeta que es capaz de convocar en una plaza, como el dios cualquiera que es, todo un mundo sin entender quien puso ese mundo en su cabeza. Esas asociaciones que de alguna manera se le imponen e impone a otros. Como esos besos que crecen hasta hacerse grandes en un sofá

Sin embargo, todos aquellos lectores de poesía, sobre todo de poesía ya clásica del siglo XX como es esta, encontrarán la belleza de los poemas que van más allá de la rima y el ritmo. Ese toque de la buena poesía que les atrapa en cuerpo y alma. 

Una reflexión hecha de imágenes construidas de palabras que no es de extrañar que atrape la imaginación de un artista visual como es Kentridge y le estimule a crear con libertad. Esa libertad que implica responsabilidad en lo que usa. La responsabilidad de saber elegir los elementos, las secuencias, etc. que le permita contar al público lo que quiera contar. No necesariamente para que la audiencia lo sepa verbalizar, lo sepa contar a su vez, sino para que lo aprehenda de una forma sentimental y emocional.

Spactral, la última de las tres piezas, es la más críptica de todas, a pesar de estar basado en varios monólogos de Macbeth de Shakespeare. Su dificultad tiene que ver, en principio, con que la primera parte del texto no se dice en inglés. Y la segunda, que cuando se dice se hace a la manera en la que se cantan muchas composiciones contemporáneas por lo que se cogen palabras sueltas, antes que frases, y a veces sonidos o formas de decir antes que conceptos.

Esas ideas que son rechazadas de plano por otras instituciones. Ya sea porque no se corresponden con su línea de programación o al tipo de espacio o al tipo de artistas.

Pieza para un actor, dos bailarines, una proyección y varios reflejos, explora intensamente, aunque no lo parezca, las posibilidades del fantasma de Pepper para presentar los fantasmas y demonios que atenazan a Macbeth. En el que la contraposición entre el actor diciendo el texto y la proyección de su imagen sobre él mismo produce una distorsión entre la ficción y la realidad. Como si un cuadro de Juan Gris o del Picasso cubista hablara

Una distorsión similar a la que hay en la vida. Ese conflicto entre la vida pública y privada. Entre la primera, normativizada, en la que se le dice a la gente qué y cómo hacer, qué y cómo decir, y qué y cómo sentir, en el espacio público, frente a lo que dice, piensa y siente en lo privado. En el cuarto propio. Entre los deseos impuestos y los deseos propios. Ese conflicto que, como en esta pieza, ponen los pies al mismo nivel que la cabeza. Un sin sentido que, como dice su actor protagonista usando las palabras del Bardo, llevan al infierno.

Bienvenido sea, pues, este centro que acoge las ideas menos buenas. Esas ideas que son rechazadas de plano por otras instituciones. Ya sea porque no se corresponden con su línea de programación o al tipo de espacio o al tipo de artistas. Estas pequeñas piezas ¿para dónde son? ¿Para un teatro? ¿Un museo? ¿Un auditorio? 

Solo cabe pensar en el poco espacio, poco tiempo y, en una sociedad capitalista como esta, el poco dinero que se dedica a la poesía, en general, y a la teatral, en particular.

En un mundo capitalista que coge una neumonía económica y se colapsa por apenas dos meses de pandemia ¿tendrían lugar de exhibición pensando en su rentabilidad económica? ¿Se podrían producir pensando en términos de costes o inversiones necesarias para poder convocar a estos equipos artísticos? ¿Se podrían exhibir pensando en términos de audiencias? ¿Pensando en conseguir largas colas que se mostrasen en los telediarios o salir en las listas de los espectáculos que más recaudan?

No es necesario responder a ninguna de estas preguntas en voz alta. Se sabe la respuesta. Solo cabe pensar en el poco espacio, poco tiempo y, en una sociedad capitalista como esta, el poco dinero que se dedica a la poesía, en general, y a la teatral, en particular. A la poesía que es capaz ensanchar la mirada, de dotar de imaginación a una sociedad que necesita creer en y crear otro mundo posible. Un mundo en crisis que necesita de nuevas ideas, de verse de otra manera. Tal vez es tiempo de buscar en esas ideas calificadas como menos buenas.